Esta mañana un viento fresco recorre la habitación del hotel. Estamos a tan solo unos pasos del zócalo de Cholula, Puebla. Ayer tocamos en un club famoso de jazz. La gente se entusiasmó después del primer set y, poco a poco, fue saliendo de su escondite personal, de esa coraza de vergüenza que nos enseñan desde chicos y que cargamos como si fuera un chaleco al hombro. Al cabo de un rato, medio club —casi todos— estaba bailando con nuestra música. Casi todos, digo, excepto los de la primera fila. Frente al escenario había tres mesas ocupadas por personas bien vestidas; en su mayoría eran parejas refinadas que bebían vino tinto: los hombres con saco y mocasines, las mujeres con maquillaje y vestidos de fiesta.

Es una lástima que no se permitieran soltarse. ¿Por qué cuesta tanto hacer a un lado la silla y comenzar a bailar? ¿Por qué crecimos con la cruz de que el disfrute en público está mal? Corrijo: de que expresar emociones en público está mal. Todo aquello que escape a la sobria tibieza de la banqueta está mal. Todos esos “¿bien, y tú?” no son más que una forma de mantener la cuerda intacta, de no incomodar al otro. Es una lástima. Estoy seguro de que hubieran disfrutado bailar.

Hace unos días mi papá me contó que, saliendo de una visita de rutina al médico, se encontró a un amigo suyo en medio del pasillo del hospital. A pocos metros del encuentro, el amigo apresuró el paso y lo abrazó con fuerza. No era un saludo normal. Inmediatamente lo tomó del brazo y lo jaló, casi con violencia, hacia un baño cercano. Una vez a salvo del ojo público, en ese miserable baño de hospital, el hombre se soltó a llorar a cántaros mientras gritaba:

—¡Raúl, mi mamá! ¡Mi mamá, Raulito, se acaba de morir! ¡Mi mamá, mi mamá…!

Mi papá lo sostenía como podía, mientras el hombre se acurrucaba en su pecho y le empapaba la camiseta con lágrimas. A su lado entraban hombres desconcertados por el espectáculo, a mear o a cagar, mientras ese pobre hombre acababa de enterarse de que su madre había muerto.

Lo triste de todo esto es que ese hombre no pudo quebrarse a la mitad del pasillo del hospital. Tuvo que buscar un refugio, un rincón junto a un mingitorio, para poder hacerlo.

Un cierto cantante con el que trabajé durante años desafinaba mucho al intentar alcanzar notas altas. Después de tejer los puentes de la amistad y la confianza, me contó —con mucha discreción— que, de niño, su papá se enojaba muchísimo cuando él gritaba.

Que los niños griten es normal; lo que no es normal es que tu papá se saque el cinturón y te dé una paliza porque gritaste mientras corrías. Lo que él aprendió fue que su voz aguda, o parecida a un grito, era el preámbulo de una golpiza por parte de quien se supone debía cuidarlo. Por eso, su voz temblaba cada vez que intentaba alcanzar esas notas, como temblaba de miedo cuando era niño.

Y así vamos todos, con heridas, como árboles doblados por la vida, intentando vivir.

Intentando no quebrarnos la voz al cantar.

Intentando bailar cuando nadie nos ve.

Intentando encontrar a un amigo en medio de un hospital para poder llorar un poco.

Ayer fue el Día Mundial de la Salud Mental.

Qué importante es cobrar conciencia y perspectiva de lo que somos. Es la única manera de romper el hechizo, la única forma de levantarnos de esa mesa y empezar a bailar.

Andrés Uribe Carvajal