

El espejo roto: cómo la indiferencia adulta forja la violencia de mañana
Cada vez que una noticia sobre violencia juvenil, acoso escolar, o un acto de agresión sin sentido acapara los titulares, la reacción social tiende a ser la misma: un lamento generalizado sobre la supuesta pérdida de valores, la disolución de la familia y la irresponsabilidad de «las nuevas generaciones». Se les mira con decepción y con un juicio sumario, como si el futuro, que ingenuamente les hemos encomendado, ya estuviera condenado por su propia ineptitud moral.
La facilidad con la que señalamos a los jóvenes como «sin valores» o «el problema» es una de las mayores hipocresías de nuestro tiempo. Esta crítica, rápida, superficial y a menudo cargada de resentimiento generacional, actúa como un espejo que se niega a reflejar la verdad completa. Es hora de girar ese espejo y preguntarnos con honestidad brutal: ¿quién rompió el marco de valores y generó los factores de riesgo que hoy echamos en falta? La violencia, en sus múltiples y dolorosas expresiones, no es un fenómeno espontáneo en la infancia y la adolescencia; es el eco ensordecedor de una siembra negligente, pasiva y, a menudo, inconscientemente violenta por parte de la generación adulta.
Esta reflexión es un llamado urgente a la autopsia moral de nuestra propia generación. Es la hora de dejar de culpar al futuro y de asumir nuestra ineludible y activa responsabilidad en la cadena intergeneracional que perpetúa el ciclo de la violencia.
I. El inventario de la ceguera: factores de riesgo creados por adultos

La violencia que hoy observamos en la juventud se gesta y se nutre en los entornos que los adultos hemos normalizado o creado. Los factores de riesgo, lejos de ser abstracciones sociológicas, son acciones concretas—o la falta de ellas—que definen el currículum emocional de un niño niña o adolescente.
La primera y más destructiva de estas lecciones se imparte en el hogar, bajo el disfraz de «disciplina». El castigo físico o la humillación verbal crónica (gritos, insultos, desprecio constante) no son métodos para educar; son la primera y más efectiva enseñanza que un adulto imparte sobre la resolución de conflictos: «Los problemas se resuelven ejerciendo poder y causando dolor.» El niño, niña o adolescente aprende que la agresión es un modelo válido, una herramienta legítima para obtener obediencia, desahogar la frustración o imponer la voluntad. Cuando los adultos recurrimos a la fuerza para que una voz más pequeña se calle, estamos enseñando, con el ejemplo más directo, que solo vence el más fuerte, invalidando por completo cualquier lección verbal sobre diálogo y paz. Las palabras duelen y dejan cicatrices que la violencia física no siempre logra.
Pero no toda contribución a la violencia es activa. La negligencia emocional y el abandono pasivo crean un vacío que es igualmente devastador. Un niño, niña o adolescente que se siente ignorado, no escuchado, o que carece de una supervisión afectuosa y estable, desarrolla baja autoestima y una profunda sensación de inutilidad o invisibilidad. Este vacío lo hace vulnerable a buscar validación en grupos de riesgo, caer en el abuso de sustancias o, en un intento desesperado por ser visto, desarrollar comportamientos autodestructivos o agresivos. La ausencia de un adulto responsable y presente, aquella que se esconde detrás de la adicción al trabajo, al móvil o a las crisis personales no resueltas, es una forma silenciosa de abandono que grita al niño, niña o adolescente: «Tus sentimientos y tu existencia no son una prioridad.»
Finalmente, está la exposición a la violencia intrafamiliar y social. Vivir en un hogar donde la violencia doméstica es la norma, aunque el infante o adolescente no sea el blanco directo, traumatiza tanto como ser la víctima. Los adultos que permiten perpetran o ignoran la violencia en su entorno crean un «estrés tóxico» que, según la neurociencia, afecta negativamente el desarrollo cerebral de los jóvenes, alterando sus capacidades de regulación emocional y predisponiéndolos a la agresión, la ansiedad y la depresión. A esto se suma la exposición no mediada a la violencia en los medios, el fácil acceso a armas, y la normalización de la brutalidad en el espacio público. Al no proteger su entorno, los adultos estamos diseñando un ecosistema donde la violencia no es una excepción, sino la regla.
II. La paradoja de los valores: exigir lo que no se practica
Llegamos al punto de mayor fricción y contradicción de nuestro papel adulto: la paradoja de los valores. Con una mano, delegamos a la juventud la gran misión de «ser el futuro», ese que promete que todo será mejor; con la otra, les negamos sistemáticamente el ejemplo de los valores que exigimos.
