La pregunta sigue abierta

*Cristo Contel

El trópico no solo observa: arde, empuja, exige movimiento. En Morelos, donde la temperatura nunca se mantiene estable, el arte tampoco debería hacerlo. Durante décadas, gran parte del discurso artístico local se ha sostenido sobre el eco del pasado: nombres, gestos y anécdotas que ya cumplieron su ciclo. Es momento de dejar de mirar con nostalgia a quienes abrieron ese camino —sin duda valioso— y concentrarnos en quienes están construyendo el presente con nuevas preguntas, nuevos lenguajes y una energía que ya no busca aprobación, sino acción.

Ver hacia el futuro implica dejar de rendir culto al pasado. No se trata de borrar la historia, sino de asumir la responsabilidad de continuarla. Los artistas de generaciones anteriores no lograron consolidar los cimientos de una escena; ahora toca a los nuevos hacerla relevante. Porque hablar del pasado es cómodo: ya está hecho, ya está legitimado. Lo difícil —y por eso más urgente— es hacer escena hoy, cuando nada está asegurado, cuando los recursos son limitados y cuando la legitimidad ya no proviene de los viejos círculos, sino del trabajo sostenido, la coherencia y la capacidad de conectar con una sociedad que ha cambiado profundamente.

En Morelos hay generaciones que no esperan el permiso de nadie para producir. Ahí están Cisco Jiménez, Yunuen Díaz, Larissa Escobedo, Miguel Ángel Madrigal, Itziar Giner, Rodolfo de Florencia, Elizabeth Ross, Iván Gardea, Ana Rojas y Tomás Casademunt, entre otros; y junto a ellos, generaciones más jóvenes como Javier Ocampo, que explora entre lo ancestral y lo digital; Iza Mendoza, que aborda lo sensorial y lo íntimo desde la materia, entretejiendo cuerpo y territorio con una sensibilidad radicalmente contemporánea; Enrique Gramos, que parte de la convivencia cotidiana para transformarla en discurso político; Óscar García Benítez, que habita los límites del paisaje y desafía las narrativas convencionales sobre identidad y entorno; Benjamín Torres, que lleva la figuración a un territorio de resistencia y duda; Yazú Escapa, cuya mirada incisiva y experimental transita entre la imagen y la palabra, haciendo visible la tensión entre lo natural y lo urbano; y Alonso Galera, cuya práctica, donde el pensamiento postnatural, la ficción y la escenografía operan para construir paisajes ambiguos, se suma a muchos más que completan esta constelación. Todos ellos cuestionan las estructuras del poder visual y las formas de habitar la ciudad desde el arte.

Estas generaciones no necesitan demostrar que existen: su práctica ya lo evidencia. Lo que sí necesitan es un contexto institucional y crítico que las acompañe, que las escuche y que las ponga en diálogo. Las instituciones culturales —museos, centros, espacios independientes— deben dejar de ser vitrinas para el ego del gestor o para la nostalgia de lo que fue, y convertirse en plataformas vivas para lo que está ocurriendo. Hacer escena no es organizar eventos: es sostener procesos, abrir conversaciones, arriesgar recursos y aceptar el cambio como única constante.

El trópico observa, pero también cuestiona: ¿qué estamos haciendo para que el arte en Morelos siga siendo relevante dentro del panorama nacional? ¿Por qué seguimos midiendo el presente con las métricas del pasado? La cultura no puede depender solo del reconocimiento de capitales externas; debe afirmarse en su propio tiempo y lugar. En un mundo saturado de imágenes, la autenticidad se vuelve una forma de resistencia, y ahí es donde el arte contemporáneo encuentra su mayor potencia.

No se trata de oponer lo nuevo a lo viejo, sino de superar la comodidad de la repetición. Hay artistas que hoy están marcando ruta, no por imitar modelos ajenos, sino por construir desde el territorio y la urgencia. A ellos hay que apostarles, acompañarlos, darles voz. Porque la escena solo se fortalece cuando hay relevo, cuando los discursos se cruzan, cuando el museo y la calle se reconocen mutuamente.

El trópico observa y también actúa. La tarea no es solo mirar, sino crear las condiciones para que el futuro se manifieste. Cada exposición, cada conversación, cada riesgo asumido en nombre del presente es un paso para que el arte en Morelos deje de ser una nota al pie y se convierta en una voz que pese, que dialogue, que incomode si es necesario.

El futuro no se espera, se construye. Y aquí, bajo este sol que no da tregua, la nueva escena ya está haciéndolo.

Como preguntó alguna vez Carla Stellweg, con la lucidez que siempre la acompañó: ¿cuál es el arte contemporáneo de Morelos?

Tal vez esa siga siendo la gran pregunta —la que nos obliga a mirar, actuar y volver a comenzar cada día.

Cristo Contel. Director del MMAC y Artista.

Una galería de arte

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