Según Bullying sin Fronteras, siete de cada diez niñas y niños que van a las escuelas de México han sufrido de agresiones físicas directas, robo o destrucción de sus pertenencias, insultos y groserías, burlas constantes, apodos ofensivos o denigrantes, difusión de rumores falsos, retos para pelear, humillaciones, amenazas, manipulación y chantaje emocional, asilamiento social, persecución, difamación, acoso sexual, marginación deliberada o alguna forma de agresión digital.

Cuando los ataques son repetidos (algo que en Morelos se estima ocurre al 30% de las niñas y niños en la educación básica, se llama acoso escolar o bullying (si se prefiere el anglicismo). El término agrupa una serie de conductas que por muchos años se normalizaron, pero como se ha demostrado en múltiples estudios y narraciones de casos, tienen impactos graves en la salud mental y física, el rendimiento académico y las relaciones humanas de quienes lo padecen.

Parte de esa normalización provoca que el registro sea distinto según la organización que lo calcule; pero también, y mucho más grave, la percepción del fenómeno que debería llevar a su atención y diagnóstico.

Si se consideran solo las denuncias y reportes en la comunidad escolar, en Morelos habría alrededor de 16 mil casos de bullying registrados por alguna autoridad educativa pública o privada desde preescolar, primaria o secundaria. En cambio, si se cuentan los testimonios y las encuestas realizadas desde la academia y organizaciones civiles, el estado debería tener registrados alrededor de 126 mil reportes de víctimas de acoso frecuente considerando a alrededor de 420 mil estudiantes de preescolar, primaria, secundaria y media superior que hay en el estado. Mientras que 294 mil niñas y niños habrían sufrido alguna forma de acoso por lo menos una vez en el ciclo escolar.

¿Una generación de cristal?

La maestra Lupita, con sus más de treinta años de servicio en secundaria se molesta cuando tratamos de hablar con ella del tema “es que a la generación de cristal ya no se le puede decir nada, antes no era así”, y refiere a los casos antiguos que se consideraban agresiones y siempre incluían sangre, lesiones notorias y hasta alguna fractura, o por lo menos la actuación en grupo de hostigadores en contra de quienes percibían más débiles, “ahí sí tenía una que intervenir; pero estos niños que lloran porque los regañan, ya es una exageración”.

Nos llama la atención que no es el único testimonio de maestros que refiere a esa generación de cristal de la que tanto se habla, pero a la que nadie reconoce pertenecer. También los profes Diego, Javier, Carlos; y las maestras Liz, Silvia y Cecilia, de nivel básico todos, mencionan el término que fue acuñado en el conservadurismo español.

Le dicen generación de cristal a los ahora jóvenes nacidos poco después del año 2000, en lo que parece una especie de autonegación para olvidarse de que el acoso escolar o bullying no sólo existe desde hace décadas, tampoco ayudó a construir fortaleza emocional a quienes lo sufrieron.

La modificación en los estilos de crianza que llevó a una actitud más protectora de los padres de este siglo generó lo que desde el conservadurismo se identifica como fragilidad emocional, poca tolerancia a la frustración y la crítica, y baja autoestima; pero en cambio se trata de generaciones (porque la que les sigue se comporta igual al respecto) que reconocen y se pronuncian contra las injusticias, los estereotipos, las exigencias del exterior y los esquemas tradicionalistas. Lo que se traduce, entre otras actitudes, en la identificación del acoso escolar como lo que finalmente es, una forma de violencia que viola los derechos pero además produce daños graves a las víctimas.

El Día Internacional contra la Violencia y el Acoso Escolar

La Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO), declaró en el 2019 a cada primer jueves de noviembre como el Día Internacional contra la Violencia y el Acoso Escolar, una conmemoración que inició en el 2020, para reconocer que la violencia en las escuelas, que incluye el ciberacoso, “constituye una violación de los derechos a la educación, la salud y el bienestar de los niños, niñas y adolescentes. Este día insta a los Estados Miembros, a los socios de la ONU, a otras organizaciones internacionales y regionales pertinentes, así como a la sociedad civil, incluidas las organizaciones no gubernamentales, individuos y otras partes interesadas, a promover, celebrar y apoyar la conmemoración de esta jornada internacional”.

