Primero los pobres, mandato evangélico y tarea social

 

Hace unos días asistí a la conferencia del obispo emérito de Saltillo, don Raúl Vera, titulada La Iglesia católica en nuestros tiempos. La exposición, fue una reflexión profunda sobre el papel que hoy debería asumir la Iglesia ante un mundo convulso, desigual y necesitado de esperanza.

Don Raúl habló de una Iglesia solidaria, comprometida con los pobres, igualitaria en su trato y humana en su doctrina. La conferencia me inspiró esta reflexión, aunque hago la aclaración de que el enfoque del conferencista no es el que presento en esta reflexión, sino que surge de una visión personal.

El Concilio Vaticano II marcó un parteaguas en la historia de la Iglesia moderna. En ese encuentro se reconoció la urgencia de volver a los principios del Evangelio: la humildad, la justicia, la fraternidad. Algunos obispos latinoamericanos, como Sergio Méndez Arceo y el mismo Don Raúl Vera, asumieron con valentía estas orientaciones.

El Concilio fue un llamado a la coherencia entre la fe y la vida, entre la espiritualidad y la justicia. En este contexto, cuando se dice “primero los pobres”, no se habla de limosna, asistencia o dádivas, sino de dignidad, de la construcción de un orden social donde cada ser humano tenga acceso a trabajo digno, educación de calidad, salud universal y una vida libre de miseria.

Primero, se debe reconocer que la pobreza no es una fatalidad, sino una injusticia estructural. Y que tanto la Iglesia como el gobierno, cada uno desde su ámbito y con la debida separación, deben compartir una misma meta: el bien común, el cual no se reduce a los bienes materiales, sino también a la salud espiritual de una sociedad.

El mundo y por tanto, la iglesia enfrentan nuevos desafíos donde la conciencia social y los derechos humanos son el eje vertebrador. Si la Iglesia desea seguir siendo faro moral y espiritual, necesita actualizarse para responder a las realidades de nuestro tiempo.

Entre esas actualizaciones destaca la equidad de género. La exclusión de las mujeres del sacerdocio me parece que ya no es sostenible. No hay razón teológica convincente que impida la ordenación de sacerdotisas. Si el mensaje cristiano proclama que todos somos iguales ante Dios, ¿por qué no ante el altar? Una Iglesia incluyente debería abrir sus puertas a las mujeres, no solo como colaboradoras, sino como líderes espirituales.

Otro aspecto que merece revisión es lo que yo llamaría las normas para acercarse a la comunión. Resulta contradictorio que un divorciado que vive en pareja no pueda comulgar, mientras que un asesino, un pedófilo o un político que engaña a su pueblo, sí puedan hacerlo, tras confesar sus faltas. Esta asimetría moral genera desconcierto y aleja a muchos de la comunidad eclesial.

Considero que también es tiempo de revisar el celibato obligatorio, una norma que ha dejado muchas heridas y cicatrices. El celibato, en sus orígenes, fue una opción libre y personal; hoy, es una condición que priva a la Iglesia de vocaciones sinceras.

Una Iglesia del siglo XXI debe ser una Iglesia que escucha, que acompaña, que comprende. Que no se encierra en dogmas, sino que se abre al ecumenismo y a las diferentes visiones del mundo. El papa Francisco dio pasos valientes hacia esa dirección.

Una iglesia que aspira a tener como prioridad a los desprotegidos, “los pobres”, deberá volver a sus principios de origen: la justicia, equidad, humanismo y la humildad. Porque el mensaje de Cristo no fue de exclusión, sino de inclusión; no de poder, sino de servicio; no de miedo, sino de amor.

José Antonio Gómez Espinoza