

De acuerdo con el Departamento de Seguridad Nacional (DHS, por sus siglas en inglés) de Estados Unidos los encuentros en la frontera sur de Estados Unidos se han reducido drásticamente desde enero de 2025. Sólo en el año fiscal de diciembre de 2024 se registraron más de 300 mil encuentros, mientras que entre febrero y agosto del año fiscal en curso las cifras mensuales no superan los 15 mil encuentros. Esto se debe a estrategias cada vez más especializadas del control migratorio. Entre una de ellas, la frontera y el discurso performativo son parte de un mecanismo de deportación de busca disuadir a las personas de siquiera llegar a Estados Unidos. Aquí algunas notas.
En 2025, la frontera entre Estados Unidos y México volvió a levantarse con más fuerza, pero no solo con muros, cercas y uniformes. La frontera también se habla. Se promete, se amenaza y se proyecta. La administración Trump ha hecho del lenguaje un instrumento de control migratorio con efectos reales sobre los cuerpos y las rutas. No se trata solamente de lo que se hace en el terreno, sino de lo que se declara desde el micrófono. La consigna es emitir un discurso que tenga efectos sobre lo material.
Durante los primeros meses del año, las cifras oficiales estadounidenses reportaron descensos en los “encuentros” en la frontera sur. Sería cómodo atribuirlo al reforzamiento material, pero hay algo más: un régimen discursivo que nombra a la migración como “invasión”, equipara al migrante con el criminal y anuncia cierres absolutos. Esa gramática produce miedo, duda y repliegue. El mensaje cala antes de llegar a la línea internacional y moldea decisiones en el camino. La disuasión sucede lejos del muro, incluso antes del primer cruce.
El guion es reconocible. Frases como “we will close the border”, “the largest deportation program” o “we will send the whole family back” condensan la promesa de una mano dura que, aun cuando enfrenta frenos judiciales o límites operativos, cumple su cometido central: desalentar. No es necesario que cada anuncio se concrete por completo. La amenaza basta para producir inmovilidad o desvíos de ruta. Por eso, más que medir la eficacia solo por deportaciones o metros de muro, conviene mirar los efectos anticipatorios del discurso.
Este libreto no nace en 2025, pero se afina. La administración reactivó viejas figuras de control y ensayó otras nuevas con una fuerza comunicativa incesante. El cierre de CBP One y su reemplazo por un esquema que premia la “salida voluntaria”, la reactivación de políticas de espera en México, la presión a terceros países para contener y recibir deportados, las redadas en espacios antes considerados sensibles, y los anuncios sobre detención o traslado de “criminales peligrosos” vendrían a reforzar el teatro disuasorio. Aunque varias de estas medidas han sido impugnadas por cortes federales, el efecto ya viajó por redes sociales, estaciones migratorias y albergues. La palabra, amplificada, hace su trabajo.
Conviene subrayarlo: en materia migratoria, el decir ya es un hacer. En términos de actos de habla, cuando un presidente declara un cierre, no solo describe un deseo, ejecuta una acción simbólica con consecuencias políticas. Ese enunciado reorganiza prioridades burocráticas, legitima operativos, habilita presupuestos y guía percepciones públicas. El discurso es performativo. No se limita a representar la realidad, la reconfigura. Allí radica su potencia disuasoria.

No es menor la batalla por las palabras. Nombrar “invasión” a un flujo humano que huye de violencia, pobreza o desastres, reduce la complejidad a enemigo. Asociar migración con delito normaliza redadas indiscriminadas y detenciones preventivas. En esa operación, la “seguridad” se antepone a cualquier consideración de derechos. Y como toda narrativa eficaz, se apoya en cifras presentadas sin matices, pese a que los propios conteos gubernamentales registran reintentos, subregistros o cambios metodológicos que hacen difícil equiparar encuentros con personas.
¿Qué hacer frente a una frontera hablada que opera a distancia? Tres pistas. Primero, desmontar las metáforas belicistas con datos y contextos, sin caer en tecnicismos que desarmen la empatía. Segundo, documentar los efectos locales de esa disuasión, desde la saturación de albergues hasta las nuevas rutas que atraviesan el centro del país, porque ahí se verifican los “costos” humanos del lenguaje de seguridad. Tercero, exigir coordinación y transparencia en México: si el norte ensancha su frontera con anuncios, nuestro país no puede responder con parches ni con operativos que normalizan la excepción.
No se trata de negar que los Estados gestionan fronteras, sino de cuestionar una estrategia que apuesta a gobernar por miedo. Cuando una administración descubre que puede reducir llegadas sin invertir proporcionalmente en procesos, basta con mantener alto el volumen de la amenaza. Es más barato anunciar que garantizar, más rentable políticamente prometer expulsiones masivas que invertir en sistemas de asilo, visas temporales o cooperación real con países de origen. El resultado es un control remoto que deja a miles varados, expuestos o devueltos a contextos de riesgo.
*Momoxca, internacionalista, escritor y migrantólogo.

Imagen: BBC

