

El 25 de noviembre vuelve a recordarnos lo que sabemos desde hace generaciones: la violencia contra las mujeres no es un accidente, es un sistema. Y hoy ese sistema está de regreso con una ferocidad renovada, disfrazado de modernidad, libertad de mercado, defensa de la familia tradicional o, peor, de sentido común.
No hay que ir muy lejos para ver el retroceso. En los últimos años, diversas fuerzas políticas han decidido que la mitad de la población es un campo de batalla. En países tan distintos como Estados Unidos, Italia, Hungría, Polonia o Argentina, se están desmontando derechos que costaron décadas. Y la lista continúa con naciones donde ni siquiera se fingen democracias igualitarias: Afganistán, Irán, Siria, India, El Salvador, Honduras, Guatemala, Nicaragua. En unos casos el retroceso es nuevo; en otros, nunca hubo verdadera garantía de derechos. Lo común es que los cuerpos de las mujeres sean siempre los primeros en pagar el costo.
No es casual. Lo que atraviesa a todos estos países es una restauración patriarcal en toda regla: un proyecto organizado, estratégico, que coloca a los feminismos como su enemigo principal. Porque los feminismos al contrario de lo que tantos opinólogos creen no son un club de opiniones; son un proyecto de justicia social que cuestiona a fondo el poder, la economía, el extractivismo y la política.
El laboratorio global del retroceso
El avance de las derechas extremas tiene un objetivo muy claro: controlar las decisiones sobre nuestros cuerpos. Atacan de manera directa el derecho a decidir, disfrazando de defensa de la vida lo que en realidad es una cruzada por restringir nuestra autonomía reproductiva.
A la par, se despliega otra estrategia igual de peligrosa: negar que existe la violencia de género. Dicen que exageramos, que somos sensibles, que “no todos los hombres”, que “dejen de politizar todo”, que “antes no se quejaban tanto”. Y como si no fuera suficiente, se reinstalan estereotipos que nos quieren de vuelta en la cocina, en el cuidado, en el silencio. Que no trabajemos “de más”, que no opinemos “de más”, que no exijamos “de más”. Que volvamos a ser buenas, dóciles, discretas. Todo para mantener intactas las jerarquías que les benefician. Nuestra región está bajo un viento conservador brutal: desde Argentina y su experimento libertario que ha puesto en riesgo conquistas históricas, hasta Centroamérica donde la retórica autoritaria construye enemigos internos para justificar el retroceso. Derechos que parecían firmes hoy pendan de un hilo. Identidades, libertades y cuerpos vuelven a ser campo de disputa.

¿Y en México?
Aquí tenemos, por primera vez, una presidenta que se nombra humanista y de izquierda. Pero eso no significa que estemos fuera de peligro. La marcha que algunos intentaron vender como una “revuelta juvenil espontánea” terminó exhibiendo algo muy distinto: el viejo repertorio de la derecha más conservadora, cuidadosamente amplificado por una televisora. Un bloque que sigue siendo profundamente misógino, homofóbico y clasista, pero que ahora quiere disfrazarse de irreverencia mientras recicla las mismas ideas que apuntalan un orden desigual y excluyente.
La vida privada también es política
Cuando las derechas avanzan, no solo se modifican leyes: se altera la vida cotidiana, la intimidad, el deseo, la posibilidad de decidir sobre la primera propiedad que tenemos: nuestra cuerpa. ¿Qué ocurre cuando el patriarcado decide que puede regularla, vigilarla, alquilarla o disciplinarla? Aquí entra uno de los debates más urgentes: la maternidad subrogada. Una práctica que algunos quieren vender como progreso, pero que reproduce la misma lógica milenaria de pensar que el cuerpo de las mujeres es un recurso disponible. La industria se viste de altruismo, pero su base es la desigualdad. Siempre son mujeres precarizadas las que ponen el cuerpo; siempre son personas con privilegios quienes obtienen el producto.
Margaret Atwood no inventó un futuro distópico: describió el presente de millones. El cuento de la criada no es una ficción lejana; es una advertencia incómoda sobre lo que sucede cuando el Estado, el mercado o los fanatismos deciden que la maternidad es una función disponible para otros. La maternidad forzada y la maternidad rentada comparten la misma raíz patriarcal: la idea de que la autonomía de una mujer puede negociarse.
El malestar masculino y su miedo a nuestra libertad
Cada avance de las mujeres por pequeño que sea, activa una maquinaria de resistencia masculina que reacciona con furia al ver tambaleándose su monopolio del poder. Todo lo que nosotras conquistamos con lucha, ellos lo leen como pérdida. No soportan que dejemos de pedir permiso. No soportan que dejemos de temerles. No soportan que seamos sujetas políticas plenas.
Aun así, aquí seguimos
El 25 de noviembre no es una fecha simbólica: es un recordatorio del mundo que enfrentamos. Pero también es una afirmación de la fuerza colectiva que hemos construido. Porque cada vez que el patriarcado intenta restaurarse, somos millones las que decimos que no. Que no volveremos atrás, que no somos territorio de conquista.
El patriarcado vuelve con fuerza.
Pero nosotras también.
Y no estamos solas.
Y no vamos a retroceder.

