

Mi amiga Leslie
Pocas personas conozco tan discretas, amables e inteligentes como mi amiga Leslie. Desde hace unos veinte años nos conocimos; me ubicó a través de mis artículos en la revista “México Desconocido”, en la cual colaboré casi treinta años, a lo largo de sucesivos editores y propietarios, todos amigos estimados: su fundador, Harry Moller, con quien una vez al mes me despachaba un costillar de ternera en el “Sep’s” de la avenida Michoacán, en la Condesa, con un enorme tarro de cerveza oscura; John Wiseman, con cuya hija Shelly me unía no sólo un gran afecto, sino la afición por la cocina (ella es una gran chef, de altos vuelos internacionales, y alguna vez la ayudé toda una noche completa a preparar un pavo relleno, ya no me acuerdo para qué festividad; solía invitarme a las clases de cocina que impartía, y me agradaba particularmente un grupo de señoras jóvenes poblanas –cada una más atractiva que la otra- que venía desde la Angelópolis a tomar el curso una vez a la semana: la clase culminaba comiéndonos las delicias que preparaban, muy bien acompañadas con los líquidos espirituosos correspondientes); y Miguel Sánchez Navarro, para quien no sólo colaboré en la revista, sino que escribí un par de libros.
Leslie me localizó y nos conocimos; hablábamos de viajes, de sus inquietudes como escritora (tenía una columna en el “Reforma”, de curioso nombre, algo así como Recórcholis o Zambomba o Recáspita) y la puse en contacto con Harry Moller, con quien acabó entablando una amistad.
Como los pequeños hijos de Leslie iban a la escuela Edron, a un paso de nuestra casa en la Ciudad de México, a veces nos visitaba y a Silvia le agradó desde el primer momento.
Trabajamos juntos en un raro libro de Julio Verne (su primera novela, que llamó Drama en México); Leslie la tradujo directamente del francés e hizo la introducción y yo el prólogo, llevándola Conaculta a las prensas.
Algunos años después, Silvia y yo visitamos a Leslie en Boston, donde su gentil esposo Alejandro estudiaba un doctorado. Amable como siempre, Leslie nos hizo el favor de llevarnos a visitar algunas escuelas donde Emiliano podría estudiar su primer año de preparatoria. (Finalmente lo hizo en Victoria, Canadá, por cierto, con sorprendentes resultados académicos, no siendo el inglés su idioma materno).

Pues bien, hace algunos años me llamó Leslie por teléfono para pedirme que le recomendara a un chef y le ayudara a diseñar el menú para un banquete que quería celebrar en el Alcázar del Castillo de Chapultepec; le hice ver que no era fácil conseguir el permiso para organizar una cena en ese emblemático lugar, pero me explicó que se trataba de un evento de la Secretaría de Gobernación para beneficio de la Cruz Roja (creo que cada uno de los 250 comensales pagaría mil quinientos pesos). Asimismo, me pidió Leslie que yo pudiera tener una intervención introductoria a la cena, para ambientar a los invitados ante lo que debería ser un extraordinario menú. Por supuesto que acepté, muy honrado, y todavía Leslie trató, con la mayor delicadeza, como es ella, el asunto de mis honorarios, que desde luego rechacé de entrada: se trataba de mi amiga y de la Cruz Roja, nada más eso faltaba.
Recomendé con gran tino a mi apreciado Ricardo Muñoz Zurita, artista de la cocina mexicana, y finalmente el menú quedó así: unas crepas de huitlacoche con salsa cremosa de chile poblano y rajas (idea mía, porque me encantan; hay que llevar agua al molino de uno: le quedaron sensacionales a Ricardo), camarones en pipián verde de Papantla (¡geniales!, el mejor pipián de mi vida, lo juro), amarillito de Oaxaca con carne de res (uno de los siete moles oaxaqueños, por supuesto con chilhuacle; gustó mucho) y tres postres: tamal de chocolate de metate con frutos rojos, helado de guanábana y pastel espumoso de mamey. Para abrir boca unas margaritas de limón y de tamarindo y durante la cena los respectivos vinos mexicanos recomendados para cada platillo (quesque maridaje, le dicen los exquisitos). Leslie estaba encantada y todo prometía ser un éxito. Su encomienda de organizar esa cena de seguro la cumpliría a cabalidad. Por cierto, que yo no tenía muy claro qué hacía Leslie en Gobernación, aunque me imaginaba que su esposo, que al regreso de Boston había trabajado en la Presidencia, ahora estaría haciendo algo en esa Secretaría. Mas tampoco me importaba mucho, lo que me interesaba era ayudar a mi amiga.
Me pidió una carta mía que se imprimió con el menú, para que cada comensal se pudiera llevar de recuerdo el pequeño folleto.
Todo iba sobre ruedas, aunque yo tenía cierto desasosiego. Hacer un banquete con alimentos calientes en el Museo Nacional de Historia (eso es el Castillo de Chapultepec) no sería nada fácil. Aunque fuera a beneficio de la Cruz Roja. Ojalá en verdad las influencias de Leslie en la Secretaría de Gobernación fueran suficientes para doblegar a los quisquillosos funcionarios de las áreas culturales.
