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Por Luisa Santillán y Laura García

En 1969, mientras el mundo se preparaba para ver llegar a los primeros humanos a la Luna, en México cayó una meteorita de gran tamaño en el poblado de Allende, Chihuahua. Cerca de 4 toneladas de roca sorprendieron a los habitantes del municipio norteño.

Los fragmentos forman parte del patrimonio geológico de nuestro país y del mundo. Allende es la roca espacial más estudiada y el objeto del Sistema Solar más antiguo que ha llegado a la Tierra, con alrededor de 4 mil 567 millones de años.

Se utiliza para fechar el origen de nuestro planeta, e incluso la edad del Sol. Al analizar su composición, los geólogos han encontrado material orgánico, microdiamantes y fulerenos.

“La meteorita Allende contiene unas estructuras blancas alargadas que son los icas, unas inclusiones de calcio, aluminio; son minerales que se forman a grandes temperaturas”, describe la doctora Adela Margarita Reyes Salas, del Instituto de Geología de la UNAM.

Los fragmentos de esta roca se encuentran bajo resguardo en colecciones científicas. Un sitio donde los visitantes pueden apreciarla es el Museo de Geología de la UNAM en la Ciudad de México.

Las meteoritas son fragmentos de algún asteroide o cometa —que durante miles de años ha transitado por el espacio exterior— y subsisten después de atravesar la atmósfera de la Tierra y caer en la superficie. Constantemente ingresan a nuestro planeta, pero muchas se desintegran, se pierden en los océanos, en las zonas de hielo; otras veces caen sobre los techos o dejan huella de su impacto.

Vigilancia de posibles impactos

Los cráteres en diversos lugares de la Tierra son evidencia del impacto de grandes meteoritas en el pasado. El cráter de Chicxulub, en el Golfo de México, es la huella geológica de la caída de un asteroide de más de 10 km de diámetro, el cual causó la quinta extinción masiva hace 65 millones de años, cuando seres como los grandes dinosaurios desaparecieron.

En tiempos más recientes, los relatos históricos muestran el interés alrededor de estas rocas. En 1492, justo el año en que Cristóbal Colón llegó a América, se observó la caída de una meteorita en la comunidad de Ensisheim, al noreste de Francia en la frontera con Alemania. Antes de ese evento no se sabía que venían del espacio exterior. Muchas personas que vieron su caída querían recoger un pedazo. Finalmente, la Iglesia lo resguardó porque era un objeto que venía del cielo.

Tiempo después, el francés Antoine Lavoisier señaló que se formaban por el impacto de un rayo. El físico alemán Ernst Chladni, en 1794, fue el primero en presentar la hipótesis de que estas rocas tenían un origen extraterrestre, pero la “ciencia oficial” en ese tiempo no lo aceptó. Jean-Baptiste Biot, en un reporte publicado en 1803, confirmó el origen extraterrestre al estudiar la meteorita de L’Aigle que había caído en ese mismo año en Francia.

Hoy sabemos que la mayoría de los fragmentos provienen de la Franja de Asteroides, ubicada entre Marte y Júpiter. En cualquier momento pueden salir de su órbita y dirigirse hacia la Tierra.

Ante el riesgo de la llegada de alguno de grandes dimensiones, la NASA cuenta con sistemas de monitoreo de su posible aproximación. En cambio, las pequeñas rocas que constantemente atraviesan nuestra atmósfera podrían en algún momento sorprender sin previo aviso. Incluso, terminar en alguna de las colecciones principales de meteoritas que se encuentran en el Instituto de Geología, Instituto de Astronomía, Palacio de Minería (Universidad Nacional Autónoma de México), planetario “Luis Enrique Erro” (Instituto Politécnico Nacional), Instituto de Investigaciones Científicas de Torreón, Coahuila, y Facultad de Ingeniería de la Universidad de Chihuahua.

La Jornada Morelos