

Originario de Ciudad Juárez, pero bautizado cuernavaquense desde hace 25 años, Iván Gardea es un grabador considerado entre los más sobresalientes de su generación. Su obra ha sido renombrada en bienales de México, Colombia, Brasil, Canadá, España, Polonia, Macedonia, Rumanía, Portugal y Francia. Sumando más de tres décadas de trayectoria con 25 exposiciones individuales y más de 90 colectivas. Sus grabados y dibujos han ilustrado libros y publicaciones de gran prestigio, y en 2014 obtuvo la beca del Sistema Nacional de Creadores de Arte, reconocimiento que vuelve a recibir este año, por ser una de las voces más sólidas del grabado contemporáneo mexicano.
Su línea teje con gran precisión imágenes que interrogan la fragilidad y la conciencia del ser humano, calando en lo que el propio artista define como “una visión trágica de la vida”. Su historia, como él mismo lo cuenta, comenzó entre libros y planchas, impulsado por el amor al arte que heredó de su padre, un escritor apasionado por la gráfica.
Del lápiz a la plancha
Aunque su primer acercamiento fue la pintura, “yo quería ser caricaturista, quería ser pintor”, dice, el dibujo lo llevó al grabado, disciplina en la que encontró su lenguaje más auténtico. Sus primeros pasos formales los dio en la Escuela Nacional de Artes Plásticas, bajo la guía del maestro Jesús Martínez, considerado pilar de la cultura gráfica del país; y pronto formó parte de una generación que revitalizó la gráfica mexicana en los años noventa, junto a artistas como Francisco Quintanar y Demián Flores.
La impronta que comenzó a dejar sobre el papel pronto le otorgó un reconocimiento sólido. Entre los surcos de sus grabados y el dominio de la punta seca y el grabo calcográfico (técnica de grabado en metal), Iván Gardea fue revelando los rincones más oscuros del espíritu, esos que solo el arte logra hacer visibles sin concesiones. “Hice mi primera exposición de grabado en 1995, en una galería de Sedesol. Trabajé las piezas durante cuatro años. Desde ahí mis grabados empezaron a llamar la atención, especialmente por mi manejo en el grabado calcográfico”, recuerda el artista.
Años más tarde, su exploración lo llevó a incursionar en el linóleo, técnica que ha perfeccionado en las últimas décadas sin abandonar el metal. En ambos, Gardea mantiene la constante profundidad conceptual de sus series, donde la línea y el vacío dialogan para construir un mundo donde “la humanidad es arrojada hacia ningún lado”.

Una trayectoria entre planchas, series y búsquedas
Su mirada filosófica, un tanto influenciada por el escritor Emmanuel Lévinas, y su interés por lo existencial atraviesan cada pieza. A través de sus series, Iván Gardea ha profundizado en una reflexión sobre la pérdida de trascendencia en la condición humana. “Creo que mi trabajo ha ido evolucionando cada vez más hacia una dimensión donde trato el problema de la soledad ontológica del ser humano”, explica. En sus palabras, se trata de una sociedad “librada a sus propias fuerzas o a su propia debilidad”.
Esta inquietud se ha consolidado en su exposición más reciente: En la orilla de la noche, exhibida en el Centro Cultural Jardín Borda. Exposición que reúne las series que realizó con la beca de 2014: Girard (2015), Arrojados en camino hacia ningún lado (2016) e Historias rotas y contingentes” (2017); donde el artista explora la idea de una humanidad “huérfana de sentido”, confrontada con “la muerte de Dios” y la pérdida de toda verticalidad espiritual.
Una red de gráfica viva
A lo largo de su carrera, Iván Gardea ha colaborado con numerosos talleres de gráfica en México y el extranjero. “He sido un grabador muy invitado por talleres a coeditar… gran parte de mi obra se ha distribuido así”, explica. En la Ciudad de México trabajó con Pilar Bordes Pacheco, Sergio Ricaño y el legendario impresor Sergio Ulloa. En Morelos, su producción ha encontrado continuidad en colaboración con el Taller de Pavel Mora, mientras que fuera del país destaca su experiencia en Lyon, Francia.
Tiempo para profundizar
En esta nueva etapa, Gardea planea desarrollar una serie que continúa su exploración ontológica y filosófica, centrada nuevamente en el grabado en metal y el linóleo. “Es muy importante para mí tener la beca otra vez, porque me permite profundizar en mi trabajo, trabajar con un poco más de desahogo y con más concentración”, expresa. Su proceso creativo, asegura, requiere de tiempo para que el “grabado crezca interiormente”, refiriéndose al llamado intrínseco de la pieza misma.

Iván Gardea es grabador, dibujante y escultor. Considerado una de las voces más sobresalientes del grabado contemporáneo de México. Foto: Cortesía del artista.

Grabado cortesía del artista.

Grabado cortesía del artista.

Grabado cortesía del artista.

Grabado cortesía del artista.

Grabado cortesía del artista.

