

Comenzar por el principio
1 / 51 Lectores naturales
La primera voz que cada uno de nosotros escuchó en su vida fue la de su madre, la mujer que lo dio a luz. Habitada por nosotros, comenzó a hablarnos antes de que fuéramos capaces de oírla, cuando éramos apenas un feto en formación.
Un feto empieza a escuchar los sonidos que se producen en el interior de su madre, como los latidos del corazón o el resoplar de los pulmones, a partir de la semana 16. Diez semanas más tarde comienza a percibir sonidos que le llegan del exterior. Esto suele tranquilizarlo, acompañarlo, hacerle bien cuando hay acordes y voces en armonía –o mal, si hay discordancia, gritos, voces en conflicto…
Siempre será una bendición, para esa criatura que está a punto de nacer, que los padres acostumbren hablarle, cantarle y leerle —tres registros de voz que son claramente diferentes—; sus timbres se irán tornando familiares.
A las 28 semanas los oídos de ese ser en formación ya se habrán desarrollado lo que hace falta para que vaya reconociendo las voces de la gente que esté a su derredor; las primeras de todas —las más frecuentes—, las voces de sus padres.

Éste es el principio.
No hace falta que nadie nos enseñe a respirar, a ver, a llorar, a flexionar y a estirar los brazos y las piernas. Nuestro cuerpo está programado para hacer todo eso y mucho más.
Pero no está en absoluto programado para hablar. La adquisición de una lengua –la primera y todas las demás que vengan– es un proceso social que ocurre, se produce, se desencadena gracias al estímulo de las voces y la compañía de otros.
Nadie ha dado a conocer jamás, en ningún sitio, en ningún tiempo, noticia cierta de algún niño que haya comenzado a hablar sin el contacto con los hablantes de algún idioma –esto ha sido imaginado en leyendas, cuentos, novelas, películas… pero nunca ha sido documentado.
Aprendemos a hablar y a entender lo que se nos dice y lo que se dice a nuestro derredor como consecuencia de vivir en sociedad. Tener un lenguaje nos convierte en seres humanos. Pensamos, deseamos, creemos, sabemos, imaginamos, sentimos, recordamos, esperamos, proyectamos el futuro con palabras.
Estamos hechos de palabras.
Hay quienes tienen la suerte de nacer en una familia donde el lenguaje es hablado y es escrito. Padres, abuelos, tíos y primos e incluso esa extensión de la familia que son los amigos de veras cercanos… todos quienes los rodean son lectores que escriben. Esas niñas, esos niños se inician en el lenguaje escrito de una manera natural. Aprenden a leer y a escribir como aprendieron a hablar, sin salir de casa. Yo los llamo “lectores naturales”. Y yo, más mis tres hermanas, tuve, tuvimos la fortuna de nacer en una de esas familias. Fuimos, como yo digo, “lectores naturales”.
En un principio los cuatro compartimos un mismo librero –separado del que tenían nuestros padres– que con el tiempo tuvo que irse dividiendo pues nuestras curiosidades, gustos y necesidades se fueron haciendo cada vez más personales. Los cumpleaños, las vacaciones, las navidades, el que alguno de nosotros se enfermara y cayera en cama daban pretexto para que recibiéramos libros y de vez en cuando papá nos llevaba a la librería –lo digo en singular porque eso quiso decir siempre la Librería de Cristal que por muchos años estuvo en la Alameda, frente a Bellas Artes, a dos cuadras de su oficina, en la calle de López.
Mis padres se casaron en Torreón, luego se fueron a vivir a Guadalajara y yo aproveché la oportunidad para nacer allí, en el centro, entre la plaza de toros y la catedral. La familia, muy numerosa, quedó en Torreón. Íbamos a visitarla cada año, en Navidad, y muy pronto la distancia que nos separaba nos hizo necesario —a las tres hermanas y a mí— que nos pusiéramos a cruzar cartas, sobre todo con la abuela materna y la tía Esperanza y la tía Victoria y las primas Rosa y Maye y La Prieta y Mariví –y creo que algo tiene que querer decir el hecho de que mis siete principales corresponsales hayan sido todas mujeres y que quien vigilaba que mis tres hermanas y yo no dejáramos a nadie sin respuesta fuera mi madre… –la escritura, la lectura, la palabra tienen quizás una raíz poderosamente femenina.
Esta circunstancia nos puso a escribir desde muy temprano. Nos convertimos en lo que todo lector debe ser: alguien que se esfuerza por armar la comprensión de lo que lee y que es capaz de escribir con claridad y corrección.
Un día, muy pronto, mi padre recibió otro ascenso y salimos de mi siempre querida Guadalajara para mudarnos a México, la capital, a donde llegué a tiempo para aprender a caminar –en las terrazas del castillo de Chapultepec, donde años después, cuando ya habían nacido dos de mis hermanas, mi madre nos contó con detalle la trágica historia de los emperadores Maximiliano y Carlota… quien había muerto a sus 87 años, apenas quince antes de que yo naciera.

