Otras dimensiones de _O milagre_

 

Los placeres en Santiago de Compostela siempre empezaban con los desayunos de media mañana, no sólo por las delicias del Bar la Tita o del Reixa Bar, sino por las conversaciones con los camareros y aquellas que, prudentemente, entablaba con los vecinos de mesa los que muchas veces se convertían en guías de mis andanzas del día. La primera mañana, al tiempo que saboreaba un montado de cecina de ternera en el Reixa Bar, dos mujeres de la mesa contigua me sugirieron que fuera a sentarme en las escaleras de la Plaza Medina, junto a la catedral —el lugar en el cual se presentó hace años la compañía de teatro La Barraca donde actuó Federico García Lorca—. Mientras yo cumplía, emocionado, la recomendación, Laura recorría la Alameda de Santiago de Compostela. Estas escenas me permiten revelar un secreto familiar. En los múltiples viajes que han realizado juntos Laura y El Biólogo han construido la sabia costumbre de andar cada uno a su aire y encontrase a la hora de la comida, de tal manera que cada quien decide lo que desea conocer por las mañanas, de acuerdo con sus gustos y ánimo.

Ese, nuestro primer día en la ciudad, cuando nos deleitábamos con los mariscos gallegos en el A Barrola, Laura me habló de la maravilla que era la Alameda, de que su primera impresión fue encontrar a la entrada la escultura colorida de “Las Dos Marías”, ataviadas tal como decidieron pasear, con ropas atrevidas para la época que se vivía, por la calles principales de la ciudad durante la dictadura, y que representaron no sólo la resistencia social sino la lucha del feminismo en esa espantosa etapa. Hoy esa escultura es un símbolo muy respetado para los habientes de Compostela.

Por la tarde seguí otras sugerencias, pero esta vez surgieron durante una de mis conversaciones vecinales con un joven estudiante de Literatura, que se encontraba sentado a mi lado en una de las terrazas de la Plaza Medina. Las recomendaciones no fueron sobre libros y autores, sino que se refirieron a librerías las cuales, enfatizaba, no debería perderme y por desconfiar de mi turbulenta memoria tomé nota en una servilleta. De la primera sólo apunté la dirección, pues su nombre no podría olvidarlo, se llama Cronopios. De sólo pensar en este acogedor lugar, su vitrina de novedades, los libros que compramos y la joven muchacha que nos atendió, se refresca mi emoción. Esta es la lista de esas compras: en la vitrina el primer libro que vi fue _Cartas a mi madre_, un cuento de Julio Cortázar, desconocido hasta entonces para mí. Ya en el interior, sobre una de las mesas apareció el rostro del mismísimo Cortázar sosteniendo su pipa con una de sus generosas “manos de gigante”, como las define Jesús Marchamalo, el autor de _Cortázar y los libros_. El tercer ejemplar adquirido es otra joya, la cuarta edición de _Poeta en Nueva York. Nueve meses en Manhattan_ de Federico García Lorca. Por su parte, Laura salió llevando el libro que inspiró parte de estos textos sobre Compostela, _Santiago de Compostela. O Milagre_ del autor Daniel Azorey. Todos esos libros-objeto poseen tal calidad de edición que en sí mismos son una obra artística; como dijo un amigo al conocerlos, “no sólo se deben leer, sino que se goza verlos y palparlos”.

Estos recorridos por los estantes de la librería Cronopios merecen un recuerdo. Luisa, la librera, es una muchacha joven que sin necesidad de computadora sabe a la perfección la existencia de los ejemplares, sus autores y sus editoriales; para nosotros fue un placer ser atendidos por ella quien resultó ser, además, paisana nacida en Jalapa, Veracruz. A ella la volví a visitar al día siguiente en busca de un libro que me había recomendado un pintor.

