Muchos siglos después de haberla considerado asociada más a posesiones diabólicas o castigos divinos; la humanidad por fin empezó a identificar, hace menos de ochenta años la falta de salud mental como una afectación del juicio o la razón derivada la de pérdida de conocida popular e inexactamente como locura, ya sea por motivos fisiológicos y psicológicos.

Aunque poco atendidos, de acuerdo con las cifras de la Secretaría de Salud del Gobierno de México, el nueve por ciento de la población adulta en el país padece algún problema de salud mental, una proporción que, en Morelos significaría por lo menos 144 hombres y mujeres mayores de 18 años. Pero entre el consumo de sustancias, el ritmo de la vida, el contacto con realidades poco edificantes y hasta el uso frenético de tecnologías, la incidencia de padecimientos mentales va en aumento.

Cada año desde el 1992, el 10 de octubre se celebra el Día Mundial de la Salud Mental, a propuesta de la Organización Mundial de la Salud (OMS), como una busca por concientizar a las instituciones de salud, los gobiernos y la sociedad en general sobre los problemas de salud mental en todo el mundo y movilizar los esfuerzos para su atención. No es una gesta fácil, sobre todo si se considera la concepción histórica que se ha dado a la salud mental en el mundo.

Esas son cosas del diablo, o del encierro

Desde los pueblos originarios, los trastornos en la salud mental eran concebidos como alteraciones del orden personal, social y moral provocadas por fuerzas sobrenaturales o divinas. Estudios del Instituto Nacional de Antropología e Historia explican que para los pueblos mesoamericanos de la época prehispánica pensaban que ciertos trastornos mentales se debían a la influencia de los dioses y la pérdida de la esencia vital. El mal tenía su origen en el corazón o la desviación de la razón, y entonces los pacientes eran excluidos y tratados con exhortos verbales y remedios para reparar el corazón y corregir el comportamiento.

La conquista no mejoró las cosas. En la época de la Colonia, la atención a la salud mental la atención a la salud mental combinó el conocimiento prehispánico tradicional con las creencias religiosas europeas, aunque la falta de efectividad de la mayoría de los tratamientos derivaría después en largos y hasta definitivos confinamientos que olvidaban el problema y su posible cura, para en cambio castigar al paciente en reclusiones que no diferenciaban a enfermos de delincuentes.

La tradición del encierro, documentada ampliamente en la historia de la época clásica se extendió hasta los siglos XIX y XX. Las prácticas generaron toda suerte de historias de terror real que poco a poco serían recogidas por la mitología en la literatura y la cinematografía.

El enorme rezago mexicano

En México, por ejemplo, la narrativa popular, pero también los documentos históricos narran horrores cometidos en el Hospital San Hipólito y el manicomio de La Castañeda, éste último cerró sus puertas hasta 1960.

A mediados del siglo XX, con los avances en el conocimiento de la enfermedad mental, en México abrió el Hospital Psiquiátrico Fray Bernardino Álvarez que presentó avances en los modelos de atención humanizándolos y ofreciendo terapias ocupacionales, y talleres. El nuevo paradigma serviría también como referencia para la atención psiquiátrica en el país durante las últimas décadas del siglo pasado.

Pero el avance terapéutico ha tenido muy bajo impacto. María Elena Medina-Mora, investigadora de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) colaboró en un estudio de la Universidad de Harvard que estima que a los 75 años la mitad de la población mundial habrá tenido algún trastorno mental.

El estudio del que da cuenta la Gaceta UNAM de agosto pasado, advierte también que en materia de padecimientos mentales que requieren atención, “México ocupa el último lugar respecto al tiempo que transcurre entre el inicio de la enfermedad y el momento en que se recibe tratamiento, con un promedio de 14 años; y el penúltimo sitio, cuando se trata de personas que tienen acceso a tratamiento”.

Crecen los espacios de atención, menos que la incidencia de los padecimientos

Actualmente en Morelos existen decenas de centros de módulos de salud mental públicos y privados en diversos municipios; pero parecen ser insuficientes.

