El fin de un año y el inicio del siguiente representan un umbral simbólico cargado de significado cultural y psicológico. En muchas sociedades, el 31 de diciembre cierra un ciclo, invitando a la reflexión sobre logros y fracasos acumulados. Esta transición no es solo calendario, sino un ritual colectivo que fomenta la esperanza renovada. Así, el cambio de año se convierte en metáfora de renacimiento personal y colectivo.

Al aproximarse el final del año, las personas deconstruyen su narrativa vital mediante balances emocionales y materiales. Se desmenuzan experiencias: éxitos laborales se ponderan contra decepciones sentimentales, hábitos se cuestionan para ser transformados. Esta deconstrucción revela patrones ocultos, como la procrastinación o la resiliencia inesperada. El proceso libera cargas, preparando el terreno para intenciones frescas en enero.

Deconstruir el paso de un año a otro cuestiona la rigidez temporal impuesta por el reloj humano. Revela que el cambio verdadero radica en la percepción, no en la fecha. Al final, este ritual anual deconstruye mitos de perfección, promoviendo aceptación y crecimiento continuo. En última instancia, transforma el fin en principio eterno de autodescubrimiento.

Finalmente, agradezco a mis lectores su tiempo valioso y les deseo un nuevo renacer. Por lo pronto me quedo con la idea de todo lo que nos sucede en el mundo, bueno o malo, no depende de uno y al final de cuentas, en mayor o menor grado, sucede en nuestra mente y, es ahí donde es nuestra responsabilidad lo que hagamos con ello. Mi deseo de fin de año es que cambiemos nuestro chip por uno de resiliencia inesperada ¡¡¡Feliz año!!!

*Ex Catedrático de la UAEM y analista político

Antonio Ponciano Díaz