

¿Por qué si México tiene un gobierno progresista un millonario como Carlos Slim, continúa comandando amplios sectores de la economía?
Una explicación a esta contradicción la aporta Maristella Svampa en su libro Las fronteras del neoextractivismo en América Latina. Desde 2000 en la región llegaron al poder fuerzas políticas autodefinidas como de izquierda que como en Bolivia, Ecuador, Uruguay y Brasil emergieron de grandes movilizaciones sociales que rechazaron los efectos del neoliberalismo.
Apareció así lo que ella denomina una “lingua franca”, es decir, la tendencia a identificar de manera casi automática populismos con izquierdas porque crearon expectativas de cambio, criticaron al neoliberalismo, iniciaron el ciclo de las transferencias monetarias condicionadas a algunos sectores de la población, en ciertos casos ejecutaron políticas de gasto social, realizaron modificaciones constitucionales en las que por primera vez se reconocieron los derechos indígenas. No obstante, estos hechos fueron insuficientes para construir sociedades en las que los grandes capitales disminuyeran su control económico.
Estas fuerzas políticas reforzaron la “lingua franca” al insistir que eran diferentes, que la era neoliberal había terminado. Gobiernos como el de Evo Morelos en Bolivia, Lula en Brasil o los Kirshnner en Argentina, dice Svampa, llegaron al poder en el momento en que los precios internacionales de las materias primas que Latinoamérica proveía al mercado mundial, tuvieron un auge. A esta época, 2002 – 2013, se le denomina el Consenso de las Commodities (mercancías), en la que la región obtuvo altos ingresos por la exportación de la naturaleza. Sencillamente la época de las vacas gordas.
Los progresismos o populismos mantuvieron la ilusión desarrollista en clave neoextractivista, esto es, profundizaron las fronteras extractivas en los países, apostaron a la exportación de productos mineros e hidrocarburos, ampliaron los territorios de agricultura de exportación y aumentaron la concentración de la tierra. El desarrollo nacional, prometieron, vendría gracias a la inversión extranjera directa, así que continuaron los megaproyectos de infraestructuras navales y terrestres, las grandes represas, la extracción de nuevos minerales como litio y tierras raras, así como la búsqueda gas y petróleo mediante el método de la fractura hidráulica.
Pero los progresismos enfrentaron límites en el momento en el que los precios de las materias primas disminuyeron y la apuesta a un desarrollo nacional basado en las ventajas comparativas de las exportaciones de materias básicas no avanzó ni un ápice. Los movimientos contra las afectaciones ambientales y la defensa de los territorios crecieron en este período. El límite de los progresismos realmente existentes, como dice Svampa, se expresó en la confrontación con estos movimientos que fueron tachados de conservadores o manipulados. Estos gobiernos dieron la espalda a estas luchas al profundizar su criminalización.

Los progresismos latinoamericanos del periodo 2000 o 2015 se pelearon con algunos grupos de poder, principalmente con poderosos medios de comunicación. Hecho que creó el espejismo de una confrontación con los poderes de derecha. Apunta Svampa que los populismos latinoamericanos del siglo XX utilizaron leguajes belicistas contra algunos sectores de la burguesía al tiempo que mantuvieron la política de pactos sociales. Los populismos- progresismos del siglo XXI, “instalaron un esquema similar, esto es, por un lado, cuestionaron el neoliberalismo, pero, por otro lado, llevaron a cabo el pacto con los grandes capitales”.
Este pacto se corrobora, en el caso de México, en que las empresas exportadoras nacionales y extranjeras tanto de materias primas, que son la mayoría, como de productos maquilados, aumentaron sus súper ganancias desde inicios del siglo XXI a la fecha. Y explica que la relación con las empresas de los patriarcas multimillonarios mexicanos, norteamericanos y canadienses trascienda los años y al gobierno” progresista” actual.

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