

(primera parte)
En países de otros cuentos, por menos de lo que dijo quien dirige un fondo de cultura, las cabezas rodarían. Por mucho, mucho menos. En otros reinos muy lejanos, quiero decir, donde los líderes aprueban cursos básicos de ética, sensibilidad de género o equidad social, ya hubieran pedido el retiro de quien se opone a cuotas mínimas de género en un campo, el de la literatura, donde la desigualdad se encarniza con la sangre y el cuerpo de la letra propinándole una golpiza a la voz de las poetas. ¿Deberíamos extrañarnos? He ahí el símbolo, a propósito de lo que entendemos por escritura del y desde el cuerpo. Nos vejan y no pasa nada. No es novedad, se dice, en la república donde sólo el 27 por ciento de las mujeres se reconoce abiertamente feminista y el otro 63, cifra temerosa, guarda silencio. Por algo será.
No es la primera vez que Paco Ignacio Taibo II arremete en contra de las mujeres que escriben, en sus términos, “horriblemente asqueroso”. Sus excesos llegan al punto de asegurar que en este país sólo tres mujeres son aptas para impartir talleres en todo México. Convencido de su plenipotenciario juicio, emulando a Donald Trump en el desdén y en el descaro, nos muestra el vaivén de un péndulo siniestro, ya no decir canónicamente patriarcal, ya no decir misógino, que va de atacar la voz de las escritoras en público a la risa permisiva de una jefa de Estado. De la imposición de un criterio de calidad hegemónica a la comprensión del porqué somos uno de los primeros tres países en violencia intrafamiliar en el mundo. Por ende, seguimos yendo de soportar la barbajanería de un alto funcionario de cultura, a los feminicidios ante los que la prensa y muchos intelectuales han comenzado a callar. Así las cosas, así la nueva mordaza porque los intocables siguen tan campantes con sus tenis y sus puros hablando en términos de “meterla doblada”, acolitando con ello, tangencial y discursivamente, la cultura de la violación.
En el segundo apartado de mi libro de ensayo, Resplandor de una nube con memoria (Premio Nacional de Ensayo Literaria Dolores Castro 2023) que se titula: “Editopatriarcado o la escritura tutelada” , defino lo que entiendo como el filtro neutro que se exige a las autoras para reconocerlas, es decir, deben medirse o ser juzgadas según un rasero machista que opera como dispositivo gracias al cual se sigue pensando lo de siempre: que una escritora asumiéndose mujer, hablando de lo que eso significa con sus goces y dolores, no vale la pena ser leída, pues no escribe, al final de cuentas, como un hombre que se lava las manos siendo «imparcial». Lo del sesgo convertido en lo que se entiende como “calidad literaria”, es decir, esa nueva categoría de profundo análisis literario, de lingüística de avanzada, de crítica de siglo XXI, propuesta bajo el concepto de lo “horriblemente asqueroso”, es una excusa, digamos la verdad, para mantener el orden de las cosas.
No en balde Rosario Castellanos sentía que escribía pésimo. Almudena Grandes, insegura, tenía que recordar lo que le dijo Bryce sobre su dominio del anywere. Alejandra Pizarnik no daba un peso por sus letras. Tres ejemplos de los muchos que hay porque, así como nos adoctrinan para odiar nuestros cuerpos, también para desconfiar de nuestra voz. Ocurra lo que ocurra, nunca se es lo suficientemente delgada ni se consigue todos los premios ni se venden todos los libros necesarios para disfrutar el mundo, para ser aceptada por completo. Algo hará falta y alrededor de esa carencia te harán girar (paso a la segunda persona porque es necesario, verán).
Tú no pediste las zapatillas rojas ni las calzaste por elección y aunque hubieras elegido esos tacones, el castigo no cambia. La primera infracción que cometiste no lleva tu nombre, pero te han hecho creer que sí. No fue masticar el fruto negado, pasar a los hechos y sentirte dios, sino dialogar con la serpiente. Eso significa que hayas atrevido charlar con otro ser de igual a igual, ya fuera ángel o demonio, pero que te dejaras convencer por el habla y luego persuadieras al primer hombre con tu conversación. Por eso gustamos cuando estamos calladas, porque no hay peligro ni poder en nuestra lengua. Ya es suficiente con ser un útero gestante, así que crear un mundo sin necesidad de su semilla, uno a tu imagen y semejanza, de palabras hijas del manzano, no se puede soportar. Hay que hacerte sentir culpable, desmedida, incapaz o soberbia. Es necesario castigarte porque quieres figurar donde no te corresponde, no vaya a ser que descubras que tu lenguaje es partenogénesico, es decir, se reproduce solo y en soledad contigo una vez que has hablado con tu carne y con el mundo, que los has polinizado.

