José Manuel Meneses y Mariana Casas Rodríguez[1]

La leyenda dice que Mary Shelley escribió el Frankenstein o el moderno Prometeo (1818) en un castillo azotado por una tormenta, en compañía de un grupo de escritores, entre quienes se encontraban Lord Byron y Percy Shelley, su esposo. Se dice que todo inició como un concurso improvisado con la finalidad de escribir un cuento de terror en medio de un escenario propicio y de acuerdo con las excentricidades del grupo.

Ahora, a contracorriente de una industria plagada de Inteligencia Artificial, Guillermo del Toro entrega su versión de la historia doscientos siete años después. No solo se trata de transposición fílmica, sino de una versión que lleva el binomio humanidad-monstruo a un nivel más consistente, pues ahora nos adentramos en la infancia del Víctor Frankenstein. A lo largo de la película, esta estética barroca en los juegos de luces nos recuerdan a Caravaggio, como si el romanticismo decimonónico abriera una puerta hacia los personajes salpicados entre salones sacados de un cuadro de las meninas.

Somos testigos de una monstruosidad progresiva, desde una infancia que se configura a través de las manifestaciones tardías de esa perversidad polimorfa, tal como fue descrita por Sigmund Freud en Tres ensayos sobre teoría sexual de 1905, lo que es explotado por Del Toro a través de las referencias a la leche (el chupeteo vedado) y el perverso polimorfo, sobre todo en un niño malquerido, y el odio al padre derivado de estas condiciones, en una niñez rota. La divergencia entre el amor a la madre del doctor Frankenstein y el odio al padre son la columna vertebral desde la que aflora el monstruo que a través de la violación de los límites y con el auxilio de la ciencia y la técnica dará a luz a un portento. El filme nos recuerda también la noción de Umheimlich (lo siniestro) establecida por Jacques Lacan, para enfatizar la angustia que produce lo monstruoso que yace en el inconsciente, así como ocurre con el Dr. Víctor Frankenstein a lo largo del filme, por ejemplo, cuando afirma: “Con cuanta frecuencia cree un hombre que conoció a un ángel o a un demonio, solo para descubrir que todo era una ilusión.”

La criatura de Guillermo del Toro es más cercana a lo humano, podemos establecer un vínculo con su dolor, son diversos los pasajes que nos llevan de golpe hasta el plano de la anagnórisis, por ejemplo, durante el encierro en la mazmorra o cuando la criatura se esconde en la casa del bosque para espiar y ayudar a la familia. El monstruo descubre lo humano a través de los libros, pero, fundamentalmente en la socialización con el viejo (el sabio por excelencia). El ciego ve más allá, mucho más allá que los hombres que lo rodean. No deja de ser interesante que precisamente los lobos -esos lobos que a decir de Plauto y Hobbes bordean siempre lo humano- terminen con la vida del viejo y desaten un vendaval dentro de la criatura.

Un elemento fundamental es el reconocimiento, pues efectivamente, la búsqueda que inicia esta criatura nos resulta familiar. En este sentido, convenimos con Shelley y del Toro, la pasión está en el fondo, en el caso de la criatura es clara y manifiesta, pues lo que exige a su creador es una compañera, es decir, un objeto y una meta a su deseo: “Aqua est vita”. La búsqueda de una compañera es el signo del eros que completa a la pulsión de muerte que en todo momento es manifiesta en la criatura.

La versión de Mary Shelley es solo un pequeño motivo para Guillermo del Toro, quizá una plataforma creativa desde la cual observamos desarrollo dramático de Víctor Frankenstein. La sangre desparramada por el piso hace que el hedor sea visual, todo un logro que nos recuerda la densidad del acto poético que pasa a través de las manos de los hombres, frente a la ligereza de las creaciones de la inteligencia artificial, como si la consigna del cineasta adquiriera las dimensiones de una auténtica cruzada en contra del mainstream que domina una industria, como un alegato extradiegético en favor de la poética clásica, coincidimos completamente con las palabras de Frankenstein “…Solo los monstruos juegan a ser dios…”

Después de dos siglos, Mary Shelley habla a través de Guillermo del Toro, encontrando un registro diferente para su voz, con la finalidad de plantear la reflexión en torno al valor de la vida y la amenaza de la soledad. A pesar de aceptar el dolor y el quebranto, la humanidad es capaz de ir adelante. Quizá podemos concluir este primer acercamiento con el Frankenstein de Guillermo del Toro repitiendo las palabras de Lord Byron: «Y así, el corazón aun quebrantado continuará viviendo».

Imagen: Netflix

  1. Miembros de la Casa del Tlacuilo A.C.

La Jornada Morelos