Y también llama a los estudiantes, familias, comunidades escolares, autoridades educativas, y en general a las sociedades (incluyendo las industrias tecnológicas) “a participar en la prevención de todas las formas de violencia y a fomentar entornos de aprendizaje seguros, esenciales para la salud, el bienestar y el aprendizaje de los niños, niñas y jóvenes”.

Parece una efeméride nueva, y lo es, de hecho, el acoso escolar empezó a estudiarse apenas en 1973 con un trabajo de Dan Olweus Agresión en las escuelas: matones y azotes que se publicó hasta 1978 en los Estados Unidos. La definición de acoso escolar que hace Olweus, que es admitida por casi todos es que se trata de un comportamiento agresivo no deseado que se repite a lo largo del tiempo e implica un desequilibrio de poder.

México empezó a estudiar el problema en los noventa, pero lo documentó hasta finales de los noventa cuando se identificaba como agresores al 8.8% de los estudiantes de primaria y 5.6% de secundaria. Antes del dato reportado por esas primeras investigaciones científicas, el acoso escolar en México se consideraba generalmente como parte de la diversión y desarrollo natural de la niñez en los entornos escolares, y así lo siguen concibiendo algunos maestros.

En el 2011 se profundizaron los estudios, lo que permitió mejorar la respuesta institucional contra el acoso escolar con la Ley General de los Derechos de Niñas, Niños y Adolescentes (LGDNNA) en 2014, que generó un marco legal robusto para reconocer al acoso escolar como una forma de violación a los derechos de las infancias y adolescencias.

La acción fue tardía, la pandemia de Covid-19 en el 2020-2021, llevó el acoso escolar al entorno digital, y el regreso a las escuelas permitió que se presentara en las dos modalidades, “presencial y a distancia”.

De acuerdo con la Comisión Nacional para la Mejora Continua de la Educación (Mejoredu) en el 2024, el 32% de los estudiantes de secundaria reportaron haber sido víctimas de acoso cibernético; mientras que el 28.3% reportaron sufrir acoso escolar ocasional o frecuente; la mayor parte de ellos en el tercer año. Los agresores en nivel secundaria también aumentaron del 5.6% que se registró en el primer estudio de los noventa, al 21.3% en el 2024; el 18.7% admitieron a ver ejercido ciberacoso.

Por tipo de agresiones, las más frecuentes con los insultos, presentes en el 96% de los casos; las burlas y rumores falsos en casi el 90%; los apodos ofensivos, 86%; y la violencia física en el 77%.

Violencia es violencia, pero tiene muchas formas

El acoso escolar puede presentarse en forma de violencia física a través de golpes, empujones, patadas, jalones de cabello, escupitajos, zancadillas, obligación de participar en peleas; agresiones al patrimonio de la víctima como el robo o destrucción de sus pertenencias, el ocultamiento de ropa, la sustracción de dinero o refrigerios y la extorsión.

También puede tomar la forma de acoso verbal (el más frecuente de los denunciados); que incluye los insultos y groserías directas, burlas constantes, apodos denigrantes y ofensivos, difusión de rumores falsos, retos constantes a pelear y humillaciones públicas.

Otra forma es el acoso psicológico que busca lesionar las relaciones y autoestima de la víctima e incluye amenazas e intimidación constante, manipulación y chantaje emocional, aislamiento social deliberado (presente en el 72% de los casos), persecución dentro y fuera de la escuela, difamación y discriminación.

También se identifica el acoso sexual escolar que incluye los tocamientos o acercamientos no deseados, comentarios sobre el cuerpo o vida íntima, silbidos y gestos de naturaleza sexual, exposición a contenido sexual sin consentimiento, presión para actos sexuales y maltrato por orientación sexual real o percibida.

El ciberacoso, por otra parte, puede incluir alguna de las formas no físicas anteriores y se manifiesta en publicaciones ofensivas, mensajes hirientes, difusión de imágenes o videos sin consentimiento, robo de contraseñas y suplantación de identidad, creación de perfiles falsos para humillar, bloqueo de acceso a cuentas y plataformas, registro en páginas riesgosas sin consentimiento y viralización de contenido que rebasa los controles escolares.

Y efectos terribles

No se trata solo de cuentos o series de televisión, los casos de estudiantes que han acabado con su vida por ser víctimas no atendidas de acoso escolar están presentes en todo el mundo, conforme reporta la organización Bullying sin Fronteras.

