Pasado el furor de la marcha de la llamada Generación Z, los memes, las descalificaciones, elogios desmedidos de ciertos comunicadores afines y contratos millonarios con partidos políticos, queda mucho por analizar de esa movilización, sobre todo porque gran parte de las coberturas realizadas in situ oscilaron entre lo anecdótico y el humor involuntario, ya sea por lo trillado de las declaraciones o por episodios francamente incómodos. Más allá de la superficialidad mediática, resulta indispensable hacer un balance serio y profundo de lo ocurrido.

No es un secreto que, tanto en el gobierno anterior como en el actual, se han empeñado en atender diversos problemas que laceran al país, aunque el trabajo está lejos de concluir, aún hay muchas cuestiones que no han sido atendidas o que simplemente se han pasado por alto. La violencia, los feminicidios, la misoginia, el encarecimiento de la vida, la crisis de los sistemas de salud, el acceso al trabajo y a la vivienda –tema sobre los que he insistido reiteradamente La Jornada Morelos– y la crisis climática son razones más que legítimas para tomar las calles y exigir soluciones concretas a nuestras autoridades independientemente del partido u orientación política a la que pertenezcan.

Sin embargo, lo que sí resulta preocupante es que una protesta parta de una débil conciencia política. Llamó especialmente mi atención que en una de las convocatorias se prohibiera explícitamente a los participantes portar banderas de Palestina. Pretender protestar contra la violencia en México mientras se silencia deliberadamente el sufrimiento del pueblo palestino es, desde mi perspectiva, una forma de convalidar el genocidio, como si la distancia geográfica restara gravedad o desapareciera esa violencia.

Aún más inquietante fueron los carteles y declaraciones de varios asistentes que pedían la intervención de Estados Unidos para “acabar” con el crimen organizado. Hay que ser un verdadero ignorante –y me disculpo por la palabra, pero no encuentro otro calificativo– como para mostrar ese desconocimiento profundo de la historia reciente y no recordar lo que ocurre cuando Washington “interviene” en nombre de la democracia y la libertad. El siglo XX está lleno de ejemplos, y el XXI no se queda atrás. A finales del siglo pasado Yugoslavia fue reducida a cenizas por las “democráticas” bombas occidentales, en este siglo Afganistán e Irak. Destaca el caso de Afganistán que hasta antes de 2001 había casi erradicado el cultivo de opio y a partir de la invasión estadounidense la producción se multiplicó más de 40 veces, llegando a generar hasta el 90% de la heroína mundial entre 2001 y 2021. Más cercanos a la Generación Z, están los casos de Siria o Libia, países fragmentados y saqueados tras la intervención de los Estados Unidos y otras potencias occidentales en la Primavera Árabe, estos ejemplos deberían bastar para que la llamada Generación Z tome nota y conciencia de ese tipo de peticiones.

Otro aspecto imposible de omitir es la desagradable normalización de la necropolítica. Numerosos asistentes portando sombreros en alusión a Carlos Manzo, alcalde de Uruapan asesinado, intentando sacar rédito político de su muerte aun cuando Grecia Quiroz, su viuda, se deslindó de quienes lucran con esa tragedia con fines electorales, entre ellos Ricardo Salinas Pliego. A esto se suma el amarillismo de medios masivos como TV Azteca, que llegó a equiparar lo sucedido el pasado sábado 15 de noviembre con los acontecimientos de 1968, en una revisionista operación mediática tan grotesca como irresponsable.

Retomando el punto de la protesta sin conciencia histórica y política, no deja de ser llamativo que personajes como Vicente Fox, Claudio X. González, el propio Salinas Pliego y operadores vinculados al PRI y al PAN celebraran y asistieran a la marcha “ciudadana”. Creer que estos actores no tuvieron injerencia en la marcha es, cuando menos, ingenuo. Sobre todo cuando ya en al menos tres ocasiones han intentado apropiarse de movimientos internacionales para replicarlos en México con fines claramente conservadores. Lo hicieron en 2019 con los supuestos Chalecos Amarillos México, repitieron la jugada con la Marea Rosa en 2022 (curioso mote, pues así se denominó el ciclo histórico de los primeros gobiernos progresistas en América Latina en el siglo XXI) y ahora prueban suerte con la Generación Z, buscando emular los resultados de Nepal. Las caras y los intereses son los mismos: recuperar viejos fueros y privilegios. No sorprende, entonces, que en muchas de estas protestas los oradores fueran personas que rondaban los 40 o 50 años como se pudo ver en Cuernavaca.

La oposición mexicana hace mucho tiempo perdió la capacidad de articular un proyecto político alternativo al de la 4T o que entusiasme siquiera a los suyos y recurre a movimientos importados con la esperanza de que alguno finalmente prospere. Hasta ahora, afortunadamente han fracasado, pero eso no significa que debamos bajar la guardia, la batalla cultural se disputa todos los días.

En tiempos donde la “neutralidad” se vende como virtud, conviene decirlo sin titubeos, no existe tal cosa como una postura apolítica. “No somos de izquierda ni de derecha” podía leerse en una de las publicaciones de la llamada Generación Z, como si la ambigüedad fuera una virtud. Pero quien presume no tomar partido, en realidad ya eligió un bando, y casi siempre es del lado del conservadurismo que vive de la pasividad ajena. En este escenario, declararse neutral no es un equilibrio, es renuncia; no es prudencia, es obediencia. Respaldar causas sin cuestionarlas, ignorar los intereses económicos y partidistas que secuestraron y financiaron la marcha de la Generación Z –por más que lo nieguen– no es ingenuidad, es complicidad. En un país donde la derecha avanza cada vez que la ciudadanía baja la guardia, criticar no solo es necesario, es una forma de resistencia.

Hoy se intenta maquillar la manipulación como “participación ciudadana” y vender cualquier estallido “apartidista” como despertar colectivo. Por ello resulta imprescindible recuperar la conciencia crítica que da sentido a toda protesta legítima. Pero ningún cambio de vestuario del conservadurismo oculta las agendas de siempre. Hurgar sin delicadeza quién financia, quién dicta las consignas y quién piensa capitalizar el descontento es la única forma de impedir que el hartazgo social termine convertido en combustible gratuito para los mismos grupos que históricamente han vivido del privilegio y que hoy, desesperados, buscan recuperarlo a cualquier costo.

  1. * Historiador

H. Alexander Mejía García