
- Migrar en un mundo que también se mueve
La migración acompaña a la humanidad desde que somos humanidad. Es una fuerza tan antigua como el deseo de sobrevivir y tan contemporánea como los desafíos económicos, climáticos y políticos que sacuden al planeta. Hoy, cuando este movimiento global se mira con sospecha o se usa para justificar discursos que levantan muros más rápido que soluciones, conviene volver a las personas concretas. A sus historias. A sus razones. A sus grietas y a sus conquistas.
En las crónicas de Antimio Cruz, reunidas bajo el título “Viven en otro país, pero nunca se fueron de Morelos”, se reconoce a una comunidad que existe entre dos geografías sin dejar de pertenecer a ninguna. Flor de María, Freddy, Luis, Rosa Evelia, Víctor, Patricia, José Juan o José Manuel encarnan ese irse para quedarse: migrantes que se formaron en escuelas de Cuernavaca, Zacatepec o Miraval, y que hoy sostienen vidas productivas en Texas, Utah, Canadá, Suecia o Arizona. Sus trayectos son tan diversos como sus motivos. Pero todos comparten algo: la certeza de que el lazo con el origen no se corta, se estira.
Desde otro ángulo, Verónica Giles Chávez, en “La Movilidad Humana: Somos mexicanas y mexicanos de aquí y de allá”, invita a mirar la migración como experiencia vital transformadora. Su propia historia, marcada por estudios en Chile y Canadá, revela que la movilidad también puede ser una elección académica y profesional, aunque nunca exenta de retos: discriminación, barreras lingüísticas, soledad y la urgencia de hallar redes que permitan pertenecer. Giles recuerda que la migración se ha feminizado, que millones de mujeres sostienen familias a distancia, trabajan, estudian, cuidan y mantienen vivo su vínculo con México, incluso cuando las políticas o las fronteras pretenden invisibilizarlas. Su reflexión insiste en algo fundamental: migrar no es sólo cruzar territorio; es reconfigurar identidad. Es confiar en que la educación, la organización comunitaria y la solidaridad pueden romper los discursos que reducen a los migrantes a cifras o amenazas. Es comprender que la movilidad —salir, desplazarse, llegar— es parte estructural del mundo actual y que negarlo sólo alimenta prejuicios.
Pero hay otra dimensión, íntima y dolorosa, que Elsa Sanlara explora en “Emigrar y otras formas de romperse”. Ahí recuerda que, para millones, migrar no es un sueño: es una huida. Su relato de familia que abandona el hogar porque la violencia les arrebató el derecho a saberse seguros resume una realidad que atraviesa países enteros. Salir con prisa, con miedo, con la vida en una maleta y el alma en sobresalto, es una historia más común de lo que quisiéramos admitir. Sanlara captura algo que pocas veces se dice con claridad: el desarraigo no empieza en la frontera, sino en el estómago, cuando falta el sabor que ancla; en la lengua, cuando otra velocidad del habla se vuelve frontera; en los ojos, cuando se mira sin reconocer el paisaje; y en la identidad, cuando uno comprende que ya no pertenece del todo a ningún lado. Sin dramatismos, su texto recuerda que la migración también es una ruptura emocional cuyo costo rara vez entra en el balance de las pérdidas y de las ganancias.
Migrar no es dejar de pertenecer: es aprender a pertenecer de otra manera. Y en ese proceso, nadie debería sentirse solo.
- Cuando la soledad es inoportuna
La soledad es una experiencia humana necesaria en ciertos momentos, pero cuando se vuelve prolongada y no elegida se transforma en un problema de salud pública con efectos tan graves como el tabaquismo o la obesidad. La Organización Mundial de la Salud advierte que este aislamiento involuntario deteriora la salud mental, física y social. En México, y particularmente en Morelos, la soledad afecta de manera creciente a adultos mayores, jóvenes, migrantes, personas con discapacidad y otros grupos vulnerables, debido a la ruptura de redes de apoyo, los cambios de vida, la precariedad económica y modelos sociales que ya no garantizan espacios de convivencia significativos.

Daniel Martínez Castellanos documenta en su reportaje “La soledad no deseada, un enemigo que no queremos ver”, el por qué los datos son preocupantes: un tercio de los adultos mayores del país vive soledad no deseada; en Morelos, esto alcanza a más de 93 mil personas. Pero el fenómeno ya no es exclusivo de la vejez: la digitalización, el teletrabajo, la educación a distancia, la falta de nuevas dinámicas relacionales y la fragilidad emocional de muchos vínculos han extendido la soledad a todas las edades. Uno de cada cuatro jóvenes la padece, y las mujeres la viven con mayor intensidad por razones estructurales. Son retos que van con los nuevos tiempos, en los que la masificación, el cambio de la estructura poblacional que hay que plantaremos pronto para encontrar soluciones antes de que se conviertan en crisis.
- Un templo de follajes
Plaza de La Jornada Morelos da la bienvenida a sus páginas a la poeta, ensayista y traductora Elsa Cross quien, un poco más adelante, construye un mapa sensorial y espiritual del mundo vegetal, donde cada árbol es más que un organismo: es un umbral, un interlocutor, una forma concreta de lo que se puede considerar sagrado. La poeta no pasea por la naturaleza: se adentra en ella, escucha su vibración íntima y la deja convertirse en gesto, ritmo y revelación.
En “Poema bajo un sauce”, la naturaleza se vuelve danza y música; en “Liquidámbar”, la contemplación asciende hacia lo metafísico. “Baniano” despliega una imagen de raíces que descienden desde el aire para encontrarse a sí mismas en la madre tierra. En “Pino”, Cross se mueve hacia la forma mínima: un instante de luz contenido entre muros; en “Almendro”, la poeta sostiene lo instantáneo con la misma firmeza con la que la naturaleza sostiene el mundo. Finalmente, “La encina oracular” abre el territorio mítico de forma explícita.
En conjunto, sus poemas trazan una visión donde lo vegetal es símbolo, cuerpo, memoria y deidad. Cross ofrece un territorio donde el viento es mensajero, la luz es presagio, las raíces son genealogías, y cada árbol sostiene un fragmento del misterio del mundo. La naturaleza aparece como una forma de pensamiento, como una presencia capaz de soportar la experiencia humana en una mezcla de sentidos: canto, aroma, luz, silencio y revelación. Es un universo poético donde lo sagrado no se busca, simplemente se descubre y se escucha. Y su templo está hecho de follajes.
En recuadro destacado y con un tipo más grande
Plaza de La Jornada Morelos desea a sus lectores unas felices fiestas y un más venturoso año nuevo. Este, el número 42, será el último de 2025, el número 43 aparecerá el 12 de enero. Nos leemos en 2026

