

La aparición anual de la lista Forbes de los multimillonarios menores de 30 años se ha consolidado como un poderoso artefacto cultural, un supuesto faro de inspiración que valida el núcleo ideológico del capitalismo, la meritocracia. Se no vende la idea de que estos jóvenes, con “visión” y “trabajo incansable”, son la prueba de que el éxito económico es accesible a quien más se haya esforzado. Sin embargo, esta celebración es, en realidad, una cortina de humo que oculta la falacia profunda de la meritocracia y subraya la hipocresía fundamental del sistema capitalista moderno.
En esta lista se nos muestran fotografías de personas con sonrisas confiadas, miradas que pretenden encarnar el futuro del capitalismo en el siglo XXI. En los titulares se repiten palabras como “visión”, “riesgo” o “trabajo duro”, pero detrás del discurso motivacional que adorna estas biografías relucientes, se esconde una verdad menos inspiradora. La mayoría de esas fortunas no son producto del mérito personal, sino del privilegio heredado por generaciones. La narrativa del “hecho por si mismo” se desvanece cuando uno investiga un poco los apellidos, las redes familiares o las inversiones iniciales que estos jóvenes recibieron antes de siquiera ser mayores de edad.
Bajo la idea de que cualquiera puede llegar a la cima si se esfuerza lo suficiente, se ocultan los mecanismos reales de reproducción, es decir, herencias, contactos y capital simbólico. La lista de Forbes funciona, en ese sentido, como un espejo deformante que nos hace creer que admiramos el éxito, cuando en realidad estamos contemplando la continuidad del privilegio. En la práctica, “el sueño meritocrático” se reduce a una ilusión estadística. Según el World Inequality Lab, más del 70% de las fortunas del mundo desarrollado se han transmitido por herencia. Esto significa que el punto de partida y no el esfuerzo inicial determinan casi por completo las posibilidades de éxito.
Ese discurso es una sofisticada forma de control ideológico que trata de convencer del sistema es justo, de que el talento siempre encuentra su recompensa. Pero basta con revisar los perfiles de quienes integran las listas para comprender la falsedad del relato. Muchos si no es que la gran mayoría operan dentro de ecosistemas que exigen capital operativo: educación en universidades de elite, acceso a fondos de inversión, redes familiares y sociales. El capitalismo tecnofeudal ha hecho creer que una idea brillante basta para triunfar; sin embargo, sin capital inicial, el talento se convierte en una mercancía barata, la mano de obra descartable del antiguo capitalismo industrial.
En contraste, quienes nacen en condiciones precarias, dedican toda su energía a sobrevivir y no a innovar. La narrativa capitalista exalta la historia del emprendedor que comenzó “desde cero”, pero ese “cero” nunca es el mismo. El “cero” del joven que estudio en Harvard con fondos familiares dista abismalmente del “cero” del trabajador que abandona la escuela para sostener a la familia. La romanización del emprendimiento oculta el hecho de que las empresas que logran sobrevivir pertenecen, en su abrumadora mayoría, a personas que ya tenían recursos. La “innovación” se vuelve un lujo de clase.
En la era tecnofeudal, el capitalismo se presenta como un juego abierto donde todos pueden ganar, pero las reglas están escritas por los mismos jugadores que ya tienen ventaja. Así, cada joven multimillonario no representa el triunfo del talento, sino la perpetuación de una aristocracia económica global. En el siglo XXI, las dinastías financieras funcionan como las viejas casas nobles del feudalismo, se heredan títulos, bienes y poder, pero ahora con el disfraz del emprendimiento moderno.

La lista de Forbes no sólo visibiliza la desigualdad, sino que la celebra. Nos pide admirar a quienes, desde su nacimiento, han tenido acceso a todo lo que la mayoría nunca tendrá. En lugar de cuestionar la estructura que hace posible semejantes fortunas, los medios construyen un relato moral: si ellos lo lograron, tú también puedes hacerlo. Se transforma así la desigualdad en motivación. Esta operación ideológica es la esencia de la hipocresía capitalista: convertir la injusticia en espectáculo.
Mientras tanto, los verdaderos trabajadores del mundo que son los que sostienen las economías con su fuerza y su tiempo permanecen invisibles. No aparecen en listas, no reciben premios, no figuran en las portadas de revistas. El sistema necesita que sigamos creyendo en el mérito para mantenernos dóciles. Porque si aceptaran que la riqueza está concentrada por diseño, la idea misma de justicia económica se derrumbaría.
La meritocracia, en su forma más cruel, convierte la pobreza en culpa. Si los ricos son ricos por su esfuerzo, los pobres son pobres porque no se esforzaron lo suficiente. El capitalismo no sólo acumula dinero: acumula culpas, justificaciones y narrativas morales que naturalizan la desigualdad. Aquello que ya mencionaba en mis primeras columnas para La Jornada Morelos, la mía será la primera generación que vivirá peor que nuestros padres.
Cuando observamos a los “jóvenes más ricos del mundo”, no estamos viendo el futuro, sino la reproducción del pasado. El apellido, no el esfuerzo, sigue siendo la clave del éxito. La lista de Forbes no celebra el mérito, sino la continuidad de una élite que ha encontrado en la tecnología y el marketing nuevas formas de legitimarse.
El verdadero desafío no es admirar a los ricos, sino preguntarnos por qué el sistema necesita exhibirlos como modelos. Tal vez porque si los dejáramos de admirar, el edificio simbólico del capitalismo se derrumbaría. Entonces podríamos ver con claridad lo que siempre ha estado frente a nosotros: que la riqueza extrema es incompatible con la justicia, y que la meritocracia no es más que la palabra amable con que se disfraza la herencia.

La generación Forbes Under 30 de 2025. Fotografías de Tim Tadder, Jamel Toppin y Shawn Hubbard / Forbes
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* Historiador ↑

