Porto, otro viaje como una matriosca dentro de un viaje interminable

 

Lo primero que hicimos al llegar a la Estación de Porto fue, de manera previsoria, comprar nuestros boletos para el viaje que haríamos a Vigo y en la cafetería de enfrente aprovechamos para picar algo. Mientras comíamos el camarero nos dio el primer tip de nuestra estancia, en respuesta a dónde podríamos cenar esa noche. Sin dudarlo nos recomendó el Escondidinho.

El trayecto que tomó el Uber hacia el hotel nos avisaba del maravilloso lugar al que habíamos llegado.

La llegada a nuestro hotel fue de gratísimas sorpresas. Primero fuimos recibidos por un profesional de la hostelería, un joven amable y conversador, amante de la literatura, quien como bienvenida nos ofreció un oporto servido de una fina licorera. La segunda sorpresa fue cuando abrió la puerta de nuestra habitación y nos dimos cuenta de que ¡no era un cuarto, sino un apartamento de lujo en toda forma! con una sala del tamaño de la que tenemos en nuestra casa en Cuernavaca, una cocina completa con lavadora incluida y, para nuestro asombro, la sala daba a un espléndido jardín. Otra grata sorpresa fue saber de la magnífica ubicación de donde estábamos alojados.

Esa tarde, con el antojo de seguir probando los sabores de la comida portuguesa, salimos y con sólo cruzar la calle a los pocos metros llegamos a una plaza peatonal para encontrar la Catedral de Porto a cuyo costado pudimos dar la primera y alucinante mirada al Duero y lo gozamos desde uno de los seis puentes que lo cruzan. Después, al ir en busca del restaurante recomendado nos perdimos ya no deliberadamente sino por culpa del Waze, que nos hizo caminar y descender decenas de metros por largas escaleras de piedra que nos llevaron hasta una calle donde nos sentamos en un bar para tomar algo, pero sobre todo para preguntar por nuestro destino, la rua de Passos Manuel.

Con el apetito en su punto después de estas caminatas llegamos al Escondidinho. Con apenas entrar uno respira la tradición que revelan sus muebles de madera, su decoración y la forma de ser recibidos. Fue el nieto del fundador que, al conducirnos a nuestra mesa, nos platicó la historia del lugar tras preguntarle por el nombre tan peculiar. Con orgullo nos contó que hace 100 años su abuelo montó un pequeño lugar para ofrecer comidas, un local muy sencillo ubicado en un rincón escondido en la esquina de una estrecha calle, de ahí que los comensales lo bautizaran como el Escondidinho. Al oír sus palabras no dudamos en que nos sugiriera lo que deberíamos probar. Cabe mencionar que mi portugués después de unos días había mejorado y no necesité la ayuda de Laura para entender lo que nos decía Evaristo —que ese era su nombre— quien, sin embargo, pronunció una palabra desconocida al decirnos que nos serviría una cataplana portuguesa de peixe misto, y nos explicó que el plato lleva ese nombre —cataplana— porque así se llama la olla donde se cocina por más de veinte minutos. Estimados seguidores de este viaje busquen la receta en sus redes para que imaginen los sabores y el placer que vivimos al probar este guiso.

Al día siguiente, con asombro, nos dimos plena cuenta de la ciudad a la que habíamos llegado. El recorrido de ese día nos lo sugirió el joven hoster del hotel. Laura decidió ir a conocer el puente más bello de los seis que cruzan el Duero, el Luis I. Mientras tanto, esa mañana yo visité una de las joyas de Porto, la estación São Bento, cuyas paredes y techo en su totalidad están decorados con mosaicos azules y blancos.

Para el mediodía quedamos de vernos afuera del hotel porque teníamos programada una visita a la Livraria Lello cuya entrada reservamos y pagamos el día anterior a fin de evitar las inmensas filas. Sí, estimados amigos, leyeron bien, Lello es la única librería que conozco que cobra por entrar. Vale la pena recorrer ese edificio pequeño y estrecho de dos pisos en el cual se inspiró la autora de Harry Potter para imaginar la biblioteca de Hogwarts. Pero no solamente la visitamos por esa razón, pues sabíamos que es una gran librería lo cual comprobamos al caminar entre sus estantes y hablar con una librera muy amable, y lectora consumada, que nos sugería ejemplares. Yo adquirí, gracias a su opinión, uno de Pessoa de título Mensaje, el único de sus libros publicado en vida de este gran poeta. También salí de ahí con una antología de poemas portugueses que recorre siglos de poesía. Por su parte, Laura consiguió una colección de cuentos de autores portugueses y, por encargo de nuestra comadre Delia Juárez, un libro de la autoría de António Lobo Antunes. Todas estas maravillas, editadas por la propia Livraria Lello, son de una manufactura que en sí misma es una obra artística.

