

Durante el último sexenio se construyó un relato político ambicioso alrededor del llamado “rescate” de Pemex, se afirmó, una y otra vez, que el problema de la petrolera no era estructural sino ideológico: bastaba con devolverle el protagonismo al Estado, inyectarle recursos públicos y frenar la participación privada para que la empresa recuperara su papel histórico como motor del desarrollo nacional. Años después, y tras inversiones multimillonarias, los resultados medibles muestran una realidad muy distinta. El rescate no llegó, y los datos disponibles exhiben con claridad que Pemex se ha convertido, más que en palanca de crecimiento, en un lastre para las finanzas públicas y para la competitividad energética del país.
El primer frente donde el discurso se estrella contra la evidencia es la refinación, uno de los compromisos centrales fue dejar de depender del exterior para el abasto de gasolinas. Sin embargo, las cifras oficiales del Sistema de Información Energética de la Secretaría de Energía muestran que la producción nacional de gasolinas sigue siendo claramente insuficiente. En 2024, la elaboración promedio rondó los 290 mil barriles diarios, y aunque en 2025 se observa un incremento hacia el entorno de 340 mil barriles diarios, el volumen sigue muy lejos de cubrir una demanda nacional que se mueve entre 650 y 700 mil barriles diarios. No se trata de un problema menor ni coyuntural: aun con ligeras mejoras, la refinación doméstica no logra abastecer ni siquiera la mitad del mercado interno.
Lo más preocupante es que esta baja producción no puede explicarse por falta de infraestructura, México cuenta con seis refinerías tradicionales cuya capacidad instalada conjunta supera ampliamente el millón y medio de barriles diarios. El problema es que operan muy por debajo de ese potencial. En 2024, por ejemplo, el nivel de utilización promedio del sistema se ubicó alrededor de 50%, reflejo de paros frecuentes, mantenimiento deficiente, fallas operativas y una gestión incapaz de garantizar continuidad y eficiencia. Tener refinerías que no refinan es, en términos económicos, casi tan costoso como no tenerlas.
Esta ineficiencia explica por qué, pese a los discursos triunfalistas, las importaciones de gasolinas siguen siendo masivas. De acuerdo con las estadísticas publicadas por Pemex, en 2024 México importó en promedio cerca de 392 mil barriles diarios de gasolinas, es decir, más combustible del que produjo internamente ese mismo año. En 2025 la cifra disminuye ligeramente, pero se mantiene en niveles cercanos a 338 mil barriles diarios, lo que confirma que la dependencia externa no ha sido superada. En los hechos, el país sigue comprando en el extranjero una parte sustantiva de la gasolina que consume todos los días.
El segundo gran pilar del supuesto rescate era el aumento de la producción de petróleo crudo, sin más crudo, no hay refinación posible ni ingresos suficientes para sanear las finanzas de la empresa. Tampoco aquí los resultados acompañan la narrativa, en 2024, la producción promedio de hidrocarburos líquidos se situó alrededor de 1.76 millones de barriles diarios, con claros signos de estancamiento y declive en campos maduros que no han sido compensados con nuevos desarrollos a tiempo. Más revelador aún es que las propias proyecciones internas reconocen el problema: reportes de Reuters indican que Pemex estimó para 2025 una producción promedio de crudo cercana a 1.58 millones de barriles diarios, muy por debajo de los objetivos anunciados públicamente durante años.
Este desempeño ocurre a pesar de un esfuerzo fiscal extraordinario, sería deshonesto afirmar que el gobierno no ha invertido en Pemex. Por el contrario, nunca se le habían destinado tantos recursos públicos en tan poco tiempo. El caso emblemático es la refinería Olmeca, en Dos Bocas, concebida como símbolo del renacimiento energético. Su costo, de acuerdo con cifras oficiales y reportes periodísticos basados en ellas, se ha elevado hasta alrededor de 21 mil millones de dólares, muy por encima del presupuesto original, mientras su entrada en operación plena se retrasó repetidamente. A ello se suman aportaciones de capital, alivios fiscales y esquemas de financiamiento respaldados por el Estado, incluyendo inyecciones presupuestales por decenas de miles de millones de pesos y operaciones financieras por miles de millones de dólares para sostener a la empresa.

El punto central no es ideológico, sino económico, una empresa productiva del Estado debería generar valor, no absorber recursos de manera permanente. Pemex, que durante décadas fue una de las principales fuentes de ingresos públicos, hoy requiere transferencias constantes para cubrir sus compromisos financieros y operativos. Cada peso destinado a subsidiar su ineficiencia es un peso que no se invierte en infraestructura productiva, salud, educación, seguridad o transición energética. En ese sentido, la petrolera ha dejado de ser un motor del desarrollo para convertirse en una carga estructural.
La evidencia acumulada apunta a un problema profundo de dirección y modelo, no se trata solo de falta de recursos, sino de decisiones equivocadas, incentivos mal alineados y una gobernanza corporativa subordinada a objetivos políticos de corto plazo. Refinar poco, importar mucho y producir cada vez menos crudo no es el resultado de una conspiración externa, sino de una gestión incapaz de traducir inversión pública en resultados operativos sostenibles.
Hay una frase atribuida a John D. Rockefeller que suele citarse en el mundo energético: “el mejor negocio del mundo es una empresa petrolera bien administrada; el segundo mejor, una empresa petrolera mal administrada”. La pregunta inevitable es dónde encaja Pemex en esa lógica. Si una petrolera mal administrada aún puede ser un gran negocio, ¿qué significa que la petrolera mexicana no logre generar valor y, por el contrario, dependa de subsidios?
El balance final es difícil de eludir. Después de años de inversiones multimillonarias, el llamado rescate petrolero no se refleja en autosuficiencia, ni en finanzas sanas, ni en una mayor contribución al desarrollo nacional. Mientras no se reconozca este rotundo fracaso y no se adopte un enfoque pragmático, técnico y transparente, Pemex seguirá siendo un símbolo poderoso en el discurso político, pero un obstáculo real para el crecimiento económico del país.
*Universidad Autónoma del Estado de México

Imagen: Cortesía del autor

