

Omar Alcántara Islas
Estamos a mediados del equinoccio de otoño y, en apariencia, se han ido las lluvias; pero más allá de eso y de la llegada de los frentes fríos, no hay un cambio sustantivo en el color de las hojas de los árboles –llega a ocurrir, aunque no a gran escala– equiparable al cambio de color que se da en la mayoría de las hojas más al norte de América o en el norte de Europa, donde estas crean alfombras doradas, inolvidables para el foráneo.
No obstante, hemos vivido durante mucho tiempo en la concepción angloeuropea de las estaciones del año, al punto que hacemos festivales en cada temporada que no hacen sino copiar esa realidad del mundo que, es cierto, no carece de belleza, pero no se corresponde con un país donde se podría hablar sin problema de dos únicas estaciones: período seco y período lluvioso (o lluvias y secas, más coloquialmente).
Por supuesto, se habla desde el centro del país, en el norte el clima es aún más árido y frío, o en el sureste todavía más lluvioso, pero tampoco sucede que las cuatro estaciones ahí sean equiparables a lo que vemos en las películas estadounidenses o europeas. Ni siquiera en toda la extensión de Estados Unidos o Europa es así, pero la herencia icónica o visual es profunda, sobre todo cuando no se mira críticamente el asunto y llegamos a la conclusión de que el mundo sería un lugar más hermoso si todos tuviéramos inviernos llenos de nieve.
Hablaríamos desde la ignorancia, pues los inviernos son menos idílicos de lo que parecen a lo lejos, pueden llegar a ser insoportablemente fríos, largos y oscuros, por más que a cierta marca de refrescos gringa –que inventó y comercializó a gran escala la navidad– le convenga vendernos cajitas navideñas; por no hablar de los pinos que no dejan de ser surrealistas en nuestras zonas tropicales, aunque coincidimos todos en que la mitad de lo mexicano era surreal antes de que llegara un movimiento francés y enunciara los insólitos encuentros de formas y colores en la realidad.
¿Pero por qué no destacar más lo propio, secas y lluvias, ante la invasión cultural y visual de las culturas del norte? A veces a Tláloc y a los otros dioses se les pasa la mano (cito muy mal a Jaime Sabines), pero tenemos un clima extraordinario para vivir. A veces, quisiéramos menos calor en Morelos, pero tenemos playas para aliviarnos de estos excesos. Playas que en algunas zonas necesitamos recuperar de los particulares: no se ha terminado ni el neoliberalismo ni la corrupción.

Estamos en el camino. Y tampoco se trata de idealizar todo lo mexicano cuando sabemos que aún tenemos que trabajar muchísimo para fomentar, desde nuestra esfera de influencia, la toma de conciencia individual y social; es decir, una auténtica educación. Y esta pasa por convencer a la mayor parte de las mexicanas y los mexicanos de que vale la pena, por motivos innumerables, la lectura de los buenos libros y la conservación de la mayoría de nuestras formas de ser y tradiciones.
Las sociedades del futuro serán multiculturales –México ya lo es, pero hablo de la integración de ciudadanos de los países más diversos dentro de una misma nación– y supersincréticas. No hay que asustarse con la mezcla de Halloween con el Día de muertos, porque es divertido ser joven y tener más fiestas para celebrar; sin embargo, depende desde donde lo hagamos, si desde no saber apreciar lo que somos (y tenemos) o desde la falta de conocimiento –por eso son tan importantes los libros–, para descubrir que hay poco que envidiar a otras naciones, sí, con más dinero, pero con menos alegría de vivir.
Y conservemos el otoño, ¿por qué no? Así sea para las metáforas, pues lo que sí cambia a cierta edad, sin poder evitarlo, es que comience a cambiar el color de nuestro cabello; además de que empiezan a ser más intensas las evaluaciones –y mejor que sean positivas– sobre las muchas primaveras y los tantos veranos que se fueron. O, dicho de otro modo, «ya llovió».
*Doctor en letras

Imagen:ambito.com

