

Doctor honoris causa por El Colegio de Morelos. Catedrático en la UNAM. Miembro de la Academia Mexicana de la Lengua.
A/
Mangos y melones
Elizabeth Antúnez Tercera dejó la canasta en el piso, a la entrada del cuarto, mientras el marinero, sentado a la mesa, descalzo, hacía girar un cuchillo que siempre se detenía apuntando a la muchacha. Elizabeth recorrió con la vista las máscaras, las fotografías, los mapas que colgaban de las paredes. Hurgó con la nariz en una repisa colmada de especias. Después se convirtió en una silueta apoyada en el marco de la puerta, mirando el mango que llenaba el patio con su sombra.
—Una vez —dijo el marinero, un hombre acostumbrado a ponerlo todo en duda— fue con un amigo a nadar al Río Tortugas y dejó la ropa a la sombra de un mango. Allí cerca, en unos arenales, crecía una planta de melones, de manera que el hombre sintió que tenía todos los motivos para hablar de la estupidez del Ser, y esa es una enorme tentación para todo hombre que confía más de la cuenta en la razón.
«—De veras —le dijo a su amigo— que hace falta estar loco para poner los melones en ese tallo que apenas se arrastra, mientras que el mango, un árbol tan grande… mira nada más qué frutitas da.

«El segundo era un hombre piadoso, que se guiaba por el corazón. Sentía que su amigo estaba diciendo una tontería, pero no se le ocurría nada para llevarle la contra.
«Después de nadar un rato, los amigos se recostaron al pie del árbol, y mientras dormitaban un mango maduro le cayó en la cabeza al hombre de razón. Éste, que a pesar de su impiedad era un hombre justo, de inmediato comprendió y le dio gracias al Ser de que no hubiera hecho los mangos del tamaño de los melones.
“Porque la pura razón no basta, y tampoco la piedad —dijo el marinero y clavó la mirada en los ojos de Elizabeth, que ahora estaba sentada, acodada del otro lado de la mesa—. Tienen que ir unidas para que se produzca la luz del conocimiento.”
La muchacha, de pie, volvió a colocarse la canasta en la cabeza.
—Otro día nos vemos —dijo al salir.
B/
La linterna
Una mañana fría, de llovizna y mar picado, Elizabeth Antúnez Tercera y el marinero ilustrado salieron del mercado con sendas dobladas de salpicón de jaiba en la mano y, sin pensarlo dos veces, se refugiaron en la carnicería.
—Qué bueno que llegas, tengo que hablarte —dijo el carnicero, que llevaba varios días sin presentarse en la cantina.
El marinero respondió con un gesto de resignación.
—Creo en lo que dices —siguió el carnicero, acercándose al marinero y bajando la voz—, creo en la unidad del universo, creo en el Ser. Pero no puedo creer en mí mismo. No me siento digno, no tengo fuerzas. Estoy desesperado.
Si el Ser es todopoderoso, si es todo amor, si está en todas partes, ¿por qué no me ayuda?
—Dicen los que saben —le dijo el marinero, contra la lluvia fina fina— que allí donde tú has llegado ya nadie puede ayudarte; ahora tienes que seguir solo. Tienes que pegarte al camino, buscar al Ser en el silencio, todos los días. Tienes que decidir qué quieres hacer.
—Yo siempre anoto contestó el carnicero— lo que dices. Tengo una libreta donde está escrito todo.
—Los libros —dijo el marinero— son importantes, siempre que sepas seguir el camino que señalan. De lo contrario, serás como aquel médico de San Miguel de Adentro que para curar a sus pacientes los ponía a leer libros de medicina.
—¿Cuál es, pues, el camino? preguntó el carnicero, que a la vez que filósofo era un hombre práctico y exigía indicaciones precisas.
—Anota lo que voy a decirte —repuso el marinero—, pero no olvides que ningún conocimiento puede alcanzarse si no es buscado, ni la tranquilidad sin afanarse, ni la felicidad sin tribulaciones. No pierdas de vista que todo el que busca, tarde o temprano, sufrirá un vuelco en su corazón. Ni eches en saco roto que…
—Vamos al grano —dijo el carnicero, que además de todo no era muy paciente.
—Lo primero —añadió el marinero— son las buenas acciones, la ayuda a los demás, cuidar de tu persona. Las buenas acciones te llevan a los buenos pensamientos y a la luz del conocimiento verdadero, que desprecia las metas del mundo. Con esto, dicen, serás libre, podrás olvidarte de tu persona y de tu provecho. Para hacer esto necesitas la gracia del Ser y tu propio esfuerzo.
—¡Imposible! —exclamó el carnicero. Yo soy débil. ¿Cómo voy a llegar?
—Una vez —dijo el marinero, y acercó por el hombro a Elizabeth, para que también lo escuchara—, en una noche sin luna ni estrellas, un hombre tenía que ir de San Miguel de Adentro a Playa Larga y no tenía para alumbrarse más que una linterna de bolsillo. Estaba a las afueras de San Miguel, espantado por la oscuridad, cuando vio venir otra linterna y, al cabo de un instante, surgió con ella un compadre suyo que traficaba, como él, con pieles de lagarto.
«—Buenas noches, compadre —dijo el hombre que no se atrevía a emprender la marcha, mire usted nomas, su linterna es tan chica como la mía, ¿Cómo le hizo para legar desde Playa Larga?
«No se preocupe, compadre —contestó el recién llegado—. Cada vez que usted da un paso, su linterna alumbra un paso más.»
El carnicero terminó de escribir y levantó la vista en espera de alguna otra indicación, pero Elizabeth y el marinero ya estaban fuera, pues empezaba a escampar y las dobladas se les estaban enfriando.
—Ah, triste —dijo el marinero en voz alta, para buscar consuelo y para que lo oyera la muchacha—, ah inmensamente triste que en la noche oscura buscas ojos oscuros, ve sólo el terciopelo de la sombra donde resbalan leves las silenciosas aves. Apenas si una pluma espectral rozará tu frente, como un presagio del vacío… O de la plenitud —pensó.

