
La Revolución que aún espera justicia
A ciento quince años del estallido de la Revolución Mexicana, ese movimiento armado que sacudió los cimientos del viejo régimen y dio origen al México moderno, el país enfrenta una paradoja histórica: los frutos de aquella lucha social parecen haberse diluido en el tiempo, traicionados por la desigualdad, la corrupción y el abandono del campo que fue su esencia.
El periodista Antimio Cruz, en su reportaje “Si dependemos del maíz extranjero, la Revolución ya fracasó”, recupera una voz que resuena con fuerza simbólica desde Tlaltizapán —corazón logístico del zapatismo— José Alberto Malpica Álvarez, representante indígena y profesor, lamenta que en el mismo lugar donde Zapata tuvo su cuartel general hoy no se pueda comprar leche ni maíz local. “Toda la leche que se bebe es de bote y todo el maíz que se vende es importado”, denuncia, y con ello sintetiza un drama que se extiende a lo largo y ancho del territorio mexicano: la dependencia alimentaria, el abandono rural y la pérdida de soberanía sobre la tierra.
Por su parte, el historiador Roberto Abe Camil, en su artículo “Revolución, luces y sombras”, ofrece una revisión del devenir histórico del movimiento iniciado en 1910. Recuerda que la Revolución Mexicana fue la primera gran revuelta social del siglo XX, antecediendo incluso a la Revolución Rusa, y que de ella nacieron las instituciones que dieron forma al Estado moderno. Pero también advierte sobre las sombras que acompañaron su legado: los caudillismos, las traiciones, los asesinatos políticos y la perpetuación del poder que transformaron la lucha por la justicia en una disputa por el poder.
Ambos textos, desde miradas distintas —una desde la tierra y otra desde la historia—, confluyen en una misma pregunta que interpela al presente: ¿qué queda realmente de la Revolución Mexicana?
El espejo del campo y la herencia traicionada

En Morelos, la orgullosa tierra de Emiliano Zapata y cuna del agrarismo, la realidad duele: sembrar una hectárea de maíz cuesta hoy alrededor de 30 mil pesos, según campesinos locales, pero los precios de venta apenas cubren los gastos básicos. Muchos agricultores, acorralados por la falta de apoyos y créditos, optan por sustituir el maíz y el frijol por la caña de azúcar o, de plano, abandonar la tierra.
Las políticas neoliberales aplicadas desde los años noventa, como recuerda Antimio Cruz, desprotegieron a los productores nacionales y abrieron la puerta a la libre importación de granos. Desde entonces, México compra al extranjero casi la mitad del maíz que consume. Es una herida profunda para un país cuya identidad, cultura y sustento se tejen alrededor de ese grano milenario.
En Tlaltizapán, los descendientes de los zapatistas no reclaman armas ni rebelión, sino justicia social y dignidad. Piden subsidios, precios de garantía, créditos accesibles y un modelo de desarrollo rural que frene la dependencia alimentaria. En palabras de Malpica Álvarez: “No se trata sólo de hacer política electorera, sino de atender los problemas verdaderos de justicia social”.
Las sombras que persisten
A 25 años de la primera alternancia presidencial, los mexicanos hemos constatado que las sombras de la Revolución —la corrupción, el autoritarismo, la desigualdad— no eran monopolio del viejo régimen. Ningún partido político ha logrado construir el país justo y equitativo que imaginaron nuestros abuelos. La inseguridad, hoy, supera con creces las tensiones de los tiempos de Don Porfirio; la desigualdad sigue siendo una herida abierta, y el campo, el motor moral de la Revolución, agoniza entre la indiferencia y el abandono.
El PRI, otrora partido de Estado, está hoy en vías de extinción, pero la cultura política que lo engendró persiste. Los nuevos partidos reproducen las viejas prácticas, mientras el país se debate entre la polarización, el clientelismo y la falta de proyectos de largo aliento.
Repensar la Revolución
Como plantea Abe Camil, las luces de la Revolución fueron innegables: el reparto agrario, la educación pública, la industrialización, el fortalecimiento de las instituciones. Pero esas conquistas se desgastaron con el tiempo. Hoy, México necesita repensar la Revolución no como una fecha conmemorativa ni como un pasaje en los libros de historia, sino como una tarea pendiente.
El movimiento de 1910 no fue solo una guerra: fue un grito colectivo por justicia, por dignidad y por la posibilidad de una vida mejor. Retomar sus ideales significa reconocer que la lucha por la tierra, el trabajo y la equidad sigue vigente. Y hacerlo por vías pacíficas, con conciencia cívica, con respeto a los derechos humanos y con una visión nacional que honre el sacrificio de quienes murieron soñando un país más justo.
El desafío del presente
El reto del gobierno actual, como bien apunta el propio Abe Camil, será demostrar que la Revolución de 1910 valió la pena; que sus postulados sociales pesan más que la lucha por el poder o la disputa por “la silla embrujada”. Si el campo mexicano continúa en ruina, si la corrupción devora los presupuestos públicos y si la desigualdad se normaliza, no habrá desfile ni fiesta que baste para honrar la memoria de Zapata.
Reivindicar la Revolución es hacer vigente su sentido humano y social. Es garantizar que el maíz, la leche y el trabajo dignifiquen al pueblo. Es entender que la justicia agraria y la soberanía alimentaria no son demandas del pasado, sino tareas pendientes en el presente.
Porque si dependemos del maíz extranjero, sí —como advirtió José Alberto Malpica— la Revolución habrá fracasado y, con ella, el proyecto de nación por el que dieron la vida nuestros abuelos.

