

Mario el Toche Peláez
In memoriam y una vez más con afecto a su esposa y sus hijos
Escribo esta Vagancia como homenaje a Mario el Toche Peláez, a casi 15 años de su partida, haciendo un resumen de un capítulo que escribí en el libro Andanzas, publicado por Ediciones Cal y Arena en 2021.
Quien conoció a Mario Peláez y tuvo la dicha de escuchar las historias que guardaba en su memoria, sabe que lo que contaba no eran invenciones ni falsos recuerdos, eran sus vivencias platicadas con tal frescura que invitaban a pensar que acababan de ocurrir. Yo tuve el privilegio de escucharlo muchas veces, de entrevistarlo para una serie de televisión y registrar su voz en mi pequeña grabadora como parte de un material que nutrió un libro que escribí con Ramón el Abulón Hernández, titulado El brillo del diamante.
El Toche no platicaba anécdotas, construía escenografías donde sus personajes aparecían y, sin que nos diéramos cuenta, nos transportaban a otros espacios… a otro tiempo.
Queridos radioescuchas…, ¡perdón!, estimados lectores, este no es un texto sobre beisbol, sino sobre su mejor conversador. Siempre he pensado que un gran conversador debe condimentar su plática con inteligencia, imaginación, ironía y la cadencia al hablar que hace que el sentido del humor sea una sorpresa. Mario el Toche Peláez era un maestro en mezclar estos ingredientes. Quiero volver a compartir, pensar e imaginar que escucho su voz al leer estos relámpagos salidos de su ingenio.

