Hacer ejercicio significa cosas distintas para cada persona. Para unos es verse bien en un espejo; para otros, un jalón de orejas para recuperar la salud; para otros, un reto, una identidad por encontrar; y para muchos, simplemente una forma de terapia.

Debajo de la cama tengo un montón de miedos. El más grande es perder a mis padres, dejar de ser hijo. Cuando uno pierde a sus padres ya no es hijo de nadie, y eso me parece una afirmación terrible y desoladora. Otro de mis grandes miedos es no poder hacer ejercicio: no poder físicamente lograrlo. Me paraliza.

Hacer ejercicio está en mi canasta básica. Y no es que sea un obsesionado; es que, de verdad, se ha vuelto quizá la terapia más efectiva de mi vida.

Tenía 19 años. Me sitúo en un café del centro y, al casi terminar, ella me terminó ahí. Aunque eso nunca es cierto: las personas te dejan desde mucho antes. Recuerdo verme en esa mesa mientras me decía “ya no quiero estar contigo”. Recuerdo sentir que me hundía en la silla. “¿Me escuchas? Creo que debes buscar algo más.”

Salí de ese café con una estocada en el corazón. Busqué refugio en el budismo, que me sostuvo por un momento con ese cuento del apego. Pero también —y no sé por qué— salí a correr. Simplemente salí a correr. Maravilla: correr me hizo sentir bien, y tomé ese remedio como algunos adictos abrazan la religión.

Me preparé.

Lo primero era trabajar la respiración: inhalar por la nariz, exhalar por la boca, suave. Nunca jalar demasiado aire por la boca. Si empiezas con dolor de caballo estás jodido. Primero, poco a poco: lograr dos kilómetros sin parar, bajar una de esas aplicaciones que cuentan tu recorrido. Lo segundo: conseguir unos buenos audífonos; no puedo correr sin escuchar música. Lo tercero: establecer metas y métricas: lograr cinco kilómetros, después diez, medir el tiempo.

Me empecé a apuntar a carreras: primero cortas, luego más largas —doce kilómetros, carreras a campo traviesa— y al final medio maratón, incluso un maratón completo. Había algo en ese ambiente totalmente simbólico que me superaba: todos esos locos apenas despiertos a las cinco de la mañana, reunidos para correr. Nadie corre por correr. Todos corremos por algo más. Nunca es la actividad; es la intención detrás. A mí me daba la sensación de estar haciendo algo importante.

Qué necesidad tan fuerte de hacer algo importante.

Hice muchísimas carreras, treinta o más. Después me cansé. Empecé a no disfrutarlas tanto. Lo que había sido terapia empezó a sentirse como presión. Dejé de disfrutar competir, a pesar de lo competitivo que puedo ser.

El año pasado tuve una contractura muy complicada en la espalda que me impedía hacer ejercicio, y me estaba sacando de quicio. No tuve más remedio que ir al ortopedista. Me mandó una resonancia magnética, una experiencia totalmente tormentosa: te meten en un tubo que se vuelve una cápsula ruidosa donde debes permanecer inmóvil cuarenta minutos. Sales de ahí desorientado.

Al final, oh sorpresa: “usted tiene tres hernias que están aplastando algunas vértebras”. En ese momento me sentí viejo. Terriblemente viejo. ¿Hernias? ¿Me estás jodiendo? Tuve que seguir un tratamiento y ahora sólo puedo cargar pesado con una faja lumbar. La verdad es que, desde entonces, me siento muy bien. También empecé a nadar. Pero lo que más me preocupaba era no poder correr, porque es un deporte de impacto. Por suerte, puedo hacerlo con moderación y cuidando el golpeteo.

De vez en cuando me reúno con un grupo de amigos para correr y luego tomar una cerveza. Eso me gusta. Pero la verdad es que correr siempre ha sido un acto solitario, un ritual de ofrecimiento, un refugio al que necesito volver cuando el mundo se vuelve abismo, cuando la vida vuelva a situarme en un café del centro.

Te aseguro que esta vez llevaré la ropa lista

Andrés Uribe Carvajal