
La recuperación reciente del sector primario en Morelos —ese repunte del 5.4% que ayer analizábamos como un llamado a corregir décadas de abandono— adquiere hoy una dimensión aún más compleja y urgente. Si el regreso del dinamismo agropecuario demostraba que el campo responde cuando se le acompaña con inversión y estrategia, la información revelada por la Secretaría de Desarrollo Agropecuario (Sedagro) en sus nuevas “Reglas de Operación del Programa Morelos Agroecológico” publicadas en el periódico oficial Tierra y Libertad, deja claro que hay un enemigo silencioso que amenaza con frenar ese avance: la degradación química del suelo.
El diagnóstico es claro: años del uso intensivo de fertilizantes y pesticidas —muchos de ellos aplicados sin asistencia técnica adecuada y en un contexto de abandono institucional— ha dejado al campo morelense con suelos compactados, deteriorados y contaminados. En otras palabras, justo en el momento en que la agroindustria del estado muestra signos de recuperación y una ventana de oportunidad para volver a ser motor económico, emerge la evidencia de que su base productiva está gravemente comprometida.
Aquí se cierra el círculo que planteábamos ayer: si el rescate del agro no admitía más demoras, el rescate del suelo se convierte ahora en una prioridad estratégica para nuestro estado. No solo por razones ambientales —que ya de por sí justificarían cualquier esfuerzo— sino porque la salud del suelo es hoy un componente central para la viabilidad económica, la competitividad agrícola y el sustento de cientos de familias que dependen del campo.
El oportuno programa agroecológico del gobierno estatal aparece, entonces, como una pieza clave de política pública. No parte de cero: la transición hacia un modelo agrícola sostenible comenzó a nivel federal en el sexenio pasado, pero su avance en Morelos fue truncado por el abandono de la administración anterior. La decisión actual de reactivarlo y fortalecerlo responde a una necesidad palpable: no habrá agroindustria fuerte, ni crecimiento sostenido, ni exportaciones más competitivas si los suelos siguen perdiendo capacidad productiva.
Los apoyos contemplados —desde la instalación de lombricarios y plantas de compostaje hasta la creación de biofábricas, huertos de traspatio y jardines polinizadores— no son iniciativas menores. Representan un viraje hacia una agricultura que busca depender menos de los insumos químicos y más de la regeneración natural de los suelos, del aprendizaje colectivo y de la innovación accesible.
Esta transición agroecológica no será inmediata, como tampoco lo será la consolidación del repunte agropecuario. Pero ambas tareas están entrelazadas. Morelos necesita que su campo crezca y necesita lograrlo sobre bases sólidas. Un modelo que solo multiplica la producción a costa del deterioro ambiental es pan para hoy y hambre para mañana; uno que regenera los suelos, organiza a los productores y diversifica prácticas, es una apuesta al futuro.



