

CUANDO LA POLÍTICA PESA MÁS QUE LA VIDA
El pasado 13 de septiembre, el hijo de un amigo fue ingresado al Hospital General “Dr. José G. Parres” tras sufrir una fractura de clavícula. Después de dos días le indicaron que debía comprar un kit quirúrgico porque el hospital carecía de ese material para realizar la operación. Esa instrucción, que revela el desabasto de insumos, fue apenas el primer golpe de una cadena de omisiones que pusieron en riesgo la salud de su hijo.
Durante tres días la familia esperó con paciencia y angustia a que se programara la cirugía. Sin embargo, llegó el 16 de septiembre y nada ocurría. Desesperado, ese día 16, mi amigo me buscó, para preguntarme si conocía a alguien que pudiera ayudar a destrabar el procedimiento y operaran a su hijo.
Durante el proceso de buscar algún apoyo, tuve acceso a un comunicado que los trabajadores de salud enviaron al secretario de salud del estado, donde de manera urgente se le señala que a las 00:00 horas de ese mismo día, había vencido el contrato con la empresa que presta el servicio integral de anestesia a los hospitales de Morelos. Sin anestesia no se podrían realizar cirugías en la entidad.
¿Cómo entender que un trámite tan esencial no se haya atendido con la urgencia que lo amerita; cómo explicar que el sistema se paralice por un contrato no renovado? En verdad indigna ver cómo la burocracia y la desidia administrativa impactan en la salud y la vida de los morelenses.
Por si lo anterior no bastara, ese mismo 16 de septiembre, cuando los hospitales reciben muchas emergencias debido a accidentes viales, caídas o riñas, se giró la instrucción para que parte del personal participara en el desfile conmemorativo. El Hospital Parres (del resto no tengo información) quedó reducido a una plantilla mínima, porque estaban participando en el desfile.

AMLO aseguró una y otra vez que México tendría un sistema de salud como el de Dinamarca; aunque, después, corrigió y aseguró que sería “el mejor del mundo”. En su reciente informe, la presidenta Claudia, afirmó que no existe desabasto y que más del 90 % de los medicamentos se han atendido.
La realidad contradice esos dichos. ¿Cómo hablar de un sistema ejemplar cuando los hospitales no pueden operar por falta de anestesia, cuando se exige a las familias comprar insumos básicos y cuando los trabajadores son enviados a marchar en lugar de atender pacientes?
La contradicción es brutal. La salud pública, en lugar de ser prioridad, queda supeditada a intereses políticos y a la escenografía del poder. Mientras se proclama en tribunas que el sistema funciona de maravilla, en los hospitales la gente sufre el desamparo de un Estado que no garantiza atención médica oportuna y digna.
Es alarmante la falta de sensibilidad humana de quienes dirigen el sector. Que los responsables de salud en el estado den prioridad a que el personal desfile para agradar a la gobernadora, en vez de atender la urgencia de miles de pacientes que dependen de una cirugía, habla de un sistema que se ha desviado de su misión fundamental.
Ante esta realidad, la pregunta es inevitable, ¿los políticos nos mienten para sostener un discurso que no resiste la realidad, para conservar el poder o para maquillar el fracaso? La mentira política no solo es cinismo, es una forma de desprecio hacia la sociedad que sufre lo contrario de lo que se proclama.
Un sistema de salud que suspende operaciones por falta de anestesia y que ordena a su personal asistir a un desfile desatendiendo a los pacientes, revela una absoluta falta de la responsabilidad ética de proteger lo más sagrado, la vida humana.
Ante esto, el silencio no es opción.

