

La pintura vuelve a morder
Cristo Contel *
Durante años nos repitieron la misma cantaleta: la pintura está muerta. Que la fotografía, que las pantallas, que el post-internet, que lo digital, que la instalación total, que el archivo como obra. Como si la pintura fuera un arte fósil y no un músculo que sabe mutar. Pero cada vez que alguien firma su certificado de defunción, la pintura responde con una ironía brutal: regresa más incómoda, más compleja, más desafiante.
La relevancia de la pintura contemporánea no es nostalgia; es estrategia. Cuando todo en el entorno visual está diseñado para circular, la pintura insiste en permanecer. Cuando todo debe ser inmediato, ella exige tiempo. Cuando todo se vuelve contenido, la pintura defiende su derecho a ser experiencia. La paradoja del momento es evidente: la pintura contemporánea regresa, sí, pero regresa desobedeciendo sus propias reglas. Una pintura que ya no confía del todo en el pigmento ni en el óleo; que no necesita pincel para existir; que conversa con residuos, con erosiones, con datos, con objetos quemados, con polvo, con piel. Vuelve porque hay preguntas políticas, materiales, históricas y afectivas que sólo se pueden plantear desde la fricción del plano. Opera como un péndulo obstinado. Es una pintura que se niega a ser pintura; por eso, aunque cambien los discursos —migración, violencia, territorio, identidad, crisis climática—, el lienzo sigue siendo un espacio de confrontación. Un plano que ya no es ventana, sino campo de prueba.
Y cuando el paisaje cultural privilegia lo que se puede consumir en dos segundos, la pintura apuesta por la mirada que se queda. Esa es su política: obligar al espectador a sostener el ojo en un mundo que todo el tiempo lo empuja a pasar de largo. Como si necesitara recordarnos que su poder radica, precisamente, en su capacidad de mutar sin perder su esencia. Hoy vivimos uno de esos momentos en los que la pintura vuelve a reclamar protagonismo, pero ya no desde el purismo romántico del gesto o del virtuosismo técnico, sino desde una conciencia expandida del medio. La pintura se está reconfigurando desde territorios híbridos, materiales no tradicionales y, sobre todo, desde una reflexión profunda sobre qué significa pintar en un mundo saturado de imágenes. Mientras todo apuesta por la velocidad, la pintura propone lo opuesto: densidad, pausa y resistencia.
Hoy el gesto pictórico ya no es sólo un trazo: es una declaración de método. Un gesto puede ser un algoritmo, un derrame, una quemadura, un ensamblaje industrial, un proceso de descomposición, un accidente químico o el registro microscópico de una superficie desgastada. El gesto, más que una marca, se vuelve una postura ante el mundo. De ahí que la pintura contemporánea no busque representar, sino pensar.

Y ese pensamiento no es suave: es tensional, torcido, incómodo. La pintura vuelve porque puede cargar simultáneamente el rigor formal y el peso del presente. Porque soporta complejidad sin traducirla al lenguaje fácil del entretenimiento visual.
Lo fascinante de este retorno es que no se trata de una nostalgia por la pintura tradicional, sino de un cuestionamiento frontal al propio acto de pintar. Muchos artistas están desplazando los límites del medio al punto de volverlo irreconocible: pintura sin pintura, cuadros que no son cuadros y superficies que narran más por ausencia que por presencia. El gesto pictórico se ha vuelto tan conceptual como material, y en ese cruce explosivo reside su vigencia.
Hay una generación global retomando ese impulso, cada cual desde su propia trinchera. Algunos artistas exploran la pintura expandida —pliegues, ensamblajes, materiales industriales, textiles— como una forma de traducir la saturación visual del presente. Otros trabajan desde la figuración crítica, recuperando el cuerpo como campo de batalla simbólico ante los debates contemporáneos. Y están también quienes apuestan por la abstracción como un espacio de resistencia frente a un mundo donde todo se instrumentaliza y todo se explica. La pintura vuelve porque ofrece algo que pocas disciplinas pueden dar hoy: una pausa densa. Un espacio donde mirar exige tiempo, fricción, proximidad.
El retorno de la pintura es también un retorno a la materialidad como resistencia. Cuando lo digital amenaza con devorarlo todo, la pintura se planta y dice: aquí hay cuerpo, textura, peso, error, densidad. Aquí hay algo que no se puede desplazar con un scroll. Ese contacto físico con el mundo —pigmento, superficie, desgaste, archivo orgánico— le devuelve a la pintura una autoridad que lo tecnológico no puede imitar. No compite con lo digital: lo contradice. Este regreso renovado corresponde también a un cambio en los públicos: en medio de la hiperaceleración digital, la experiencia física de una pintura —su textura, su escala, su densidad material— se ha vuelto un ancla emocional e intelectual. El espectador ya no busca únicamente imágenes; busca presencia. Y la pintura, incluso en sus versiones más conceptuales, conserva esa cualidad casi ritual de enfrentarnos a algo que está ahí, que ocupa espacio, que demanda entrar en su tiempo.
La conversación contemporánea ya no se centra en si la pintura es pertinente, sino en cómo se reinventa y qué tensiones activa. Lo que estamos viendo no es un revival, sino un reordenamiento: la pintura vuelve a ser reina, pero una reina distinta, más astuta, más híbrida, más cercana a las lógicas del siglo XXI. Una pintura que acepta su propia contradicción, que dialoga con la tecnología, que se contamina con disciplinas que antes le eran ajenas y que aprovecha esa mezcla para explorar nuevas maneras de producir sentido.
En un ecosistema saturado de discursos sobre algoritmos, inteligencia artificial y visualidad infinita, la pintura regresa como un contrapunto estratégico. No para competir con estas fuerzas, sino para recordarnos que la experiencia estética —la buena— no depende de la novedad técnica, sino de la capacidad de un lenguaje para generar preguntas. La pintura actual no quiere decirnos qué ver; quiere decirnos cómo mirar.
Ese es el verdadero twist del momento. Quizá la frase correcta no es que la pintura volvió, sino que volvimos a necesitarla. En un ecosistema saturado, ansioso y amnésico, la pintura recuerda algo esencial: que el arte no se reduce a la rapidez del intercambio visual, sino a la capacidad de generar pensamiento profundo.
Y, sobre todo, es la pintura que, habiendo visto el precipicio, decidió reinventarse. A contracorriente. Sin pedir permiso. Porque en tiempos de inmediatez, lo verdaderamente radical es aquello que exige detenerse.
Cristo Contel. Director del MMAC y artista.
Roberto Tumbull. Pendiente. Acrílico sobre lienzo. 190 x 190 cm

