Verónica Giles Chávez

Crecimos en una sociedad, y me refiero a la mexicana, en la que siempre fue común ver a personas que migraran a los Estados Unidos para buscar el anhelado sueño americano. La cercanía con nuestro país vecino del norte, que se ganaba en dólares, billetes verdes, les decían, era una forma de sostenerse económicamente para aquellos que no tenían oportunidades laborales en sus comunidades de origen, principalmente, aunque ahora sabemos que existen múltiples factores. Los que migraban eran los varones y las mujeres se quedaban al cuidado del hogar y los hijos.

En mi caso, tuve la fortuna de que mis padres pudieran sostenerse económicamente viviendo en Morelos, mi padre, apenas se quedó con nivel de secundaria incompleta, trabajó como obrero en una empresa grande de automóviles en CIVAC, Jiutepec; mi madre, terminó solo nivel primaria, y siempre se ha dedicado al hogar. Alguna vez escuché decir a mi papá que los que se iban al “norte” es porque no querían seguir luchando aquí en México, él siempre tuvo ideales revolucionarios, su padre, mi abuelo, participó en la revolución y a nosotros siempre nos enseño ideales zapatistas.

Mis abuelos paternos eran originarios del Estado de Guerrero, tuvieron que salir de sus comunidades de origen por conflictos relacionados con el territorio, al menos eso es lo que pensamos, porque en realidad contaban poco al respecto. Mi abuelo se dedicó al campo y también tenía muy claro que había que trabajar duro y constante para sobrevivir y no permitir atropellos del gobierno. Mi padre nos cuenta que siempre les decía a él y sus hermanas y hermanos, que no se dejarán de injusticias y que siempre defendieran sus derechos.

En este orden de ideas, crecí con el pensamiento de que Estados Unidos, siendo un país capitalista, era nuestro enemigo, porque además nos había robado territorio, así que me fui formando con esa idea, y menospreciando el inglés, que también me resistía a aprenderlo. Fui la única de mis hermanas y hermano, que estudió la Universidad, fue así que salí de mi comunidad y como lo es la esencia de ser universitario, comencé a mirar diferentes perspectivas.

Siempre le aposté y le he apostado a la educación, es por eso que siempre me mantuve vinculada a la escuela, profesionalizando mis competencias a través de especialidades y posgrados. Y es gracias a la educación que me fui involucrando al tema de la migración. Realicé una estancia breve de maestría en el país de la Patagonia, Chile. Después realicé mi estancia de doctorado en la Universidad de Montréal, Québec, Canadá. Esta posibilidad, la tuve gracias a una beca del entonces CONACYT y a unos ahorros que tenía, porque en ese entonces, yo tenía una hija de apenas un año y medio, así que decidí viajar con ella.

Me encontraba en un país bilingüe, en el que no conocía a nadie, no tenía familia, más que mi hija que apenas comenzaba a hablar. Mi línea de investigación que desarrollé es sobre el éxito y fracaso escolar, como un movimiento para aprender a enseñar. Y como lo señala el investigador Janosz, M. (2009), el país le debe apostar a la educación porque representa progreso y crecimiento económico.

Afortunadamente yo estuve como migrante regular, con acceso a todos los servicios sociales y de salud. Pero quienes se quedan en este país de manera indocumentada, es difícil, porque no hay acceso para rentar un departamento, abrir una cuenta en el banco, salud, ni educación y, las empresas difícilmente se arriesgan a contratar indocumentados porque se les aplica la ley. Empecé a hacer amistad con personas originarias de países como Brasil, Perú, Colombia, Portugal, China, Vietnam, Rusia, Jordania, Cuba, Estados Unidos, Singapur, Malasia, Afganistán, Ucrania, principalmente.

En tres meses ya dominaba el francés y mi hija hablaba los tres idiomas, español, francés e inglés. Recuerdo que, en las clases de francés, la profesora me exigía más que a los demás porque decía que yo estaba a nivel de doctorado. Viví discriminación, no solamente de los canadienses, también de propios migrantes, te miran diferente o te hablan rápido para que no comprendas bien y te ridiculicen. La socialización me ayudó a permanecer en este país y no fracasar, como lo que propiamente estudiaba en mi proyecto de investigación. Empecé a buscar grupos de mexicanos, latinos, y encontré organizaciones de ayuda a latinoamericanos. Como lo señala el psicólogo A. Maslow en su pirámide para ser potencialmente exitoso, el tercer escalón se refiere a la afiliación, o como o señala el sociólogo y filósofo S. Bauman, la pertenencia a un grupo o asociación, te fortalece, y fue así que comencé a tener redes de apoyo.

He sido parte de la movilidad humana, este escenario migratorio que comprende tres fenómenos migratorios: los que se van de México a otros países, los que se desplazan al interior del país y los que llegan de otros países a territorio mexicano. Después de esta experiencia la perspectiva de vida no es la misma, definitivamente. Hace unos años, y como académica llegué a Fuerza Migrante, una plataforma binacional que integra más de 600 organizaciones, que preside don Jaime Lucero. Participé coordinando la plataforma educativa binacional fuerza migrante, como un modelo de empoderamiento para la comunidad México-Americana. Conociendo las necesidades de cerca de 40 millones de mexicanos y más de 350 mil morelenses. Convivir con ellos, reconocer los diferentes liderazgos, la nostalgia por sus lugares de origen. Su perseverancia por seguir adelante en un contextos político y social diferente al suyo, y sobre todo el aporte económico que generan en Estados Unidos y en Morelos que asciende a poco más de 22 mil millones y medio de pesos (Banco de México, 2024).

El fenómeno migratorio no es nuevo, obedece a múltiples factores, y comienza a tomar relevancia por el contexto político y social en el que nos encontramos. Las condiciones de la migración desde la perspectiva de género son diferentes. Al principio migraban los varones, ahora migran las mujeres también. Y no es lo mismo, ya que las mujeres tenemos ciertas desventajas, porque llevamos a nuestras hijas e hijos o bien los dejamos al cuidado de las abuelas; algunas mujeres sufren abusos, discriminación, embarazos en sus trayectos, entre otros. La migración de mujeres ha superado a la de los hombres de 51% a 49% en Norte América. (OIM, 2023). Así mismo, las mujeres no solo aportan dinero a sus familias, también son promotoras culturales, se les ha llegado a definir como mujeres migrantes trasnacionales por la conexión que mantienen con su lugar de origen. Y también se comienza a introducir el concepto sobre la feminización de la migración (ONU, 2024).

El fenómeno migratorio fue reconocido por la Organización de las Naciones Unidas, en el año 2000, al proclamar el 18 de diciembre como el Día Internacional del Migrante. Con el propósito de garantizar los derechos humanos y reconocer la migración mundial. Así mismo, el Congreso del Estado de Morelos instituyó en el año 2017, el 15 de diciembre como el día del Migrante Morelense y su Familia.

En la complejidad de este fenómeno social, no es suficiente con decretar días para conmemorar, pero si es significativo el reconocimiento internacional, nacional y local para los mexicanos de aquí y de allá.

*Doctora en Educación. Dirección General de Migrantes del Gobierno del Estado de Morelos. veronica.giles@morelos.gob.mx

La Jornada Morelos