

Bajo el puente
Roberto Monroy Álvarez*
Una de las discusiones recurrentes en la teoría literaria, dice el crítico norteamericano Jonathan Culler, es si los personajes narrativos producen su destino o lo sufren. La pregunta refiere cómo los mismos viven su relación con un mundo, si este es obra de un hado escrito, o si está formada por estructuras, jerarquías, por privilegios y precariedades. Es decir, ¿un personaje se enfrenta a un destino previamente escrito o, por el contrario, estos viven las consecuencias de su lugar en el mundo narrado? Aunque la discusión se centra, para Culler, en lo literario, es fácil extender su dimensión. Pongamos un ejemplo, una niña tzeltal o tojolabal, migrante del estado de Chiapas, que gana unas monedas bailando en un crucero concurrido, al ser atropellada por un camión de paquetería propiedad de una empresa multinacional, ¿es solo mala suerte? ¿Es solo encontrarse en un lugar equivocado, a la hora esquivada? Más aún, por ejemplo, vivir bajo un puente en situación de calle, implicará necesariamente soportar inundaciones, fríos, o la explosión de una pipa de gas, como se vivió en el puente La concordia, la semana pasada, todo por una cuestión del destino. No, no creo que sea suerte. Las personas afectadas, quemadas casi en su totalidad, eran, según los testimonios que los vecinos daban, en su mayoría las que vivían en situación de calle bajo aquel puente. Vale la pena, también, repensar la romanización hecha en torno a aquella abuela que protegía a su nieta de las llamas con su propio cuerpo. Si bien, claro, es una expresión de lo mejor que el amor puede ser, no dejemos de notar que ella como checadora de las rutas, llevando a su nieta al trabajo, vivía una situación vulnerable por la condición histórica en tanto su clase y su género. En un texto importante para la crítica, Vidas precarias, Judith Butler sostiene la posibilidad de pensar comunidades formadas política y éticamente a partir de la vulnerabilidad humana. Sin embargo, en su texto, parece que la precariedad se convierte en una condición, digamos, dada, común. No hay sujetos vulnerables, empero, hay procesos de vulnerabilidad dados por la exclusión y la violencia. Por eso, las personas que sufrieron del fuego de la pipa vivían en condiciones límites, debajo de un puente; por eso, la mujer que tuvo que salvar a su nieta del fuego, era una checadora de rutas. No a cualquiera les podría pasar eso, sino a esas personas, a las que tienen esas condiciones. En las leyendas populares europeas, unos seres fantásticos, ogros, en la mayoría de los casos, vivían bajo los puentes cuidando su paso; hoy día sus habitantes son tal vez más abyectos para una sociedad higienizada, que los evita, que los horroriza sin necesidad de estar quemados.

Fotografía cortesía del autor.
*Laboratorio de Contra/Narrativas (CIIHu-UAEM)

