

El ecocidio en el plan genocida contra Gaza y la exigencia necesaria de garantías de seguridad ambiental para su población en la estrategia de reconstrucción
Héctor T Zetina Vega*
La Franja de Gaza vive un ecocidio registrado cuantitativamente que permite concluir que la violencia genocida sionista no solo ha provocado pérdidas humanas de forma masiva, sino también ha comprometido de forma sistemática la capacidad del territorio para sostener la vida desde mucho antes del 7 octubre del 2023, y no solo en Gaza.
Para junio del año pasado, el Ministerio de Salud de Gaza había reportado alrededor de 37 mil muertes, pero las cifras podían estar subestimadas, según la revista Lancet, debido a las condiciones precarizadas de una infraestructura destruida en la que con dificultad se pueden rescatar, registrar e identificar los cadáveres. A finales de septiembre del 2025, y pocos días antes del inicio del mal llamado plan de paz del presidente Trump, el mismo ministerio reportó arriba de 67 mil personas directamente asesinadas por el constante bombardeo, más las que han sido sepultadas o pulverizadas por las explosiones de miles de toneladas de explosivos, que para septiembre del 2024 equivalían a alrededor de cinco bombas atómicas como las de Hiroshima y Nagasaki, según la organización Proyecto Sabar. Los datos y evaluaciones registradas en diversos informes, tanto de Naciones Unidas como de organizaciones civiles, confirma que el sionismo opera con una estrategia de racialización y brutalidad; tal como el supremacismo europeo de hace 500 años lo hacía con su dogmatismo testamentario judeocristiano.
Se han generado más de 50 millones de toneladas de escombros hasta mayo de 2025. Una masa tóxica de residuos de asbesto, plomo, titanio, material particulado, acidos y explosivos sin detonar. Se calcula que limpiar ese volumen de materiales tardaría alrededor de 22 años.
Algunos cálculos también estiman 800 mil toneladas métricas de residuos con asbesto liberadas por la demolición de edificios, un carcinógeno infalible cuando los tejidos del cuerpo se exponen de manera intensa y reiterada. Por eso actualmente la construcción con ese material está totalmente prohibido por la mayoria de las regulaciones ambientales en el mundo.

La contaminación del suelo y de las aguas subterráneas por plomo, mercurio, titanio y otras toxinas asociadas a municiones y residuos industriales ha sido documentada como de riesgo irreversible para la salud pública y la producción agrícola.
La infraestructura de agua y saneamiento ha quedado prácticamente destruida. Alrededor del 89% fue demolida por el armamento occidental puesto en las manos de los psicópatas sionistas, lo que ha derivado en descargas masivas de aguas residuales al mar; cerca de 100 mil metros cúbicos diarios al Mediterráneo cuando las plantas no pudieron bombear por falta de combustible. En febrero de este año, el agua potable disponible de uso doméstico era apenas de 5.7 litros por persona por día, una cifra que muestra la dimensión de la inseguridad hídrica, cuando el volumen de consumo diario por persona sugerido por la OMS es de 100 litros para conservar condiciones de salud satisfactorios. El ecocidio contra el territorio paelstino lleva décadas. De acuerdo con un informe de Naciones Unidas de 1992 sobre la explotación de los recursos hídricos en la Palestina ocupada, que cita a Gershon Baskin, director israelí del Centro Israelí-Palestino de Investigaciones e Información, se menciona que en el verano de 1990 la crisis en matería de agua fue de tal gravedad que en todas las aldeas de la Ribera Occidental los pozos se secaron completamente. Escribió Baskin: “La situación empeoró cuando Mekorot, la compañía de aguas de Israel, aumentó el bombeo en las llanuras del litoral (dentro del territorio ocupado) para satisfacer las demandas provenientes del calor estival”. Por supuesto, la demanda de agua de Israel, no de Palestina.
El tejido productivo de la cultura agrícola también ha sido golpeado ferozmente. Más de un millón de olivos fueron destruidos y, según evaluaciones, menos del 5% de la superficie de cultivo permanecía disponible en análisis posteriores, mientras que en marzo de 2024 se reportó que alrededor del 40% de la tierra utilizada para alimentos había sido arrasada. Destruir totalmente los medios de vida quebrando la seguridad alimentaria y sus prácticas en la memoria colectiva es parte del genocidio que se teje con el ecocidio y el epistemicidio.
Las emisiones y la huella climática del aparato miltar sionista que tiene sitiada a la Franja de Gaza desbordan su daño más allá de las fronteras políticas y simbólicas tradicionales de la región levantina: en los primeros 60 días después del 7 de octubre del 2023 superaron las emisiones anuales de 20 países y el proceso de reconstrucción podría contaminar en un año tanto como un país industrializado de la OCDE. Estas cifras ubican el ecocidio palestino dentro de la deuda climática y ambiental que los centros de poder imperial descargan sobre el Sur Global.
Desgraciadamente, la numeralia del horror expone cómo la fragmentación territorial, la reconstrucción privatizada y la administración tecnocrática propuesta en el plan neocolonial descarado de los Estados Unidos puede instrumentalizar la remediación para perpetuar el apartheid, la limpieza étnica y el genocidio. La recuperación de la infraestructura de la región, sin control local y sin criterios ecológicos vinculados a las necesidades socioculturales de su población, corre el riesgo de normalizar una ocupación permanente bajo apariencia de ayuda asistencial, como se vio justamente 20 años antes con la reconstrucción de Irak.
Entonces, la estrategia de reconstrucción, además de garantizar la seguridad humana de las y los palestinos, no puede hacerse sin consultarlos. Como la mayoría de los pueblos originarios del mundo, las comunidades palestinas históricamente han impulsado prácticas de cuidado territorial, rescate de granos, protección de especies y vigilancia ambiental que deben ser los ejes de cualquier estrategia de remediación. Exigir la responsabilidad penal a los autores intelectuales y materiales por el genocidio ecocida, que por su magnitud rebasa los límites geográficos de la zona de conflicto, implicará elaborar un inventario minucioso sobre el volumen de contaminación de los materiales residuales derivados del bombardeo indiscriminado, junto con planes de descontaminación del que tampoco puede excluirse a las y los palestinos. También se debe exigir la prohibición de técnicas de reconstrucción que externalicen el daño climático y garantías de soberanía palestina sobre sus recursos hídricos y sus tierras. Sin estas condiciones, la “reconstrucción” será simplemente la continuación de la masacre, bajo otro nombre; tanto contra los palestinos y el conjunto de los ecosistemas y bienes naturales que componen su territorio, como también contra el resto de nosotr@s.
¡Alto al genocidio del pueblo palestino! ¡Alto a la guerra contra los pueblos zapatistas!
* Académico de la UPN17A y Coordinador del Observatorio Ciudadano de la Calidad del Aire de Morelos

Imagen: Héctor Zetina Vega. Manifestación contra el genocidio en el zócalo de Cuernavaca, Morelos.

