

El cauce de la memoria
El 21 de septiembre de 1629 cayó un diluvio de casi cuarenta horas seguidas que dejó a la Ciudad de México convertida en laguna, y tardó cinco años en volver a secarse. Las crónicas cuentan que el agua alcanzó más de dos metros de altura, y que cerca de 30 mil personas murieron, las enfermedades se propagaron y las calles se transformaron en canales por donde navegaban canoas como en la antigua Tenochtitlan. Aquella tragedia no fue solo una tormenta, sino la consecuencia de siglos de decisiones equivocadas: una ciudad levantada sobre un lago, con la ilusión de dominarlo, terminó recordando que la naturaleza no se somete, se reconoce en nosotros.
Casi cuatrocientos años después, la historia parece repetirse, aunque con escenarios distintos. Las recientes inundaciones en San Luis Potosí, Puebla, Morelos, Querétaro y Veracruz nos recuerdan que seguimos caminando sobre el mismo filo que los habitantes de la ciudad prehispánica. Las imágenes de calles convertidas en ríos, familias evacuadas, deslaves y daños irreparables en viviendas o cosechas son ecos modernos de aquel diluvio colonial. A pesar de los avances tecnológicos, los radares meteorológicos y las instituciones de protección civil, seguimos reaccionando más que previniendo. Seguimos pensando que el desastre llega de golpe, cuando en realidad se anuncia con tiempo: con suelos erosionados, drenajes obstruidos, ríos sin mantenimiento y montañas taladas. La naturaleza da señales, pero las hemos aprendido a ignorar.
En 1629, el virrey Rodrigo Pacheco y Osorio, guiado por el ingeniero Enrico Martínez, tomó decisiones apresuradas que sellaron el destino de la ciudad. Ordenó cerrar el desagüe de Huehuetoca para protegerlo de la lluvia, sin prever que eso impediría el flujo del agua. Cuando quiso revertir la orden, ya era tarde: el valle se había convertido en una laguna. Hoy, salvando las distancias, los errores se repiten con otros nombres. La falta de planeación urbana, los permisos de construcción en zonas de riesgo, la deforestación y la sobreexplotación del suelo urbano son decisiones modernas que producen los mismos efectos: inundaciones previsibles, pérdidas humanas y un ciclo de reconstrucción que nunca termina.
La naturaleza no distingue entre siglos ni tecnologías. Solo responde a la manera en que la tratamos. En San Luis Potosí, las lluvias recientes desbordaron ríos que habían sido reducidos por el crecimiento urbano; en Puebla y Veracruz, la tala indiscriminada ha dejado las montañas vulnerables al deslave; en Querétaro, el avance de las zonas residenciales sobre antiguos cauces naturales ha creado trampas de agua donde antes había caminos de escorrentía. En Morelos, la tierra saturada por semanas de lluvia recordó los límites de la construcción humana: los cerros cedieron, los ríos reclamaron su curso y las ciudades quedaron a merced de su propio terreno.

La historia demuestra que quienes saben leer las señales de la naturaleza pueden anticiparse. Los pueblos originarios del Valle de México lo hicieron: entendieron que el agua no se combate, se conduce. Construyeron diques, chinampas y canales que permitían convivir con las crecidas. Cuando los conquistadores destruyeron esos sistemas, creyeron que podían “secar el lago” y ganar tierra firme. El resultado fue un desastre monumental. Hoy, el error se repite cuando llenamos de concreto los humedales, desviamos ríos o ignoramos los ciclos del clima. La creencia moderna en el dominio absoluto del entorno sigue siendo una ilusión peligrosa.
El agua siempre vuelve, como una memoria que se niega a ser borrada. La inundación de 1629 y las de hoy comparten una misma raíz: la falta de previsión. Frente a la fuerza inagotable de la naturaleza, la verdadera modernidad no consiste en contenerla, sino en convivir con ella. Mientras las lluvias sigan cayendo sobre ciudades mal preparadas, el eco de aquel diluvio colonial seguirá resonando en cada tormenta, recordándonos que la historia no se repite por azar, sino por desatención. Y que, al final, el agua siempre encuentra su camino, aunque nosotros sigamos empeñados en seguir el nuestro.

Gárgola felina en la calle de Motolinía de la Ciudad de México que indica el nivel que alcanzó la inundación en 1629. Imagen de archivo cortesía del autor.

