

Con una trayectoria que rebasa el centenar de exposiciones en México y el extranjero, Daniel Lezama es uno de los artistas más provocadores y visionarios de la pintura mexicana actual. Egresado de la Escuela Nacional de Artes Plásticas de la UNAM, su obra, cargada de símbolos nacionales, cuerpos desbordados y alegorías inusuales, ha sido reconocida con el Premio de Adquisición de la X Bienal Tamayo en 2001; lo ha hecho acreedor a apoyos del FONCA y del CONACULTA en múltiples ocasiones y, recientemente, vuelve a ostentar la beca del Sistema Nacional de Creadores.
Autor de series como La Madre Pródiga, La Suave Matria o Vértigos de Mediodía, Lezama ha expuesto en espacios emblemáticos como el Museo de Arte Moderno, el Palacio de Bellas Artes, en el MUNAL, el MUNE, el Museo Morelense de Arte Contemporáneo Juan Soriano (MMAC) y el Museo MARCO. Su pintura forma parte de colecciones internacionales como la Murderme Collection de Damien Hirst, El Museo del Barrio en NY, la Essl Sammlung o el Dallas Museum of Art, por mencionar algunos.
La expresión más antigua del humano
Desde sus primeras obras, Lezama ha concebido la pintura como “un sitio, un lugar, no como un tiempo”. Para él, el lienzo no es una superficie donde se registra algo, sino un espacio donde las cosas suceden. “Yo crecí rodeado de arte”, cuenta, “mi papá era un pintor modesto que tuvo una carrera muy privada. Entonces yo me crie viendo crear pintura”. “Yo fantaseaba con que esas imágenes representaban otras cosas, que lo que veía en la pintura de mi padre era una puerta a otro mundo. Esa experiencia fue el fundamento de mi trabajo”.
Aunque en su adolescencia quiso ser escritor para diferenciarse de la influencia paterna, el impulso visual terminó por inundarlo. “Me di cuenta de que vivo mentalmente a través de imágenes. Me frustré con la literatura y regresé a la pintura, pero ya no desde la herencia familiar, sino desde una decisión personal”. A partir de entonces, su elección se convirtió en su filosofía. “Un artista solo puede existir en relación con el legado de su medio. En el caso de la pintura, hablamos de una tradición de quinientos años desde el Alto Renacimiento, pero en realidad su origen es mucho más atrás. El gesto de trazar una imagen sobre una superficie en blanco es una expresión tan antigua como el ser humano”, explica el artista.
Para él, la técnica, “es una herramienta, igual que la iconografía o el estudio de las imágenes. Yo siempre he dicho, como John Berger, que la pintura es una caja de herramientas. La historia del arte, su legado, los artistas que te preceden, forman parte de esa caja. Hay que tomarla y asumirla como uno la necesite”, explica el pintor.

El territorio íntimo del pintor
En su plástica Lezama plasma su propia “visión emocional, sensual y arquetípica de lo mexicano”, que con frecuencia es leída como una reinterpretación de los símbolos nacionales. Pero su arte no busca sostener un discurso ideológico, sino explorar lo que está pendiente, “eso que los grandes pintores de principios del siglo XX rechazaban ver de frente o idealizaban desde una visión occidentalizada”. Sigue: “Lo que hay en mi trabajo es un genuino interés por el mexicano, entendí que el mexicano es, en realidad, un proceso de cuestionamiento continuo”.
Para Lezama, cada cuadro es un territorio donde los símbolos y las tensiones del país se reconfiguran desde la experiencia personal, “una imagen honesta, multirreferencial que refleja los contrastes de nuestra cultura”. Una cultura representada en los cuerpos desnudos dice, “el cuerpo representa la verdad de lo visible. A lo largo de la historia se ha cubierto con velos, máscaras, ropas; al desnudarse, el personaje revela una verdad interior. Es vulnerabilidad, pero también fuerza. El cuerpo es lo más poderoso que existe”.
El templo y el paraíso
En esta nueva etapa, su proyecto lleva por título Pinturas como templos, paraísos posibles y ofrendas mortales, una síntesis de su pensamiento pictórico y espiritual. “En este caso, retomo la idea de la pintura como templo, el lugar donde suceden cosas. Tanto el artista como el espectador acuden a la pintura como si fuera un espacio sagrado. Pensemos, por ejemplo, en La Gioconda, es más visitada que cualquier iglesia del mundo. La gente acude a ese rectángulo de 50×40 centímetros porque ahí hay algo que los espera. Eso es un templo, un sitio donde lo trascendente está concentrado en un solo punto.”
El segundo eje de su proyecto surge de su relación con Cuernavaca, ciudad donde reside y que se ha vuelto un motivo constante en su obra. “Cuando digo: paraísos posibles y ofrendas mortales, me refiero a que Cuernavaca es, al mismo tiempo, un paraíso, un purgatorio y un infierno. Malcolm Lowry, en Bajo el volcán, la describe como la puerta del inframundo, y creo que es una lectura muy certera. Yo elegí vivir aquí, y al hacerlo, uno se ofrenda al lugar. Si Cuernavaca es un templo, la pintura que hago en Cuernavaca es un templo dentro de un templo.”
Al finalizar, Daniel Lezama adelanta que, con esta nueva serie, también reflexionará la noción del jardín como metáfora de la creación misma. “El jardín es lo contrario a la naturaleza, es el lugar donde se cultiva la naturaleza. Dios no nos pone en el bosque, nos pone en un jardín para que lo cuidemos. El jardín es un templo donde se cultiva el cuidado”, concluye.

“El mexicano es, en realidad, un proceso de cuestionamiento continuo”, Daniel Lezama. Foto: Cortesía del artista.

El artista reinterpreta íntimamente, los simbolismos de la cultura mexicana. Foto: Cortesía del artista.

Foto: Cortesía del artista.

Foto: Cortesía del artista.
Foto: Cortesía del artista.

Foto: Cortesía del artista.

Foto: Cortesía del artista.
Inspirado por la lectura de Bajo el volcán de Malcolm Lowry, Lezama asocia Cuernavaca con el jardín edénico y el inframundo, metáforas que atravesarán sus próximas obras. Foto: Cortesía del artista.

