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El repunte del sector primario en Morelos —un crecimiento de 5.4% después de dos años de caídas consecutivas— no es una simple cifra alentadora en los informes económicos. Es, sobre todo, un recordatorio urgente de la importancia estratégica que tiene la producción agropecuaria para la economía, la alimentación y el empleo en el estado. Tras las contracciones registradas en 2023 y 2024, y con un descenso del 1.8% apenas el año pasado, el regreso del dinamismo agrícola revela tanto un potencial desaprovechado como una tarea histórica pendiente.

Morelos ha sido, desde siempre, tierra fértil para el cultivo y la agroindustria. Su clima, su ubicación geográfica y una larga tradición campesina deberían colocarlo en la primera línea de la producción agropecuaria nacional. Sin embargo, la realidad ha sido otra: el campo quedó relegado a un segundo plano por la falta de una política pública consistente, por años de abandono institucional y por la ausencia de una visión de largo plazo que integrara al sector como pieza clave del desarrollo económico. A la sombra de actividades más visibles —comercio, turismo, servicios— el agro fue tratado como un complemento y no como el motor que debería ser, dada la naturaleza de nuestro estado.

Hoy, las cifras del Instituto Nacional de Estadística y Geografía reproducidas por Econonet muestran que el sector primario recobra terreno, y su crecimiento incluso supera a los sectores secundario y terciario. Y aunque el crecimiento económico estatal proyectado para 2025 es moderado (2.3%), el repunte agrícola demuestra que cuando se siembra con estrategia y se riega con inversión, el campo responde. La recuperación de la manufactura, el fortalecido flujo turístico y la mayor inversión en infraestructura han generado un entorno económico favorable, pero es la actividad agropecuaria la que puede dar una bocanada de oxígeno al estado.

No obstante, para que el campo deje de ser un sector vulnerable y cíclicamente desatendido, Morelos necesita asumir que la producción agropecuaria es un pilar de su bienestar social y no un elemento pintoresco en las fotos de los turistas. El campo garantiza alimentos para la población, empleo para miles de familias, arraigo comunitario y oportunidades para una agroindustria que ya muestra señales de recuperación, especialmente en el ámbito de las exportaciones. Apostar por él no es añoranza: es una estrategia económica inteligente.

El presupuesto estatal contempla incrementos en infraestructura y sectores estratégicos hacia 2026, lo que abre una ventana de oportunidad. Pero el rescate del campo —real, profundo, sostenible— no será sencillo ni rápido. Implica enfrentar la incertidumbre comercial, los ajustes presupuestales y el reto de que las cadenas productivas locales se adapten a las nuevas dinámicas globales. Más aún, exige voluntad política, continuidad institucional y una visión que coloque a los productores en el centro del desarrollo.

El campo morelense se está recuperando. Ahora toca decidir si lo dejaremos florecer plenamente o si volverá a quedar atrás. El momento de sembrar un desarrollo verdaderamente sostenible —económico, social y alimentario— puede ser ahora.

La Jornada Morelos