Con la felicidad intransferible que da comprar libros abordamos un Uber que nos conduciría a la siguiente aventura culinaria. El auto atravesó el Puente São João, una construcción moderna que nos llevó a la otra ribera del Duero. Nos bajamos en unas pequeñas calles de Arrábida por las que caminamos siguiendo el humo y los aromas que venían de lejos. Al acercarnos descubrimos que estos venían de las parrillas de carbón donde sardinas, pulpos y cigalas estaban siendo asados. En uno de estos lugares esperamos sólo unos minutos para sentarnos en la terraza. No había que pensar lo que comeríamos, casi con los ojos pedimos unas sardinas asadas y unas cigalas. Ese crustáceo lo sirvieron como brochetas colocadas en algo que parecía un candelabro. El sabor de ambas maravillas todavía no lo ha borrado mi memoria.

Pero la travesía de ese día aún no terminaba, en la Casa da Guitarra nos esperaban las emociones del fado interpretado por las cuerdas de dos músicos y las grandes voces de dos mujeres. Para celebrar el espectáculo que habíamos presenciado fuimos a cenar en el segundo piso de un restaurante con vista nocturna ahora hacia las casas iluminadas, esa vista era mejor que el increíble pulpo que comíamos. Todavía nos dimos tiempo de caminar por la ribera y escoger el lugar para nuestra comida de despedida del día siguiente, no sin antes alucinarnos ahora con una tienda que lo único que ofrece son cientos de latas de sardinas artísticamente decoradas, incluso en algunas de ellas se podía leer nuestro año de nacimiento.

El último día en la portentosa ciudad de Porto intercambiamos los recorridos. Laura se fue a conocer la estación São Bento, después visitó otra joya arquitectónica e histórica, la monumental iglesia de San Francisco, construcción gótica con influencia barroca del siglo XIV, y más tarde caminó por un parque para descubrir el monumento al navegante Infante Don Henrique en cuya base se citan las palabras del poeta Luis Camões quien describe la crucial importancia de los navegantes y descubridores en la cultura del pueblo portugués: “Aquí fuimos abriendo esos mares, que ninguna otra generación abrió. Al ver las nuevas islas y los nuevos cielos que el generoso Henrique descubrió”.

Esa mañana, por mi parte, caminé los 385 metros de una de las pasarelas peatonales protegidas por las barandas de hierro fundido del puente Luis I, que cruza el Duero desde el año 1886. Esta bella estructura está volada a una altura de 45 metros que, confieso, me produjo vértigo, donde una vista asombrosa y mágica hace enmudecer ante la belleza del brillo del río, sus dos orillas empinadas llenas de casitas coloridas y los puentes de hierro; paisajes que más tarde se repitieron donde comimos, esta vez desde la orilla del río. El restaurante elegido la noche anterior se sitúa en una de sus riberas. Frente a nosotros estaba ese paisaje, que parece dibujado, de enjambres de casas coloridas y a nuestra derecha podíamos ver el imponente puente Luis I. Disfrutando de esa inigualable maravilla, al probar un arroz caldoso de mariscos y frente a una copa de vino, con emoción, escribí en mi libreta de viaje tres frases que intentaban expresar lo que sentía: “Em português: Que beleza. Olha que maravilha!”. Pensando en mis amigos españoles anoté: “Porto es una pasada, tío”. Y mi espíritu chilango deseó parafrasear el gran poema del libro De varias formas de mi amigo Güicho Aguilar; a sabiendas de que no le molestaría escribí: “Alucinar con Porto es otro pedo, güey”.

Con estas imágenes imborrables abordamos el tren que nos llevaría a otras alucinaciones. Galicia nos esperaba.

*Bailarín tropical apasionado de viajes, bares y cantinas, que desea que estas Vagancias semanales sean como una bocanada de oxígeno, un remanso divertido de la cotidianidad.

Vista de una ciudad desde lo alto de un muelle

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Imagen cortesía del autor

Jorge “El Biólogo” Hernández