

Un mundo imperfectamente feliz
Nunca se me había ocurrido preguntar si existen los genes de la felicidad. Me parecía un exceso reducir una experiencia tan compleja a la acción de unos cuantos genes. Basta pensar, por ejemplo, en las albricias de la Navidad: la felicidad parece exaltada y desbordada en múltiples formas, lo que sugiere que se trata más bien de un producto cultural, religioso y lleno de sincretismos, antes que de un efecto genético. Aquí encaja bien la interpretación de Richard Dawkins -autor del Gen Egoísta– sobre los memes, esas unidades culturales que, al igual que los genes, se replican y se dispersan en las poblaciones.
Para la filosofía occidental, la felicidad ha sido objeto de búsqueda constante. Desde los filósofos de la antigüedad hasta los pensadores contemporáneos, ha sido interpretada de múltiples maneras: como la persecución del significado y el propósito de la vida, como práctica de la meditación y la compasión, como conexión humana y emocional, entre muchas otras formas que, sin duda, varían de un individuo a otro. Sin embargo, la pregunta que algunos biólogos se plantean es si, en todas estas expresiones de la felicidad, existen elementos biológicos en común.
Los neurobiólogos conocen desde hace tiempo al menos una decena de sustancias químicas producidas en el cerebro que son esenciales para regular el estado de ánimo, el estrés y el placer. Estas sustancias, conocidas como neurotransmisores, aumentan en su concentración en regiones específicas del cerebro en respuesta a estímulos externos presentes en buena parte de nuestra vida cotidiana. Algunos han recibido nombres elocuentes según las funciones que se les atribuyen: la serotonina es conocida como la “hormona de la felicidad”, la dopamina como la “hormona del placer” y la oxitocina como la “hormona del amor”. Sus efectos suelen ser tan agradables que más de uno desearía prolongarlos indefinidamente. Sin embargo, estos efectos son, por lo general, transitorios y regresan pronto a un nivel basal.
El interés por los neurotransmisores se debe, en parte, a su supuesto papel en el tratamiento de la depresión, el insomnio, o en la mejora de la concentración y el aprendizaje, entre otros “milagros” que no son más que sutiles placebos. Tanto es así que existen productos comerciales que prometen paliar estos problemas, pero que en realidad constituyen una estafa. Sencillamente, estas sustancias difícilmente atraviesan la barrera hematoencefálica para alcanzar las regiones cerebrales donde deberían actuar. La llamada “química de la felicidad” carece de sustento si se ignora la complejidad de los mecanismos de acción de cada neurotransmisor y la enorme variabilidad genética asociada a ellos.
Esta variabilidad se manifiesta en distintos polimorfismos que pueden alterar la cantidad de transportadores del neurotransmisor, la eficiencia de los receptores a los que se une o incluso su propia producción. Todo ello contribuye a explicar la heterogeneidad en la salud mental y en la respuesta a los fármacos entre los individuos. En una misma población, cada persona puede responder de manera distinta a los estímulos: algunos muestran mayor vulnerabilidad a la depresión y al estrés, mientras que otros exhiben una notable resiliencia. Como señala Carlos López-Otín, destacado biólogo español, hay personas con una mejor predisposición a la felicidad porque, en la lotería genética, les tocaron variantes de genes “pro-felicidad”.

En los últimos años, proyectos genómicos como el UK Biobank han analizado datos de medio millón de personas para identificar vínculos entre variantes genéticas y rasgos como bienestar o vulnerabilidad a la depresión. No buscan un “gen de la felicidad”, sino grupos de variantes que influyen modestamente en la resiliencia emocional o el malestar. La conclusión es clara: la genética influye, pero no determina la felicidad. Esto significa, ante todo, retomando las ideas de López-Otín, que la felicidad consiste en el arte de vivir con cada una de nuestras imperfecciones.
“La felicidad consiste en el arte de vivir con cada una de nuestras imperfecciones”