Tres de cada cuatro menores víctimas de acoso presentan síntomas clínicos de ansiedad y depresión; en casos de acoso reiterado y severo, también se han identificado señales de trastorno de estrés postraumático.

Poco más del 8% de las víctimas reporta ideaciones suicidas que son más fuertes en quienes padecen ciberacoso.

Otros trastornos identificados en quienes padecen acoso escolar son la baja autoestima, el miedo a las relaciones interpersonales, inmadurez emocional, aislamiento social, síntomas psicosomáticos.

En la salud física además de las lesiones directas por violencia, las víctimas de acoso escolar suelen presentar insomnio y otros problemas de sueño, cambios en los patrones de alimentación, autoflagelación, entre otras dolencias.

En términos académicos, las víctimas pueden bajar su rendimiento académico, perder la concentración, tener miedo a asistir a clases que derivan en constantes inasistencias, y perder interés en participar de las actividades escolares.

Hay leyes y hasta protocolos, pero el problema crece

El aumento de casos y de proporción de agresores parece inexplicable si consideramos la cantidad de leyes, reglamentos y protocolos que suponen prevenir las conductas, atender a las víctimas y sancionar a los perpetradores de acoso escolar en cualquiera de sus formas.

Los ordenamientos nacionales en la materia están en la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, la Convención de los Derechos del Niño de 1989, las leyes generales de los Derechos de Niñas, Niños y Adolescentes; de Educación; de Víctimas; de Acceso de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia; para la Prevención Social de la Violencia y la Delincuencia; y la Ley Federal para Prevenir y Eliminar la Discriminación.

Mientras que los locales incluyen, las leyes estatales para la Convivencia y Seguridad de la Comunidad Escolar; de Educación de los Derechos de las Niñas, Niños y Adolescentes; de Víctimas; de Acceso de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia; y de Atención Integral para Personas con Discapacidad en el Estado de Morelos.

El sexenio pasado, después de mucho darle vueltas, el Instituto de la Educación Básica del Estado de Morelos (IEBEM) emitió el Protocolo de Erradicación del Acoso Escolar en Educación Básica de Morelos, en que se implementan tres fases para enfrentar el problema.

La guía supone prevenir el acoso mediante la resolución pacífica de conflictos; el desarrollo de habilidades socioemocionales; el fomento de clima escolar inclusivo; la gestión escolar democrática; acciones de difusión e información comunitaria; formación docente sobre acoso escolar; gestión escolar coordinada; prevención específica de ciberacoso; y la identificación de factores de protección y riesgo.

La detección del acoso se podrá dar, según supone el documento, mediante la observación constante de indicadores de riesgo general; indicadores específicos de acoso escolar; registro en actas de hechos; y la participación de comunidad escolar completa.

Finalmente, en el campo de la notificación y actuación, establece la obligación de “informar inmediatamente a autoridades escolares; documentar la evidencia; reuniones separadas con víctima y agresor; intervención especializada; seguimiento de casos; y el establecimiento de medidas de no repetición para restaurar la convivencia escolar.

También tiene el IEBEM un Programa Integral de Seguridad Escolar en que se supone participan dependencias y organismos de los gobiernos estatal y federal que busca coordinar las acciones de atención al acoso escolar; atender salud mental de estudiantes; prevenir conductas delictivas; garantizar la seguridad dentro y fuera de escuelas; y desarrollar ambiente escolar seguro y saludable.

Pero lo cierto es que los casos parecen seguir aumentando particularmente por la falta de capacitación a docentes para identificar y ser los primeros respondientes ante casos de acoso escolar; protocolos de denuncia accesibles y que no revictimicen a quienes padecen de violencia; coordinación entre instituciones; campañas de difusión para visibilizar las conductas de acoso y fomentar la denuncia, sanciones y no repetición; y por supuesto, contar con recursos suficientes para psicólogos y orientadores suficientes que puedan brindar la atención especializada que se requiere a los casos.

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El acoso escolar ha aumentado en todas sus formas no sólo en el número de víctimas, sino también en la proporción de agresores. Foto: Gaceta UNAM / Archivo

Las víctimas de violencia escolar padecen deterioro en su salud física, mental y en el rendimiento escolar. Imágenes creadas con Copilot

Foto: Cortesía / Humanium.org

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Daniel Martínez Castellanos