Los abuelos tenían razón: sanar el alma, sana el cuerpo

 

Hace algunos años tuve un trabajo tan estresante y absorbente que terminé enfermo. Las presiones, los horarios interminables y la tensión constante me pasaron la factura. Empecé a tener dolores de cuello, de espalda, de cabeza, y mi presión arterial también empezó a subir. Tomé la decisión de jubilarme. Sin embargo, mi cuerpo, acostumbrado a una vida de premuras, no aprendió a vivir despacio y siguió con la inercia de la actividad frenética. Seguía mirando el reloj a cada rato, como si el tiempo aún me persiguiera.

Con el paso de los días comencé a reconectarme con lo esencial, con el sonido del viento entre los árboles, el color del atardecer, la charla sin prisa con mis hijos y mis amigos. Mi salud mejoró sin medicamentos. La presión se estabilizó, el dolor desapareció. Fue entonces cuando me pregunté: ¿es posible que la salud dependa, en buena medida, de los pensamientos que generamos? ¿Podemos enfermarnos o sanarnos desde la mente?

La ciencia médica reconoce fenómenos como el efecto placebo, hay pacientes que mejoran al tomar una sustancia inerte, convencidos de que están recibiendo un fármaco real. No hay explicación química que lo justifique, pero el cuerpo responde. ¿Qué activa esa fuerza interior? ¿Será una forma de energía sanadora que aún no sabemos medir ni nombrar?

Desde tiempos antiguos, muchas culturas han reconocido esa energía vital. Las curanderas, los curanderos y los chamanes de México han trabajado con ella durante siglos. La ciencia moderna, al no poder observarla ni cuantificarla, la descarta como superstición. Sin embargo, lo que hoy se llama “magia” quizá sea solo una ciencia que aún no comprendemos.

El pensamiento positivista fragmentó el conocimiento en especialidades y con ello perdió la visión integral del ser humano. Lo que no se mide, no existe; lo que no se repite, no cuenta. Pero las emociones, los pensamientos, las intuiciones y las creencias también son realidades, tan determinantes como los virus o los genes.

La salud no es solo un asunto biológico. También depende de lo social, lo emocional, lo espiritual y lo ambiental. Nuestras culturas originarias lo sabían bien, para los abuelos, enfermar es perder el equilibrio con el universo, y sanar es restablecer la armonía entre el cuerpo, la mente y el entorno.

Cuando se habla de una salud desde una dimensión integral y holística, no se está negando a la ciencia, se está ampliando sus ámbitos. Porque sanar no siempre se alcanza con un medicamento, también se recupera la salud, a través de encontrar el sentido de la vida, el vínculo con el otro, el afecto, la esperanza y la paz interior.

Entender la salud desde esta perspectiva es humanizar la medicina. Detrás de cada cuerpo enfermo hay una historia, un corazón herido, una biografía que también necesita sanar.

Sobre estos saberes ancestrales y de sus puentes con la ciencia habla mi libro Las enseñanzas de don Tomás, resultado de años de investigación y diálogo con curanderos, curanderas y sabios tradicionales. Ya está disponible en versión digital y física en peronuncanosconquistaron.mx. Te invito a leerlo y descubrir otro modo de entender la vida, la salud y el misterio de estar vivos.

José Antonio Gómez Espinoza