Entrevista inédita con Alfonso Reyes en el Hotel Marik de Cuernavaca el sábado 5 de diciembre de 1959

 

En una librería de viejo, dentro de un desvencijado libro del canciller Ezequiel Padilla encontré una amarillenta hoja de papel doblada en dos con el siguiente texto a lápiz.

¿Por qué razón frecuenta usted Cuernavaca? ¿Es verdad que dijo que Dios tras la Creación, vino a descansar el primer fin de semana en Cuernavaca?

Cuernavaca, este remanso de paz y clima generoso… Verá usted, la predilección por este lugar es un sentir compartido por muchos, y no sin razón. Su clima privilegiado, tan propicio para el descanso y la reflexión, la convierte en el destino idóneo para aliviar las fatigas de la semana. Es un oasis que invita al sosiego, un bálsamo para el espíritu en el ir y venir de la vida urbana.

Y en cuanto a esa pequeña fábula que menciona, sí, es cierto que la he consignado en mis escritos. Con una pizca de humor y un guiño a la tradición, imaginaba a la Divinidad misma, después del colosal esfuerzo de la Creación, inventando la semana y decidiendo que Cuernavaca sería el lugar perfecto para su primer week-end. Es una manera lúdica de subrayar la innegable cualidad paradisíaca de este valle, un lugar donde incluso lo trascendente podría encontrar reposo.

¿Cuáles son en su opinión los escritores más destacados en México y en el mundo en la primera mitad del siglo XX? ¡Qué pregunta tan vasta y, a decir verdad, tan deliciosa! Pedir que se nombren los astros más brillantes de un firmamento tan agitado y luminoso como el de la primera mitad del siglo XX es una tarea que invita tanto a la reflexión como a la cautela. La literatura, como la historia misma, es un movimiento en zigzag, y las apreciaciones suelen ser tan diversas como las almas que las formulan.

Permítame, pues, discurrir sobre ello, sin pretender una enumeración exhaustiva, sino más bien una evocación de ciertas cimas que mi espíritu recuerda con particular admiración.

En nuestra amada tierra mexicana, cuna del libro en América y crisol de culturas, vimos florecer una pléyade de voces que supieron dar fisonomía a la nación en su tránsito y transformación. Si bien el siglo XIX nos legó ya el Diario de México como centro literario, con esa «legión laboriosa» de ingenios que reflejaban intensamente la vida contemporánea –demostrando que «el arte es la verdadera realidad»–, el siglo XX nos trajo la madurez de una conciencia literaria. Pienso en aquellos que, con la pluma, supieron auscultar el alma de la Revolución, como Martín Luis Guzmán o Mariano Azuela, quienes nos entregaron crónicas y ficciones de un realismo descarnado y esencial. Pero también en aquellos que, con una sensibilidad más volcada hacia la experimentación y la universalidad, abrieron caminos nuevos: los «Contemporáneos», ese grupo de poetas y ensayistas que, sin desatender lo propio, dialogaron con las vanguardias europeas y forjaron una lírica y una prosa de exquisita factura. Sus nombres, como Xavier Villaurrutia o Salvador Novo, resuenan con la elegancia de una modernidad bien asimilada. La gran aportación de los escritores mexicanos es, sin duda, un «sitio eminente» entre las repúblicas hermanas del Nuevo Mundo, ofreciendo esa «integración de culturas» que es nuestro sino.

Cuando elevamos la mirada al panorama mundial, el lienzo se torna aún más vasto y complejo. La primera mitad del siglo XX fue un tiempo de convulsiones y desgarros, de dos guerras mundiales que dejaron cicatrices profundas, pero también de una eclosión sin precedentes de la inteligencia y la creatividad. Los «desastres del mundo» abonaron el terreno para un florecimiento intelectual y para la búsqueda de nuevas formas de expresión.

En Europa, la audacia de James Joyce y su Ulises transformó la novela, como Marcel Proust, en su búsqueda del tiempo perdido, nos enseñó a ver la memoria como un laberinto de sensaciones y reflexiones. Franz Kafka nos sumergió en la angustia de lo absurdo y lo burocrático, mientras Thomas Mann exploraba las profundidades del espíritu burgués y la decadencia de Occidente. En el ámbito anglosajón, Virginia Woolf desafió las convenciones narrativas con su flujo de conciencia, y T.S. Eliot redefinió la poesía moderna. La gran cultura de Francia me siguió dejando rastros profundos, y recuerdo la presencia de figuras como Jules Romains o André Maurois, cuyas obras nos llegaban a América, enriqueciendo nuestro propio caudal. Y en la Península Ibérica, mi admirado Miguel de Unamuno y el ingenio de Ramón Gómez de la Serna, a quienes tuve el honor de conocer, representaban la vitalidad de la lengua castellana.

Al otro lado del Atlántico, en el continente americano, la literatura también alcanzó cimas de rara belleza. En los Estados Unidos, William Faulkner exploró el alma sureña con una profundidad trágica, y Ernest Hemingway forjó un estilo de concisión y fuerza que marcaría a generaciones. Y en nuestra Hispanoamérica, cómo no mencionar la deslumbrante imaginación de Jorge Luis Borges, que comenzó a tejer sus laberintos de ficción, o la voz telúrica y cósmica de Pablo Neruda, que ya para entonces nos entregaba versos imperecederos.

En suma, la primera mitad del siglo XX fue un periodo de una riqueza inaudita, donde la literatura no solo reflejó su tiempo, sino que lo interrogó, lo moldeó y, en última instancia, lo trascendió. Como un faro que orienta nuestra condición humana.

Imagen en blanco y negro de un hombre con un traje de color negro

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Imagen cortesía del autor

Braulio Hornedo Rocha