De la hermanastra fea y el putrefacto patriarcado

En La hermanastra fea (The Ugly Stepsister, 2025), ópera prima de Emilie Blichfeldt, el mito de Cenicienta se vuelve un espejo grotesco de la belleza como mandato..

La directora recupera la crueldad de los hermanos Grimm donde la hermanastra mayor se corta dos dedos del pie y la menor se corta el talón para encajar en la zapatilla y la lleva al extremo: narices quebradas, o gusanos ingeridos como método para adelgazar.

Lo que parece body horror es en realidad el horror cotidiano de las mujeres frente a un mandato tan viejo como el cuento: el cuerpo femenino debe deformarse para caber en el deseo masculino.

Aquí, ni Elvira ni Agnes son las villanas de manual, ni Cenicienta es la heroína dulce que Disney nos vendió. Las cuatro mujeres (Cenicienta, la madrastra y las hermanastras) encarnan distintas estrategias de supervivencia en un mundo donde el único capital de vida es un cuerpo joven, virginal y “perfecto”.

Pero, ¿quién sostiene realmente la fealdad? La película sugiere que no es Elvira, a pesar de su obsesión por encajar; ella es la ingenua que se mutila para alcanzar un amor que nunca existirá. La verdadera fealdad habita en esta Cenicienta endurecida, incapaz de ternura, y la madrastra, ambas guardianas de un sistema que no permite alianzas entre mujeres. En su frialdad hay cálculo, si el trono es limitado, cualquier pacto de sororidad se percibe como amenaza.

Elvira, en cambio, representa el sacrificio inocente. Su cuerpo, invadido por el gusano que promete adelgazarla, se convierte en una metáfora brutal del patriarcado: un parásito que devora desde adentro mientras susurra que todo sufrimiento valdrá la pena si logras entrar al imperio del agrado, no importa cuánto se pierda, cabello, salud, identidad, el ideal siempre exige más.

La metamorfosis grotesca de Elvira no es fantasía, es una amplificación de las dietas extremas, las cirugías y los filtros digitales que hoy normalizamos.

Entre las escenas que me parecieron perturbadoras fue el padre_cuerpo putrefacto del patriarcado que sigue alimentando un sistema de dominación. La familia, la tradición, el banquete de la realeza se nutren de ese cuerpo en ruina. Comer de esa mesa es aceptar, aunque sea inconscientemente, que la herencia masculina sigue contaminando todo lo que consumimos.

De ahí la pregunta que me hice al salir de la película ¿qué habría pasado si la madrastra, Cenicienta y las hermanastras hubieran elegido aliarse para sobrevivir juntas? La directora parece decirnos que la verdadera revolución no está en conquistar al príncipe, sino en romper el hechizo del aislamiento.

El horror de La hermanastra fea no se reduce a las escenas de mutilación; su mayor golpe es recordarnos que estas violencias no son ficción. De la zapatilla imposible de los Grimm a las tallas irreales de la moda actual, el mandato de belleza se actualiza, pero no desaparece: no envejecer, no engordar, no salirse del molde. Hoy el bisturí, el botox y el filtro de Instagram son las nuevas herramientas para cortarnos los talones.

Blichfeldt entrega un debut feroz y necesario. Nos muestra que el verdadero monstruo no es el gusano que consume a Elvira, sino el sistema que convierte la belleza en única moneda de cambio, mientras nos prohíbe imaginar alianzas que lo derrumben.

Le recomiendo que vea la película, sí, y no olvide que la fantasía ha mutado en body horror cotidiano, y nosotras, las espectadoras, nos quedamos con la única magia posible, reírnos de lo absurdo, porque, a fin de cuentas, ninguna zapatilla vale tanto dolor, y ningún príncipe merece que nos comamos gusanos para él.

Denisse B. Castañeda