Nos atrevemos a decir que la juventud ya no tiene respeto, empatía o sentido de comunidad. Sin embargo, ¿cuál es el ejemplo que les ofrecemos día tras día?
Si predicamos el respeto, nuestros hijos y adolescentes nos ven sumergidos en el pantano de la polarización política, donde el insulto fácil y la descalificación pública del diferente se han convertido en la única forma de debate. Si hablamos de compromiso social, nos ven eludir responsabilidades cívicas, tolerar la corrupción, evadir impuestos y pasar de largo ante la pobreza extrema de nuestro vecino, encapsulados en un individualismo narcisista. La juventud, que posee un radar moral mucho más fino de lo que creemos, no ve la práctica de la virtud, sino la hipocresía del discurso. Aprenden que los valores son una fachada que se utiliza para sermonear, no una brújula que guíe la vida cotidiana.
Lo más grave es la cultura de vencer, no de resolver. La vida adulta que modelamos está obsesionada con «ganar» a toda costa: vencer al colega, al competidor, a la expareja, al vecino. Esta mentalidad del «todo o nada» se opone directamente al concepto de resolución pacífica de conflictos, que requiere ceder, dialogar, negociar y buscar una solución donde el objetivo no es la derrota del otro, sino la superación mutua de un problema. Al vivir en un constante estado de «guerra» micro o macro, los jóvenes interiorizan que la fuerza (económica, física o verbal) es la única moneda de cambio efectiva, y que el compromiso y la responsabilidad social son debilidades que solo se pueden permitir los perdedores.
Al delegarles la responsabilidad de ser «el futuro» y, al mismo tiempo, dejarles un planeta en crisis, sistemas económicos agotados y una fractura social profunda, no estamos siendo justos. Los despojamos del ejemplo práctico de los valores y de las herramientas emocionales para la paz, pero les cargamos con un compromiso histórico que solo genera frustración, cinismo y, en última instancia, el combustible emocional para futuras violencias. Les exigimos lo que nosotros nos hemos encargado de no practicar.
III. El despertar de la conciencia y la reparación del compromiso
La buena noticia es que, si los adultos hemos contribuido a crear el problema, somos la única generación que puede detenerlo. El cambio no vendrá de una nueva ley o un programa escolar, sino de un profundo despertar de la conciencia y la asunción de nuestra responsabilidad activa.
La primera estrategia de prevención de la violencia es el cuidado y el modelaje activo. Dejar de castigar y empezar a modelar. Si queremos que nuestros hijos e hijas resuelvan conflictos sin vencer, debemos ser los primeros en bajarnos del pedestal de la superioridad adulta y negociar con respeto. Esto implica:
* Demostrar la disculpa: Pedir perdón a un infante o adolescente cuando cometemos un error no es una señal de debilidad; es la máxima demostración de fortaleza moral y el ejemplo más poderoso de humildad y reparación.
* Gestionar la frustración: Mostrarles cómo manejar un enojo sin gritar, cómo enfrentar un revés sin caer en la culpa de otros, y cómo dialogar incluso cuando estamos en profundo desacuerdo.
* Vivir los valores: Involucrarnos en la comunidad, denunciar la injusticia con acciones, ser íntegros en nuestro entorno laboral. El joven debe ver que la responsabilidad social no es una teoría de la escuela, sino la forma coherente de vida de un adulto maduro.
Necesitamos urgentemente sanar la herida intergeneracional. Muchos adultos replican la violencia porque nosotros también fuimos criados en ella. El ciclo donde la víctima de maltrato se convierte en perpetrador solo se rompe con la conciencia y la búsqueda activa de ayuda profesional para sanar nuestros propios traumas y patrones destructivos. Solo un adulto emocionalmente sano, que ha resuelto sus propios conflictos sin necesidad de «vencer» a su pasado, puede criar un niño, niña o adolescente emocionalmente completo, resiliente y capaz de tender puentes.
Si queremos que la juventud sea el futuro que prometa, debemos dejar de exigirles que sean mejores y empezar a exigirnos ser ejemplos. El compromiso social no puede ser un discurso vacío; debe ser nuestra práctica diaria. La responsabilidad de la paz no es un legado que se les arroja, es una semilla que se cultiva con esmero y coherencia en el día a día.
Dejemos de delegar la responsabilidad del futuro a quienes aún no tienen todas las herramientas. Volvamos a tomar las riendas del presente. El fin de la violencia no llegará cuando los jóvenes cambien, sino cuando la generación adulta asuma que el cambio comienza, ineludiblemente, con una mirada honesta al espejo y la decisión de ser el ejemplo vivo de la paz.
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