Hertino Avilés Albavera*

La sociedad moderna, a menudo, se presenta como un escenario donde las relaciones de poder y dominación son evidentes en formas de violencia física, económica o institucional. Sin embargo, Pierre Bourdieu explica otra forma de violencia, la cual consiste en ser menos visible pero igual de efectiva: la violencia simbólica.

La violencia simbólica, en su esencia, consiste en la imposición de valores y conocimientos que parecen verdaderos y universales, pero que en realidad sostienen y perpetúan el orden social establecido, la gran fortaleza de esta forma de violencia radica en que no necesita recurrir a la fuerza física; en cambio, se ejerce sobre los pensamientos, percepciones y sentimientos de los individuos, quienes, en la mayoría de los casos, la aceptan sin cuestionarla. Como señala Bourdieu, esta violencia se encarna en las instituciones, en los discursos y en los rituales cotidianos, configurando lo que consideramos “normal”, aunque en realidad sean constructos sociales que benefician a determinados grupos sociales.

Se observa en todos los ámbitos de la vida social: la cultura, el trabajo, la política, la religión y las relaciones interpersonales. Por ejemplo, en lo cultural, los saberes, valores y gustos que una sociedad considera superiores o correctos operan como un terreno donde la dominación se disimula. La estética elegida, la lengua o acento hablado, los conocimientos que se juzgan útiles, todo ello integra un sistema simbólico que legitima jerarquías sociales. Estos símbolos, aunque parezcan inofensivos, actúan como poderosas herramientas de control, pues ocultan y perpetúan desigualdades estructurales.

Una de estas desigualdades la vemos proyectada en la violencia de género, en donde en las instituciones, en la educación, en la familia y en la cultura transmiten y refuerzan patrones de conductas subordinados y roles de género estereotipados.

El micromachismo constituye una manifestación imperceptible pero persistente de la violencia simbólica: se presenta en expresiones, actitudes o gestos cotidianos que pasan desapercibidos, pero que reflejan y refuerzan la desigualdad entre mujeres y hombres, hasta naturalizarse.

Los medios de comunicación son agentes fundamentales en esta reproducción simbólica: no solo cosifican a las mujeres y exaltan estereotipos de belleza acordes con el contexto sociocultural, sino que además las ubican en roles subordinados, restringidos al ámbito doméstico y al cuidado, como puede observarse en la publicidad de productos de limpieza, electrodomésticos, alimentos, etcétera.

*Doctor en Derecho por la Universidad Autónoma del Estado de Morelos; comisionado presidente del Instituto Morelense de Información Pública y Estadística (IMIPE) y profesor universitario.

Imagen: lavanguardia.com

La Jornada Morelos