De tal suerte que la misión es oponer a tu jardín cerebral, a tu potencia, un relato desvalido. Debes comprar la versión de que no tienes lo suficiente, de que sin el otro estás castrada. Esa flor carnívora que te mueve por dentro no debe atraer moscas ni más palabras para alimentarse. Ocultarte en el silencio significa, antes que nada, ponerte en contra de ti misma y de las otras, que ellas se distancien también, que no confiesen, que se vayan tan lejos de su deseo que no alcancen a oírse, a conversarnos. Pero si se atreven, si burlan esas primeras violencias, vendrán otras hasta besarte con gusanos para que la mariposa que invitó Neruda a uno de sus más románticos poemas, tape tu boca de una vez y para siempre, para que te convenzas de que lo bueno, lo bello, lo sano, lo que sí te corresponde es callar, soltar la pluma o sufrir inmensamente al sostenerla. Así les das ventaja, argumentos para sostener que las mujeres no escriben tan bien como los hombres.
¿Tienen idea del sadismo con el cual Leopoldo Lugones se burló de Alfonsina Storni?, ¿alguien puede describir el miedo de Emily Dickinson a que alguien más le revisara los poemas?, ¿y la desesperación de María Luisa Bombal, de la mismísima Sor Juana al quedarse sin papel? No en balde Hernán Cortés le llamaba a Malitzin “mi lengua”. Convertirla en la gran traidora, en la villana de la Conquista de México por su habilidad con el lenguaje es un escarmiento histórico para quienes traducen o son intérpretes, es decir, seres que de por sí hablan con los demás acercándolos, uniéndolos. Una escritora interpreta el mundo, admite o no la realidad creando artefactos que parten de ella o la rechazan. Y sí, también traiciona al patriarcado como Laura, el excepcional personaje protagónico de “La culpa es de los tlaxcaltecas”, ese cuento de Elena Garro donde una ama de casa burguesa e infiel se fuga con un indio a otro espacio y otro tiempo, el de la caída de la gran Tenochtitlán. Según Lucía Melgar, en más de un sentido, la obra de Garro anula las etiquetas: no fue solo precursora del realismo mágico, creó una obra de corte feminista, aunque sus protagonistas sean rebeldes fracasadas, ella criticó antes que otros la traición de la revolución popular y el espejismo de la modernidad. Por si fuera poco, también percibió en su exilio el destino de millones más, desde ahí sentía que escribía para nadie. Murió en Cuernavaca sin grandes, mediáticos homenajes en vida. Igual que Ana María Matute a cuyos funerales asistieron, si acaso, treinta personas. Los avatares de estas gigantas de la literatura pueden disuadir a cualquiera que esté pensando en dedicarse a la escritura.
Catalogadas como locas, raras, lesbianas, feminazis, el sistema patriarcal se las arregla para que incluso antes de poner una palabra después de otra, duden de su talento. Y sino, lo hagan después “perpetrar ese crimen”. Cada vez que la enorme Olga Orozco terminaba un libro decía, «creo que nunca más voy a escribir, que soy un blof». Si hasta la profundísima bruja de la poesía latinoamericana padeció el síndrome de la impostora, ya se imaginarán. Es difícil no caer en la trampa de ese trastorno, Elisabeth Cadoche y Anne de Montarlot, explican en qué consiste:
[…] Con el síndrome de impostura estamos en una variante delicada y perversa que se puede describir de la siguiente forma: cuanto más éxito tiene la persona, más duda de lo que ha conseguido. Es ahí donde reside el dolor de este fenómeno: persiste y se alimenta, paradójicamente, de los logros que la persona puede acumular. Cuanto más presente está el éxito, más crece el sentimiento de ansiedad. Triunfar aprisiona a la persona en un círculo vicioso y la incita a pensar de forma sesgada: «¡Uf! He engañado de nuevo a todo el mundo sin que me hayan descubierto; me he salido con la mía esta vez». Las pruebas visibles concretas de éxito se desbaratan de manera sistemática, incluso se critican. Cuando se necesita una dosis de duda de uno mismo para tener una visión objetiva, el sentimiento de impostura impide a la persona aceptar sus logros y ¡la convence incluso de lo contrario! Siempre piensa, por tanto, en engañar a todos respecto a su «verdadero» grado de aptitud e inteligencia. El cóctel perfecto para fortalecer su angustia. Esta es además la razón por la que este síndrome de impostura afecta a menudo a las personas brillantes.