Para el banquete que mi amiga Leslie organizaba en el Alcázar del Castillo de Chapultepec a beneficio de la Cruz Roja, yo tenía serias dudas de que se obtuviera el permiso correspondiente, por más influyente que fuera en la Secretaría de Gobernación.
La carta que me pidió para colocarla en cada uno de los 250 lugares, entre otras cosas, decía: “La cocina tradicional mexicana es mestiza y allí está su atractivo, tal y como lo probaremos en la minuta de hoy: va del huitlacoche, el chilhuacle, el jitomate, el epazote y el chocolate –palabras nahuas todas ellas– a las crepas y el mousse –términos franceses– (claro que a este último hemos preferido esta noche llamarlo “pastel espumoso”). Nuestro mestizaje gastronómico agrega a sus raíces indígenas y españolas genes culinarios asiáticos (como la pimienta y el clavo de los moles) y árabes (como el ajonjolí del amarillito y la almendra del mousse). Este mexicanísimo menú (expresión que, por cierto, también es un galicismo) incluye chiles poblanos en las crepas, chilhuacles en el amarillito y serranos en el pipián. Ello nos da pie para destacar que casi todos los chiles del mundo son de origen mexicano, desde la paprika húngara, el pimentón español y los morrones mediterráneos hasta los chiles de los currys orientales y de la cocina china de Szechuán. Valgan otras noticias a propósito de la carta que estamos a punto de disfrutar: En todo el mundo hay huitlacoche (pues se trata de una fungosidad natural del maíz), pero sólo los mexicanos sabemos apreciar su exquisitez. ¡Y qué decir de los postres! Cuando veo mamey, guanábana y otros frutos de la huerta americana, recuerdo a la marquesa Calderón de la Barca (inglesa casada con español), quien decía en 1841: ‘En México, los postres cuelgan de los árboles’.”
Ya estaba todo listo para la cena de gala y Leslie me había obsequiado boletos para que a Silvia y a mí nos acompañaran los hijos. Aproximábase la fecha cuando un día vi una fotografía en el periódico de un joven que se me hacía conocido… ¿dónde… dónde? Y que me cae el veinte. Llamé al celular de Leslie y le dije:
-Debes pensar que vivo en la luna y casi tendrías razón. Estoy día a día voluntariamente encerrado en mi biblioteca y no leo periódicos ni veo noticiarios de televisión. Me dedico de sol a sol a escribir. ¡Disculpa mi ignorancia!
Leslie se rio de buena gana y me contestó:
-Desde el primer momento me di cuenta que no estabas enterado, pero ¿eso que importa?
Resulta que el esposo de Leslie era el secretario de Gobernación, a quien yo no veía desde Boston, y le había perdido la pista.
La cena resultó sensacional. Primero nos ofreció una visita guiada al Museo Nacional de Historia (creado en el Castillo de Chapultepec por Lázaro Cárdenas en 1939 e inaugurado en 1944) su eminente director, el Dr. Salvador Rueda, con merecimientos académicos de mucho mayor mérito que los de algunos burócratas encumbrados de chiripa por relaciones familiares.
La plana mayor de Gobernación se hallaba en la cena. En nuestra mesa departimos con dos jóvenes muy agradables vinculados a la Seguridad Nacional, y sus gentiles esposas. Por supuesto que Silvia no perdió la oportunidad de resaltar, explayándose, la inseguridad en la que vivimos en Cuernavaca y la ineptitud del gobernador, echándoles la viga entre broma y broma a nuestros amables contertulios.
En la mesa principal se hallaban, por supuesto, Leslie y su esposo Alejandro, la esposa del presidente de la república (a quien reconocí por el hermoso rebozo que lucía) y otros diez o doce invitados que obviamente soy incapaz de identificar, aunque de seguro se trataba de personas muy conocidas.
Leslie dio la bienvenida (muy sentida, nada oficialista), luego habló el presidente de la Cruz Roja, manifestando su satisfacción, después hablé yo, extendiendo mis seis minutos previstos a unos ocho o nueve, pero quién les manda: si me ponen a hablar de cocina mexicana, lo difícil no es que empiece, sino que me calle. Siguió al habla la llamada primera dama (así les dicen) y concluyó el anfitrión, el secretario de Gobernación.
Por cierto, qué mala impresión dan los políticos que se la pasan cuchicheando uno con otro mientras alguien está hablando al micrófono, sobre todo cuando están en el presidium; todo mundo los está viendo y evidencian su mala educación. Millones de pesos (de nuestros bolsillos) en gastos “de imagen” se van a la basura con unos minutos de groseros secreteos, risitas y palmaditas. Por supuesto que no me refiero a mi amiga Leslie ni a Alejandro, que son dos jóvenes de fina educación, atentos a quien les está hablando.