La mañana del segundo día de nuestra estancia supe que la Alameda es otra de las dimensiones mágicas de Compostela. Mi travesía al caminar por la vereda de arcilla en forma de óvalo me llevó a un encuentro inesperado con la literatura. A mi paso vi una figura de hierro sentada en una de sus bancas; no reconocí al personaje, pero al platicar con el pintor que dibujaba el paisaje que se observa desde la altura de la Alameda me descubrió que ese hombre sentado con su larga barba y portando lentes es Ramón del Valle Inclán. Durante la conversación este pintor —del cual luego supe que Laura le había comprado un cuadro impresionista de la catedral— me dijo que debería recorrer completa la vereda y que encontraría otra escultura y un monumento, ambos muy importantes para la historia y la cultura de la ciudad. La escultura es una de cuerpo entero: García Lorca de pie, portando la indumentaria con la cual actuó en La Barraca en la Plaza Medina. Esta figura de hierro se encuentra ubicada frente al monumento dedicado a uno de los pilares de la literatura gallega y española, nacida en Santiago de Compostela, Rosalía de Castro, a quien Lorca admiraba profundamente. En aquella rica plática el pintor, que además es un lector de poesía, me reveló que el propio Lorca amaba Galicia, a tal grado —dijo orgulloso— que había escrito un libro en gallego titulado _Seis poemas galegos_. En la búsqueda de dicho monumento, que no lo encontraba, le pregunté por la figura de Lorca a un hombre que llevaba en carriola a su hijo, un bebé. El hombre, que resultó una persona muy culta, me acompañó hasta llegar a las figuras de Lorca y de Rosalía de Castro. En ese breve paseo me recomendó buscar el libro de los poemas gallegos, pero en versión bilingüe, y al mismo tiempo me llamó la atención la historia que me contaba sobre la sobrevivencia de las librerías, lograda por los habitantes de Compostela quienes resistieron y no permitieron que desparecieran de la ciudad. La mañana siguiente fui a Cronopios, donde trabaja mi paisana Luisa, en busca del libro; sin embargo, apenada, la joven me contestó que no lo tenía, pero me apuntó un recorrido donde probablemente lo encontraría. Dos de las librerías tenían nombres musicales; el de la primera es divertido, se llama Librería Minúscula, las otras eran Folias Velas, especializada en libros viejos, y Folias Novas. Mi búsqueda fue hasta entonces infructuosa, no obstante, en una calle paralela a la Alameda al fin encontré en la Libraria Pedreira los _Seis poemas galegos de Lorca_, y para mi satisfacción se trataba de la edición bilingüe.

Otro milagro de la ciudad fue nocturno: una música en vivo, sin simpleza alguna, interesante por su alma gallega, que se ha apropiado de otros ritmos en los que se pueden distinguir las tonalidades árabes, las del jazz, algunas más modernas de rock, inclusive nos emocionó escuchar las atávicas gaitas como un componente orgánico de esos sonidos que escuchábamos todas las noches desde el balcón de nuestro hotel.

Para cerrar la extraordinaria aventura de conocer Compostela nada mejor que estas imágenes escritas por Daniel Asorey: “Hasta cuando el mundo quedó suspendido en la nostalgia y las calles parecieron aletargadas, el corazón de Compostela amó la juventud y la belleza”. El autor del libro que inspiró estos textos también plasma esta otra imagen que describe con toda perfección lo que se siente al caminarla: “En la ciudad es tan fácil encontrarse con la memoria como tropezar con el futuro”.

Que sea Lorca en el idioma con el que escribió estas líneas quien despida este viaje por Galicia:

“Sombra e cinza do teu mar

Santiago, lonxe do sol;

Auga de mañá anterga

Treme no meu corazón.”

*Bailarín tropical, apasionado de viajes, bares y cantinas que desea que estas Vagancias semanales sean una bocanada de oxígeno, un remanso divertido de la cotidianidad.

Santiago de Compostela. Foto: Cortesía del autor

Jorge “El Biólogo” Hernández