Como vemos, a más luz, más sombra en la autoconfianza, la cual hace posible, mediante angustias, conductas erráticas, procrastinación, la autoprofecía cumplida del no soy suficiente, no merezco estos logros y ya está: no los obtengo o dejo de conseguirlos. Freud habló de esto en su ensayo, “Los que fracasan al triunfar”. La mezcla de genio, depresión, triunfo y vacío se vuelve patológica como consecuencia de una equiparación inconsciente entre el éxito en la adultez y una supuesta victoria sobre el progenitor del sexo opuesto, en la niñez. El éxito real en la vida adulta deberá ser luego sancionado como si se tratara de un crimen edípico, con su consecuente sentimiento de culpa. Esto tiene su fundamento en la sexualidad infantil y el Complejo de Edipo. Si hemos tenido la macabra sensación de que “esto es demasiado bueno para ser verdad”, enfrentamos ese problema. Se dice que la esencia del triunfo consiste en haber llegado más lejos que el propio padre, lo cual está prohibido. De allí el intenso sentimiento de culpa y la necesidad de “pagar” por ello. Lo paradójico reside en que, mientras la gente busca tener logros por sus consiguientes sentimientos de satisfacción y placer, lejos de producir alegría, algunas personas, una vez obtenida la realización de sus deseos, comienzan a sentir ansiedad, se desorganizan o bien se enferman somáticamente y no se tranquilizan hasta haber hecho añicos tales logros[1]. A veces, por desgracia, es tan grande el logro que las impostoras fracasan rotundamente, se suicidan. Algo que al patriarcado aplaude sin esconder dicho beneplácito, es más, esas heroínas trágicas de la literatura se nos ponen de ejemplo. Pero no es necesario llegar a esa muerte literal, concreta, por agua, por fuego, por aire o por tierra. No pienso solo en Virginia Woolf, Alfonsina Storni, Silvia Plath, Anne Sexton, etc. Existen muchas maneras de desaparecer, el silencio es una de ellas. Ahogar la voz es pisotear la pulsión de vida cuando el talento es una hoguera constante que no nos deja vivir. José Gorostiza se refirió a la inteligencia como una soledad en llamas. Muchas mujeres optan por la compañía venenosa cuya estupidez les quiebra la voz por miedo a ser ellas mismas, a ocupar un lugar propio, a tomar la potestad de su cuerpo sin importar lo que diga el mundo de su anatomía, de su personalidad y sus registros. No quieren dar combate. Y sí, ya sé que las feministas deberíamos erradicar ese lenguaje bélico de nuestros discursos, pero no lo creo posible cuando se trata de defender nuestra obra y nuestros cuerpos libres. Respeto la posición de Marcela Lagarde con sus banderas blancas, pero de lo que estoy hablando aquí es de la lucha entre la mujer y sus silencios, no de salir a poner bombas o exponernos para facilitarles nuestra desaparición. Claro que nos queremos vivas, pero no silentes. Recuerdo a Julio Cortázar diciendo, luego de la decepción de la utopía revolucionaria en Cuba y el caso Bonilla, que más nos vale ser los Che Guevara del lenguaje para seguir vivos. Nosotras sabemos qué batallas valen la pena y cuáles no; hasta cuándo es suficiente. Por lo regular, cuando se ha escrito hasta que el alma pide un descanso, una bocada de jardín, de playa, de cerro floreando, de desierto o de parque para pensar y sentir, de nuevo, que eso debe escribirse, que eso también es una fuga, una manera de evitar las golpizas de fondos, ¿infiernos de cultura para las mujeres?
Por cierto, Corina, Christine de Pizan, Emily Dickinson, Emily Brontë, Armonía Somers, Silvia Plath, Simone de Beauvoir, Elfriede Jelinek, Cristina Peri Rossi, Annie Ernaux, son tan sólo algunos nombres más de escritoras a quienes la crítica, u otros creadores llenos de envidia, les dijeron que ellas escribían horriblemente asqueroso.

Paco Ignacio Taibo II en La Mañanera. Foto: Presidencia de la República
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Tomado del blog “La audacia de Aquiles”, firmado por Aquileana.
https://aquileana.wordpress.com/2007/10/18/los-que-fracasan-al-triunfar/. Consultado el 9 de noviembre de 2021. ↑

