

Huellas 1. Pisadas en el lodo del tiempo.
En VolcáNica, libro que compila crónicas escritas en Nicaragua, Sabrina Duque habla de la relación de quienes habitan ese país con los volcanes. Nicaragua está asentada en un cinturón de actividad volcánica; tiene alrededor de 50 formaciones en su territorio, la mayoría inactivas, aunque con el riesgo latente de activarse de nuevo. Momotombo y Masaya son dos de los volcanes que tienen cierta actividad (como nuestro querido Popocatépetl).
Sabrina Duque explica que la relación de la gente nicaragüense con los volcanes es milenaria. No lo dice metafóricamente, sino como algo concreto y real, como lo muestran las huellas de Acahualinca, una hilera de pasos de al menos 16 personas (niños y adultos) que quedaron impresas en el lodo volcánico. El patrón de las huellas no muestra a un grupo en huida, sino que evidencia a personas alejándose del peligro de la explosión volcánica con tranquilidad; una calma heredada a los habitantes actuales, explica Sabrina. Justo ese tipo de información puede conocerse a través de las huellas.
Es cierto que los huesos están metidos en nuestra mente como la mejor fuente de información del pasado (por ejemplo, de niño jugaba a encontrar huesos de dinosaurio, pero jamás una huella o un coprolito), pero las huellas permiten conocer aspectos de la conducta de los seres que las dejaron: cómo eran algunos de sus patrones de movimiento, hábitos, conductas sociales, etc. En las huellas de Acahualinca hay pisadas de personas adultas y de infancias. Las huellas más grandes están a los lados y dentro, las de niños o niñas. Con las huellas podemos saber que las personas de Acahualica cuidaban a sus niños y que iban al centro del grupo, protegidos.
Además de las huellas humanas, también se estudian las huellas de animales extintos y actuales. Si uno lo piensa con detenimiento, que una huella de hace millones de años se haya fosilizado y podamos verla hoy es en sí mismo una maravilla. Cuántas huellas aparecen y desaparecen todo el tiempo y alguna, con una suma de factores, termina convertida en roca para hablar con nosotros miles o millones de años después.
Por eso ver una huella fosilizada es más que sorprendente. La sensación que se tiene al estar frente al vestigio de algo que habitó hace miles de años es indescriptible. En junio de este año lo supe, cuando Geoxplora (https://www.geoxplora.mx/) organizó la salida “Joyas Paleontológicas”, un viaje para visitar la cantera Tlayúa y la localidad “Pie de vaca”, ubicadas en el municipio de Tepexi, en Puebla. Geoxplora es una agencia de geoturismo encabezada por la Dra. Adriana Miranda Martínez, paleontóloga docente de la UNAM con una enorme experiencia tanto en el trabajo científico, como de campo y divulgación de la paleontología.

Pie de Vaca es una localidad de finales del Plioceno y principios del Pleistoceno, con una edad aproximada de entre 2 y 5 millones de años. En ella hay varios grupos de huellas: de un tipo de llama extinta (camelidae), de felinos no identificados (felidae) y de un pecarí (Tayassuidae). Un artículo publicado en el Boletín de la Sociedad Geológica Mexicana (Cabal-Perdomo, 2018) estudió las huellas de Pie de Vaca. Con base en la dirección de los rastros, la profundidad, el patrón de las huellas y demás elementos analizados, los autores aseguran que los camélidos pudieron tener un comportamiento gregario (como en manada) que a su vez sugiere cierta interacción social, además saben que no iban a galope, pero sí en un andar rápido. Sobre las huellas de los felinos saben que había un individuo solitario y una pareja, que deambularon en momentos distintos, estos animales también iban en caminata rápida y, aunque no puede saberse qué especie dejó esas marcas, se ha especulado que inclusi podrían haber sido dientes de sable.
Por último, las huellas del pecarí en Pie de vaca corresponden a una especie descrita a partir de esos rastros. El nombre científico es Tayassuichnum felixarangutii, en honor a Félix Aranguthy, hijo de Miguel Aranguthy, dueño de la cantera Tlayúa, y quien en la década de los 80 entró en contacto con el Instituto de Geología de la UNAM, comenzando la relación que aún hoy existe entre la cantera (que extrae lajas para uso comercial) y la universidad.
En Tepexi, Puebla, el apellido Aranguthy está enlazado a los fósiles y la investigación. En la cantera Tlayúa, además de los miles de fósiles que se han extraído, generaciones de estudiantes de biología de la UNAM han realizado prácticas de campo y personas como yo, gracias a un viaje geoturístico, podemos tener la experiencia de tomar un martillo y cincel, buscar lajas y, con suerte, pescar el fósil de un pez que vivió ahí hace millones de años.
*Comunicador de ciencia / Instagram: @Cacturante
Imagen cortesía del autor

