

Farid Barquet Climent
Merece un comentario el vergonzoso episodio protagonizado el más reciente fin de semana por el diputado federal Cuauhtémoc Blanco durante un partido de exhibición entre veteranos del América y de las Chivas.
En uno más de sus actos desmerecedores, el exgobernador de Morelos abofeteó al portero del equipo adversario.
Subrayo que el episodio lo protagonizó el diputado Blanco. Lo subrayo porque el interés público del hecho estriba en la investidura del responsable, no en su pasado de gran futbolista, que lo fue. Jugador notable, político lamentable, Blanco parece no darse cuenta de que su cargo de representación popular trae consigo exigencias que si bien no pasan por imponerle una conducta pudibunda, sí al menos debieran hacerle asumir que no es gracioso al agredir a otra persona, que no pasa por simpático haciéndose el troglodita.
Desde sus años en el futbol profesional Blanco explotó en abono de la construcción de una imagen populachera una dimensión del barrio que no tiene que ver con lo mejor de quienes luchan todos los días para salir adelante. La trifulca que provocó en el Azteca ante el visitante Sao Caetano de Brasil o el golpe cobarde que propinó a David Faitelson en la zona de vestidores del estadio de Veracruz demuestran que lo suyo fue simbiotizar origen humilde con alardes de valentón, la violencia como correlato necesario de nacer y crecer en ambientes atravesados por adversidades y carencias. En resumen: la oda al “barrio bravo”, sólo que con énfasis más en la bravura que en lo barrial.
No soy de los que piensa que los futbolistas, al igual que las figuras públicas del espectáculo, deban cargar sobre sus hombros con la pesada loza de la ejemplaridad. No suscribo que la atención pública que reciben les imponga el deber de comportarse de manera pacata e hipócrita, alejados de toda concupiscencia juzgada como malsana por las buenas conciencias. Pero Blanco hoy, antes que ídolo popular, es un diputado, depositario parcial de la soberanía popular así sea en una fracción de uno sobre quinientos. Esa condición le impide comportarse como mequetrefe y lo obliga a no contribuir a normalizar ni fomentar la violencia —esa de la que, en una de sus expresiones más graves, ha sido acusado nada menos que por su hermana— parapetado en que la cometió en el contexto supuestamente inocente de una simple cascarita.



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