

La huella hídrica de Morelos: lo que no vemos detrás de cada gota
En Morelos el agua parece sobrar: balnearios llenos, ríos y barrancas por todos lados, caña y arroz verdes casi todo el año. Pero detrás de esa imagen cómoda hay una pregunta incómoda: ¿cuánta agua se nos va en sostener nuestra vida diaria?
Ahí entra la huella hídrica: toda el agua dulce que se usa para producir lo que consumimos, no sólo la que sale de la llave, sino la “escondida” en un kilo de azúcar, en una playera, en un taco de arroz o en un día de recreo en el balneario.
Morelos es un estado pequeño, con clima privilegiado y una red de ríos, manantiales y acuíferos que alimentan la vida urbana y rural. Cuencas como la del Apatlaco y sistemas como el Amacuzac sostienen ciudades, campos y balnearios. Pero el acuífero Cuautla-Yautepec ya presenta déficit: estamos extrayendo más agua de la que se recarga. Y el Bosque de Agua, ese corredor forestal compartido con la Ciudad de México y el Estado de México, se ha vuelto una especie de “seguro de vida” hídrico para la región.
En las ciudades —Cuernavaca, Jiutepec, Temixco, Cuautla— la huella hídrica no se agota en el tandeo. Está en jardines siempre verdes, lavado de autos, plazas comerciales, hoteles y restaurantes. El río Apatlaco es el espejo incómodo: descargas urbanas e industriales lo han convertido en un símbolo de cómo usamos y ensuciamos el agua que luego decimos que nos falta.

En los pueblos y campos, la historia se escribe surco a surco. La agricultura concentra gran parte del consumo: caña, arroz y otros cultivos de riego “gastan” enormes volúmenes de agua. Cada kilo de azúcar o de arroz producido y exportado lleva consigo litros y litros de agua virtual que dejan de estar disponibles en ríos y pozos locales.
Los efectos se sienten en tres niveles. En lo ambiental, bajan los niveles de los acuíferos, se deforestan zonas altas y se degradan ríos. En lo social, hay colonias con agua contada por horas y familias que viven de pipas y tambos, mientras otros sectores consumen como si el recurso fuera infinito y en lo económico, la presión sobre el agua amenaza tres pilares de Morelos: agricultura y agroindustria, turismo de balnearios y lago, y servicios urbanos.
¿Qué podemos hacer? En casa, reparar fugas, ahorrar en regaderas, reutilizar agua y elegir plantas nativas. En la mesa, preferir alimentos locales, de temporada y evitar desperdiciar comida composteando. En el campo, avanzar hacia riegos más eficientes y cultivos menos demandantes de agua. Y, en lo colectivo, exigir saneamiento real de ríos y protección efectiva del Bosque de Agua y de las áreas naturales.
Al final, la huella hídrica es la historia de cómo tratamos esa red invisible que une manantiales, ríos, ciudades, ejidos y balnearios. Cuidarla es mucho más que un tema técnico: es decidir qué futuro queremos para Morelos, gota a gota.
¡Hasta la próxima! ¡Felices y sustentables fiestas por la Madre Tierra!
*Biólogo, permacultor y educador Ambiental gema.amb@gmail.com

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