Reportes de la Secretaría de Salud calculan en 28 mil las atenciones por trastornos mentales en el estado, enfocadas principalmente a casos de depresión, ansiedad y psicosis crónica; más del 40% de las consultas estatales ocurren en la región oriente del estado que agrupa alrededor del 30% de la población total del estado.

Y aunque los estudios generales no parecen asociar la salud mental con el género (la prevalencia de la enfermedad mental es de 28.6% en hombres y 29.8% en mujeres, según el estudio de Harvard); cuando se refiere a tipos de padecimiento, en Morelos la proporción de mujeres que sufren depresión (19.5%) representa el doble de los hombres (9.8%).

El aumento en personas que padecen trastornos mentales (o por lo menos de quienes buscan ayuda para atenderlos) también ha ido en aumento. Entre 2000 y 2007. 2 mil 649 pacientes buscaron tratamientos ambulatorios. En contraste, sólo en el periodo de la pandemia 2021, se registraron 28 mil atenciones de psiquiatría y psicología en unidades estatales; y más de cien mil mujeres de Morelos buscaron ayuda por depresión entre 2020 y 2025.

La “ayuda” en forma de sustancias

A pesar de las reformas legales y las políticas públicas orientadas a mejorar la salud mental que se han implementado en las últimas décadas, no todos los pacientes llegan a buscar ayuda.

El Estado ha hecho esfuerzos relevantes, aunque aún no suficientes, para garantizar el acceso a servicios de calidad en salud mental con oferta profesional suficiente; implementa programas preventivos en todas las etapas de vida: infancia, adolescencia, adultez y envejecimiento, promoviendo la educación emocional, resiliencia y autocuidado; empieza -desde este sexenio- a atender factores de riesgo asociados como violencia, discriminación y exclusión social; e incluye la salud mental en programas educativos, con énfasis en bienestar en escuelas y comunidades.

En paralelo, el consumo de fármacos y sustancias adictivas como paliativos para malestares emocionales ha aumentado de forma relevante, aunque se mantiene por debajo de la media nacional. El 0.4% de la población de Morelos presenta patrones de dependencia de sustancias; principalmente el alcohol, tabaco, mariguana y metanfetaminas. En los últimos años, el consumo de alcohol ha descendido un poco y en contraste aumentaron los de tabaco y mariguana.

En 2024, el 53% de los usuarios de sustancias consumieron alcohol; 27.49% tabaco; 14.78% mariguana; 1.8% alucinógenos diversos; 1% opio y morfina; 0.3% anfetaminas; 1.4% crack. Los hombres muestran una mayor prevalencia al uso de sustancias psicoactivas.

Y aunque en el plano estatal las cifras están por debajo de la media nacional; Cuernavaca, Jiutepec, Cuautla, Temixco, Emiliano Zapata y Yautepec son municipios donde se muestra un consumo de sustancias mayor que la media nacional, y también que presentan índices mayores de padecimientos de salud mental.

La tecnología, el otro gran riesgo para la salud mental

Con todo el aporte al conocimiento y la creación de una nueva sociedad en la que todos estuviéramos incluidos, lo cierto es que aquél esplendoroso futuro que se planteaba al inicio del nuevo siglo con la sociedad hiperconectada ha resultado en riesgos enormes.

Los estudios clínicos y epidemiológicos sobre el impacto de las nuevas tecnologías en la salud mental reconocen los efectos negativos de las pantallas y las redes sociales, entre ellos “el aislamiento social, la ansiedad y el estrés, la comparación social que afecta la autoestima, y trastornos del sueño”.

La vertiente de investigación en la materia advierte que “el uso constante de dispositivos electrónicos y redes sociales puede generar una sensación de estar siempre ‘conectado’, lo que impide desconectar y relajarse, aumentando los niveles de estrés y ansiedad”.

