Rage bait: monetizar el odio en tiempos feminicidas

 

¿Sabía que existe una industria del enojo? Se llama rage baiting y es, en esencia, el arte de provocar para lucrar. Consiste en publicar contenido diseñado para despertar ira, frustración o asco en los usuarios, con el fin de generar interacción y, por supuesto, ganancias. No importa si el contenido es absurdo o violento: lo importante es que enfurezca. Así, el algoritmo premia la furia y penaliza la empatía.

Desde videos que ridiculizan el feminismo hasta recetas horribles o desinformación política, porque cada clic, cada reacción, cada “¿cómo te atreves?”, es monetizable. El odio vende. Y vende bien.

Ejemplos sobran: los hermanos Logan y Jake Paul en Estados Unidos transformaron la controversia en modelo de negocio; en México, Rodrigo Iván Ontiveros —mejor conocido como El Temach y su simil El chicarito, han construido fama sobre un discurso de “masculinidad” que más bien recicla los estereotipos más rancios del patriarcado. Detrás del supuesto consejo para “hombres de alto valor” se esconde una pedagogía del desprecio hacia las mujeres.

El sociólogo Ismael Ocampo, de la organización Gendes, explica que el rage bait o rage farming son estrategias de manipulación emocional basadas en la ira, el rechazo y el asco, utilizadas para consolidar comunidades con un enemigo común. Y en este caso, el enemigo imaginariodigítal tiene rostro de mujer.

El rage bait es la gasolina de la manosfera: esa constelación de foros, podcasts y canales donde se radicaliza el machismo. Un espacio digital en el que los hombres comparten su resentimiento ante los avances feministas y lo transforman en narrativa supuestamente política.

Audre Lorde escribió que “la ira de las mujeres no destruye, aclara y confronta”. Pero la ira de la manosfera es otra: la ira del privilegio que se siente amenazado, la rabia del poder que ya no puede ejercer impunemente. Es una rabia nostálgica, una suerte de patriarcado vintage en versión digital, que se niega a aceptar que el mundo cambió.

Y lo más perverso es que las plataformas digitales no solo lo permiten, sino que lo incentivan. El fenómeno no es inocente. La nueva derecha global ha comprendido el poder del rage bait como herramienta política. Ya no necesitan discursos solemnes ni templos religiosos: basta con un video “espontáneo” desde el auto para movilizar masas de hombres que se sienten desplazados por las demandas feministas o las agendas de derechos humanos. En América Latina, esta ola ultraconservadora se traduce en una ofensiva digital que utiliza el humor y la provocación para sembrar ideologías regresivas. Lo preocupante es que este discurso encuentra eco en contextos de profunda desigualdad y violencia de género.

Los feminismos y lo digo en plural, porque no somos un bloque sino una constelación, llevan décadas desmontando las lógicas del poder, nombrando lo innombrable, señalando la raíz estructural del patriarcado. Rita Segato lo ha dicho con claridad: la violencia machista no es un error del sistema, sino su pedagogía más efectiva.

Y sin embargo, en el contexto digital, nuestras voces son constantemente caricaturizadas. Se nos acusa de exageradas, histéricas, aguafiestas. Sara Ahmed escribió sobre la figura de la feminista aguafiestas, esa que arruina la comodidad del patriarcado al señalar la injusticia.

Frente al algoritmo que monetiza la rabia, los feminismos apuestan por otra economía, la del cuidado, la memoria y la palabra. No nos interesa viralizarnos, sino transformar.

El odio es rentable, pero no sostenible y mientras ellos siembran ira para cosechar ganancias, nosotras seguimos regando la tierra para que brote la vida.

Imagen: gizmodo.com

Denisse B. Castañeda