

La invención de Juan Gabriel (Ciudad Juárez 1971), hecha por Alberto Aguilera Valadez (Michoacán 1950- Los Ángeles 2016), es un hito descomunal en la cultura mexicana, pues el autor de esta creación dinamitó estructuras centenarias para hacerse un espacio en un país enfermo de machismo, homofobia y misoginia. Incluso, al día de hoy, muchos siguen pensando que la aceptación de Juan Gabriel en la vida de los mexicanos es un chiste, pues no falta, en reuniones familiares u otros eventos, el imitador que pretende amenizar el encuentro enfatizando los movimientos del personaje.
En esas imitaciones de Juan Gabriel se destaca su «amaneramiento», palabra con la cual se expresa que alguien no se comporta de manera «natural», en este caso, como lo dicta la cultura heterosexual dominante, que casi es equivalente a decir, la cultura patriarcal; en particular, los que se atribuyen el derecho de decir qué es lo natural, influenciados por la religión o las costumbres.
O cómo olvidar otro término común en nuestro vocabulario tradicional: «afeminamiento». Subrayando, con esta última palabra, que existe un hombre que se está comportando como una mujer –mejor dicho, como los hombres creen que es el comportamiento que corresponde a una mujer– y esto es el mayor de los horrores, el último círculo del infierno en esa cultura homófoba, machista y misógina a la que nos referiamos antes.
En cualquier caso, el performance llamado Juan Gabriel no incluye sólo las canciones, aunque es por sus canciones que ha trascendido. Es muy probable que no exista nadie en México con edad para saber lo que es una canción, que no conozca –y en muchos casos sin saber su origen– alguna composición de Alberto Aguilera, el artista más popular y exitoso en el último cuarto del siglo XX mexicano. Del mismo modo, quizá no haya cantante popular en el país –probablemente en el mundo hispanohablante– que no lo haya interpretado, sea cual sea el género musical.
No faltará quien discuta el término «artista» para Alberto Aguilera, muchas veces desde la soberbia de creer que se tiene el poder de decidir entre lo que es y no es «arte»; o habrá quien siga hablando de «alta» y «baja» cultura. Hay libros y libros examinando lo anterior, entre estos, los textos dedicados por Carlos Monsiváis a esta figura son de los más destacados. Aquí, en lo inmediato, se piensa que el arte tiene siempre el poder, tanto de transformar a profundidad la vida de las personas, como de permanecer en la memoria colectiva.

Por supuesto, no se trata de que nos gusten todas las canciones o toda puesta en escena de Juan Gabriel, por más que en este último ámbito tenga momentos memorables –por ejemplo, la alegre osadía colorida, e iconoclasta, de usar un traje de charro de color rosa–, sino de reconocer el talento y la originalidad –otra palabra en revisión en el campo artístico– de Alberto Aguilera.
En sus canciones (y una canción es poesía popular) encontramos expresiones de amor y desamor, hechas de manera sencilla en lenguaje coloquial, que van desde las contradicciones de las relaciones de pareja –»no cabe duda que es verdad que la costumbre…»– a las más desagradables formas de la autocompasión –»yo no nací para amar», «te lo pido por favor»–. Es «visceral», dice uno de los entrevistados en el reciente documental Debo, puedo y quiero dirigido por María José Cuevas (DF 1972), responsable de que Juan Gabriel vuelva a ser parte de la conversación en estas últimas semanas del año.
Pero, así como seríamos ingenuos si aceptáramos las opiniones de Paty Chapoy como una autoridad en la vida y obra de Alberto Aguilera –y probablemente en cualquier otro tema–, del mismo modo, nos engañamos si creemos que estamos conociendo una vida con una serie o un documental; nada de eso, solo estamos descubriendo una posible interpretación de la vida de Alberto Aguilera, el artista que inventó a Juan Gabriel. Una persona como cualquiera de nosotros, con claroscuros. Quedan muchas otras formas de acercarse a este. Eso será tarea para los interesados; para otros, lo más importante seguirán siendo sus canciones: «Fue un placer conocerte», «Así fue», «Se me olvidó otra vez», etc. Cada quien tendrá sus favoritas.
*Doctor en literatura comparada
Foto: Juan Gabriel / Sitio Web