Adicionalmente, hay una suerte de impostura en las redes sociales que promueven vía sus algoritmos “imágenes idealizadas” que fomentan la comparación social negativa, contribuyen a la insatisfacción y afectan la autoestima, especialmente en los jóvenes, lo que puede derivar en síntomas depresivos.

En términos de salud mental ya se reconoce la existencia de un “estrés tecnológico o tecnoestrés, causado por la sobrecarga de información, interrupciones constantes y la presión por estar disponibles digitalmente”. Los efectos de tal estrés se traducen en fatiga visual, insomnio, irritabilidad y problemas de concentración, y provocan daños en la salud mental y física.

Los estudios evidencian que el uso excesivo de las nuevas tecnologías, particularmente las redes sociales, puede empeorar las relaciones sociales y aumentar la irritabilidad y el aislamiento, incrementando el riesgo de depresión y pensamientos suicidas.

Por supuesto que se trata de herramientas necesarias por lo que es necesario avanzar en el “uso equilibrado y consciente de las tecnologías para mitigar estos riesgos”.

La Universidades de Cambridge y la de San Francisco, han realizado estudios que establecen una relación entre problemas de salud mental y el uso de redes sociales. En la primera, la investigación establece que los jóvenes con trastornos psicológicos como ansiedad y depresión, suelen pasar hasta 50 minutos diarios más conectados a redes sociales; además muestran altos grados de insatisfacción, tendencia a comportamientos negativos, y cambios de humos relacionados con sus interacciones en redes sociales.

En San Francisco, se estableció que “el incremento en el tiempo dedicado a redes sociales durante la adolescencia temprana está prospectivamente asociado con un aumento del 35% en síntomas depresivos al cabo de tres años”.

Una guía para la desintoxicación digital

El problema es que las nuevas tecnologías y las redes sociales, plantean un estado de intoxicación y tienen las características de una adicción, por lo que los expertos proponen una guía para lograr la desintoxicación digital y lograr una mejora en la salud mental mediante la reconexión con la vida real.

  1. Deben definirse objetivos claros fundados en las razones personales para desconectarse que incluyen un menor estrés, mejorar el sueño y aumentar la concentración; esas metas deben ser realistas, para lo que se sugiere establecerlas de forma gradual.
  2. La identificación de hábitos digitales poco saludables también ayuda. Para ello es conveniencia preguntarse si se revisa el móvil automáticamente, se siente ansiedad sin el dispositivo, o si se pasa en redes sociales más tiempo del planeado.
  3. Es conveniente también establecer límites claros de uso y delimitar zonas sin dispositivos, como las áreas de convivencia familiar, los espacios de estudio y entretenimiento, los dormitorios. No usar el móvil durante la comida es un buen principio.
  4. Para evitar interrupciones en el proceso, es necesario desactivar las notificaciones y controlar el uso. También existen aplicaciones que permiten medir el tiempo de pantalla para tener conciencia del uso y motivar la autorregulación.
  5. Otro consejo útil de los expertos es programar tiempos específicos para revisar correos, redes sociales o mensajes; para así evitar la navegación sin propósito ni interrupciones constantes.
  6. El tiempo en pantalla se puede sustituir con actividades más saludables como el ejercicio, la meditación, la lectura, las actividades manuales y otros pasatiempos que permiten enriquecer el tiempo de ocio y romper la dependencia tecnológica.
  7. Estos logros se consiguen más fácilmente con el apoyo de la familia amigos, así que deben compartirse con ellos los objetivos, esto permitirá recibir apoyo y evitar tentaciones, además de compartir actividades juntos.
  8. También es importante crear entornos propicios para la desconexión en los que no se permita la entrada de teléfonos y otros dispositivos, como baños, salas de estar, recámaras, balcones y terrazas y hasta jardines.

Reducir la dependencia digital es vital para mejorar la salud emocional y física, y mantener una relación de equilibrio que permita no ser esclavizados por la tecnología.

Daniel Martínez Castellanos