Mario aprendió desde joven a tirar la bola de nudillos y, como profesional, fue siempre un experto en ese lanzamiento. Logró ser reconocido por los grandes bateadores como el mejor lanzador de esa pichada, lo que lo volvió una estrella y el mejor pícher cerrador de su época.
Deseo presentar esos relatos de el Toche como a él le hubiera gustado, como si fueran las entradas de un juego de pelota.
Play ball! Los peloteros y mánagers cubanos que llegaron a México han sido uno de los aportes más importantes para nuestro beisbol. Pero sin duda el más recordado por su sentido del humor caribeño fue Tony Castaño. Dejemos al Toche que nos lance este strike al hablar de este gran manejador.
“Una vez, cuando Tony dirigía al Puebla, se enfrentaban a los Sultanes de Monterrey. Siempre antes de iniciar un juego Tony tenía la costumbre de reunir a sus jugadores para repasar el orden al bat del equipo contrario. En esta ocasión lo hizo de esta manera: ‘Primer bate, Burnett, hay que tirarle pegao. Segundo, el Yaqui Ríos, tírenle afuera para que no batee para su banda. Tercero en el orden, Vinicio García, hay que lanzarle variao: abajo, curva, recta afuera, cambio de velocidad, en fin. Cuarto bate, Espino, una cero… ¿quién sigue?’. Ese era el respeto que le tenía al mejor bateador mexicano de todos los tiempos, Héctor Espino”, subrayaba el Toche.
El juego avanza de esta manera cuando Mario nos comparte las siguientes estampas de algunos ampáyeres, que fueron también la chispa del beisbol mexicano. Si no lo creen, escuchen… ¡perdón!, lean lo siguiente.
Dos estampas de Antonio Páramo, el ampáyer que, por su sentido del humor, su picardía y su lenguaje no podía negar su origen veracruzano. “Una de sus muy famosas ‘barbaridades’ se la inyectó a mi compadre —dice …—, al zurdo Eduardo Escalante, en el puerto de Veracruz, en un juego muy cerrado. La situación era tensa: tres bolas y dos strikes. Entonces viene el lanzamiento en la esquina de afuera, el bateador se mantuvo quieto. Páramo sentencia a toda voz: ¡A la base! El zurdo dejó caer el bat con desdén y con estilo empezó a caminar hacia primera, cuando el mordaz ampáyer culminó la frase con un giro verbal: “¡A lava’se las nalgas, que fue buena!”.
La segunda estampa, que personalmente me parece que rebasa el beisbol y se puede aplicar, por imperiosa necesidad, en muy diversas situaciones, es lo que le gritaba Páramo al bateador que se ponchaba sin tirarle: “¡Cántatela tú mismo, con regla, plomada y nivel!”.
Otro hombre que vestía de azul era el Chino Ibarra, homónimo, por cierto, de un trompetista que hizo época. De ese ampáyer son estas estampas sacadas del arcón del Tochón (como también se le decía a Mario con cariño). Ocurrió en la segunda base, ante una jugada controversial: resulta que el ampáyer marcó out al jugador que se barrió en segunda e inmediatamente, como impulsado por un resorte, salió de su caseta el Toche —quien era el mánager—a reclamar la decisión. El diálogo, naturalmente, fue áspero y corto; el mánager argumentaba: “Fue un safe clarísimo, lo tocó en el casco y sus pies ya estaban en la almohadilla”. El de azul le responde “Fue out, no discutas”, pero el mánager replica todavía más enojado y para terminar la discusión el Chino lo lapida: “¿Quieres saber si fue out? Compra el periódico mañana”.
La última entrada. Hay jugadas que no se olvidan nunca. Esta narración la hizo el propio Mario en un programa de radio el día que se celebraba un aniversario del triunfo que le dio el campeonato al Córdoba. Transcribo sus palabras:
“Para el quinto juego, con la serie empatada a dos juegos por bando, los Saraperos de Saltillo mandaron a la loma de picheo a Andrés Ayón quien en esa temporada había ganado 22 juegos. El encuentro estaba empatado cero a cero en el noveno inning. Ayón lanza una bola bajita, en el límite de la esquina de afuera. Pancho Alcaraz, ampáyer, la marca bola y después ganamos ese juego.”
“Diez años después, un día, al terminar un partido en el Beisborama, estaba platicando tranquilamente con mi amigo Arturo Carretero, cuando de pronto a ambos nos llamó la atención una persona que llevaba un buen rato sentada atrás de home, sola y sin moverse. Entonces Carretero, intrigado, fue a ver quién era. Al ver al hombre lo reconoció de inmediato, era Andrés Ayón. Lo saludó y le preguntó: ‘¿Qué haces? ¿En qué estás pensando tan concentrado todo este rato?’ Con un gesto de enojo, el gran pícher le contestó: ‘¡Que fue strike, coño! Pancho Alcaraz se equivocó, era buena, la puse en la esquina’.”
La emoción de los extra innings. Como final del homenaje a mi querido Toche me atrevo a salir del bullpen para caminar pausadamente hasta la loma de picheo e intentar cerrar este juego como se debe. Cuatro años después de su retiro como jugador profesional, Mario Peláez Dior volvió a tirar otra pelota en un juego oficial de la Liga Mexicana. Fue un sábado de abril de 1973 por la tarde. Se requirió un permiso especial del Comisionado, pues Toche ya no era un jugador en activo, pero había una razón personal y profunda por la cual no se lo podían negar. Ese día, el Toche tiró sólo una entrada que retiró en orden como era su costumbre. Fue Antonio Villaescusa quien bateó una rola al cuadro para el tercer out, el último en la vida de Mario Peláez como pícher. Al consumarse esta jugada en la almohadilla de primera base, el Toche lanzó su mirada hacia un solo lugar en la tribuna, se quitó la gorra a manera de saludo y dirigió su sonrisa hacia la butaca que era ocupada por su padre, el viejo ferrocarrilero que nunca había visto pichar a su hijo, y que días antes le había pedido que le cumpliera ese gusto guardado por años: verlo, vestido de pelotero, lanzar una pelota.
Hoy, en su ausencia, sigo hablando con él y algunas veces celebro su recuerdo, repitiendo en voz alta una versión personal de la Elegía a Martín Dihigo de Nicolás Guillén, donde habla de la pelota lanzada, ya la última.
Gracias, Tochón, por lo que nos diste a todos los que te conocimos, querido contador de historias.
*Bailarín tropical, apasionado de viajes, bares y cantinas, que desea que estas Vagancias semanales sean una bocanada de oxígeno, un remanso divertido de la cotidianidad.

Imagen cortesía de autor

