

Sin temor a exagerar, caminar por las calles del centro histórico de Cuernavaca, nos lleva de manera constante a reflexionar sobre el desafío que entraña preservar en todos los sentidos, el corazón de la capital morelense. Bien es sabido, que la Cuernavaca fundada por Cortés y sucesora del Altepetl de Cuauhnahuac, es una de las ciudades vivas más antiguas de tierra firme americana. Lo anterior no es una expresión de chovinismo, El INAH ha documentado la milenaria presencia de los olmecas en los Ojos de Agua de Gualupita, que tal y como lo consignó La Jornada Morelos el día de ayer, después pasaron a ser el parque Carmen Romero Rubio y tras la cruenta Revolución del Sur, el Melchor Ocampo. De ahí, que es de aplaudir la iniciativa municipal para rehabilitar la biblioteca en el sitio y dar vida a uno de los escasos pulmones públicos de la Eterna Primavera.
Pero volviendo al primer cuadro, es recordado y afortunadamente existen testimonios gráficos de ello, que Cuernavaca fue una pintoresca población. Misma que se edificó a lo largo de barrancas y entre el Chapitel del Calvario y la huerta del Obispado, transformada en la época de la persecución religiosa, en el hoy el abandonado y grafiteado parque Revolución. Las construcciones mayores eran pocas: el Palacio de Cortés, el conjunto catedralicio, el templo de Guadalupe y la casona de los Pérez Palacios, después Hotel Bella Vista. De ahí en fuera, todo eran calles estrechas y empedradas, así como construcciones en su mayoría de un nivel, de gruesos muros de adobe encalados y con techos cubiertos de tejas, que le dieron a la ya entonces ciudad, un encanto particular.
Cuernavaca fue abandonada durante la revolución, las crónicas y testimonios de la época, dan cuenta de que la calle de Guerrero, decana del comercio, quedó cubierta por una altísima maleza que hizo imposible caminar por el centro de la arteria. Con los años veinte llegó un auge que se mantuvo en crecimiento hasta el notable declive que trajo el cambio de siglo. Sin embargo, el florecimiento y expansión también nos legaron una anarquía urbana, así como un desprecio por la conservación del patrimonio, que hoy se traducen en el desafío que representa no solo preservar nuestro casco histórico, sino mantenerlo y hacerlo crecer como un polo de desarrollo económico.
No son pocos, los casos de destrucción de la imagen urbana de la ciudad, pero existen referentes emblemáticos, el bello mercado porfiriano fue demolido, su icónico reloj desapareció por arte de magia y hoy en el sitio se levantan los espantosos puestos de la fayuca. Las comparaciones son odiosas, pero basta ver que hizo la ciudad de Zacatecas con un mercado similar. De igual forma, en este espacio se ha denunciado hasta el hartazgo, el despojo de la plaza y el monumento del “Morelotes”, atentado que muestra que no existe voluntad por restituir a la nación, de una de las plazoletas más bellas de México. Hoy según se rumorea, los invasores piden un millón de pesos por la venta de cada espacio que ocupan ilegalmente.
Es imperante reconocer que hay esfuerzos de comerciantes establecidos por embellecer el primer cuadro, vemos a las terrazas en la calle de Hidalgo frente a la Catedral, los negocios y mercaditos en las calles aledañas como Comonfort, a Casa Hidalgo, el Museo Gaia, el Museo Brady o bien los tradicionales cafés como “Los Arcos” y “ La Universal” a quienes nos le vendría mal una remozada, pero a pesar de todo subsisten y nos recuerdan mejores épocas. Los museos en la zona también dan cuenta de la vocación cultural de la ciudad y son prenda de identidad y memoria histórica. Atinado también fue la reubicación de la monumental escultura ecuestre del General Zapata en la Plaza de Armas, lo cual no solo es una reivindicación de nuestra identidad morelense, sino firme muestra de que el “Morelotes” también puede y debe ser rescatado.
Pero desafortunadamente aún subsiste el mobiliario urbano en pésimas condiciones, esto último se debe achacar más a una sociedad indolente, que a las autoridades. También se han instalado muebles urbanos que no corresponden a una zona de monumentos y que parecen resaltar más las placas con el nombre de particulares, que a embellecer la ciudad. A lo anterior, se suman la basura, los grafitis, los hoyos en las banquetas, así como vergonzosamente, un penetrante y constante olor a orín en la Plaza de Armas y las esquinas adyacentes.

En suma, se debe reconocer lo que ya se ha hecho, lo que se está haciendo, pero sobre todo, no se debe pasar por alto, el enorme desafío de devolver al centro histórico la dignidad perdida, la tarea no es imposible, volviendo a las aludidas odiosas comparaciones, existen diversas ciudades del centro del país que dan cuenta que rescatar sus centros históricos no solo es una asignatura obligada con el patrimonio cultural, sino una decidida apuesta por una mejor calidad de vida y un pujante desarrollo económico.
Escritor y cronista morelense*

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