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Hablemos de migraciones: ponerse en el lugar del otro

Wilfredo Abraham Alaniz Pérez[1]

A menudo, cuando se habla de migración en México, se piensa en quienes llegan desde otros países. Sin embargo, también millones de mexicanas y mexicanos viven fuera de su tierra. Mirar ambas realidades al mismo tiempo —la de quienes llegan y la de quienes se van— permite comprender que la movilidad humana no es ajena a nadie. Cambian las fronteras, los idiomas o los destinos, pero la experiencia del desplazamiento une a todas las personas que buscan vivir con dignidad.

De acuerdo con la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), más de 12 millones de personas nacidas en México residen actualmente en el extranjero, la gran mayoría en Estados Unidos. Muchas enfrentan desafíos laborales, discriminación o miedo a ser deportadas. Al mismo tiempo, dentro del territorio mexicano, miles de personas provenientes de distintos países llegan para trabajar, estudiar o reconstruir su vida. Las experiencias son distintas, pero los retos son similares: adaptarse, encontrar oportunidades y ser reconocidas en sus derechos.

En el estado de Morelos, los datos confirman que la migración también tiene presencia cotidiana. Según la Secretaría de Economía y el INEGI, a través de la plataforma DataMéxico (con información del Censo 2020 y la ENADID 2023), las principales comunidades extranjeras provienen de Estados Unidos, España y Venezuela, y las razones más frecuentes para establecerse en el estado son la reunificación familiar, la vivienda y el empleo. Además, de acuerdo con cifras del Banco de México (BANXICO), difundidas por el Gobierno de Morelos, durante el primer semestre de 2025 la entidad recibió 556.7 millones de dólares en remesas, un incremento de 0.54 % respecto al año anterior, incluso cuando a nivel nacional hubo una caída en el envío de recursos. Detrás de esa cifra se revela un vínculo constante entre quienes se fueron y quienes permanecen: la migración como puente económico y afectivo.

La Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948) ha expresado que “Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos”. Este principio sigue siendo ineludible frente a los flujos migratorios contemporáneos. Desde la perspectiva jurídica, el principio de no discriminación y la igualdad de trato deben aplicarse a todas las personas, sin importar nacionalidad o situación migratoria. La movilidad humana plantea así una responsabilidad colectiva: garantizar derechos no solo en una norma escrita, sino también en la práctica.

Estas cifras y normas nos recuerdan que la migración no es solo un fenómeno ajeno, sino una trama de relaciones humanas que atraviesa a las comunidades. En Morelos conviven personas originarias de distintos países y, al mismo tiempo, muchas familias mantienen lazos con seres queridos que migraron. Esa doble condición —recibir y despedir— nos invita a mirar la migración con empatía y respeto.

A ello se suma que México forma parte de una región interconectada, donde los desplazamientos entre Centroamérica y el sur de México son constantes. Los caminos migratorios no comienzan ni terminan en una frontera: son redes que cruzan países y generaciones. Entender la movilidad humana desde esta mirada regional permite reconocer que cada territorio —como Morelos— también es parte de un entramado mayor, donde la hospitalidad y el reconocimiento de derechos son el verdadero rostro de una sociedad justa.

Por lo tanto, Hablemos de migraciones para recordar que nadie migra por casualidad. La movilidad humana es una respuesta a necesidades, esperanzas y desafíos compartidos. Ponerse en el lugar del otro no implica haber vivido la misma historia, sino reconocer que detrás de cada tránsito hay una persona que busca exactamente lo que todos anhelamos: vivir con seguridad, dignidad y futuro.

Imagen: UNICEF

  1. Es Doctor en Derecho y Globalización y Profesor de posgrado en la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la UAEM

Wilfredo Alaniz Pérez