María de Jesús Ordóñez Díaz

Fue el hijo más pequeño de una numerosa familia, su madre: partera, curandera, excelente cocinera, abnegada y dócil, acostumbrada a largas ausencias de un esposo ganadero quien en busca de mercancía recorría el norte del país para traer su ganado vivo hasta la ciudad de México; época que la güera Rodríguez declaró “fuera de la Ciudad, todo México es Cuautitlán”. Nació en plena Revolución, la hacienda de sus padres se redujo ante el embate del gobierno, las luchas revolucionarias y las luchas entre los hijos mayores que disputaron la herencia familiar. Heredó a un par de viejos empobrecidos, enfermos, sobrevivientes de una lucha familiar, social que les toco lidiar.

Sus recuerdos de infancia le llevan a un pequeño pueblo de calles polvosas, en su centro se levantaba el edificio municipal, en su frente una iglesia austera, entre ambos edificios una plaza adornada por un modesto quiosco donde solía jugar con sus amigos. Cuando el tiempo lo permitía, los domingos en la plaza la gente se reunía para platicar, buscar pareja, comprar cacahuates y golosinas que alegraban su paseo dominical.

De sus juguetes preferidos recuerda su inseparable honda, en todos lados encontraba proyectiles, su mano firme y su aguda visión le impedían fallar, donde ponía el ojo, allí daba la piedra. Las huertas de frutales eran visitadas con frecuencia, su buena puntería le aseguraba la cosecha de ciruelas, duraznos, membrillos que en clase consumía levantando la tapa de su pupitre. En días lluviosos sus pies descalzos jugaban en los charcos. Disfrutaba del aíre libre, el sol formando coloridos y luminosos arcoíris a los que perseguía buscando en su nacimiento, la ansiada olla de oro que nunca encontró. Corría detrás del arcoíris, que juguetón, se esfumaba o se alejaba más.

A la orilla del río, destacaba un columpio hecho de sogas que colgaban de un majestuoso encino, una tarde disfrutaba su columpio sin atender los llamados de su madre. A la distancia escuchó numerosos insectos que Inexplicablemente formaron un gran enjambre negro que se acercaba al columpio; los insectos se agrupaban y rápidamente dieron forma a un inmenso chango, que amenazador extendió sus brazos hacia el niño que aterrorizado salió corriendo a los brazos de su madre que muda presenció todo. Lo abrazó amorosamente y sentenció, esto les pasa a los niños desobedientes. Aprendió la lección, al llamado de la madre acudía sin dilación.

Su adolescencia transcurrió entre la doma de caballos y el toreo. Aprendió a usar la reata, hacerla bailar para lazar una vaquilla, domar un potro o acompañar el son que tocaba en la fiesta familiar.

Vistió un elegante traje verde de luces, la cita: la plaza de toros local. El lagartijo, nombre que adoptó el naciente torero que no se achicaba ante los fieros pitones de su rival. Tarde de desgracia, el toro no respondió al engaño, era lento, mañoso; aprovechó el descontrol que un cojín lanzado al rostro del joven torero lo descolocó. Los pitones abrazaron el cuerpo del joven torero, lo lanzaron al aire, cayó de cabeza, desprendimiento total de ambas retinas, esa tarde no solo perdió la vista, también canceló la oportunidad de destacar en el toreo local e internacional.

Huérfano, sin vista, estudió. Afrontó la desgracia, en las noches se encerraba a estudiar los 206 huesos del cuerpo humano. Se volvió experto en armar y desarmar esqueletos, memorizó todas y cada una de las inserciones de los músculos, los tendones y su función. Durante 30 años ejerció la quinesiterapia. Logró el reconocimiento, no solo por su profesionalismo, su dolor lo humanizó, curaba el cuerpo y alma de los enfermos, su Fé creció.

Falto de vista eligió compañera entre las acompañantes de los pacientes. Una joven provinciana acompañaba amorosamente a su tía para su rehabilitación, atento escuchaba el trato que le daba, preguntaba por la atención que la enferma recibía en su hogar. La crónica lo conquistó. Gano confianza, inició una relación de 50 años que la muerte de él pausó. La viuda, le sobrevivió 25 años, cuando la familia la depositó en el camposanto, a la distancia, un inmenso tornado apareció, de la nada un tornado más pequeño surgió en medio del campo, ambos tornados se fundieron en un abrazo infinito y ante la vista de grandes ojos asombrados, desapareció.

El infortunio puede ser la puerta a un cambio de rumbo que te conduce al amor.

María de Jesús Ordóñez Díaz