Entre la curaduría y la pintura: dispositivos para pensar lo contemporáneo

Cristo Contel*

El desafío para quienes curamos, gestionamos, investigamos o producimos arte es no reducir las posibilidades, es encontrar dispositivos y permitir que funcionen como lo que son. Al mirar el arte contemporáneo, suele surgir la simple crítica de que carece de oficio o destreza técnica en su ejecución. Esto se debe a que actualmente el intento es llevar al límite el pensamiento para su ejecución en cualquiera de sus expresiones como una herramienta abierta.

Navegar por el mundo del arte puede llegar a ser, para muchos —sobre todo para los jóvenes que están inmersos en los estudios de arte—, frustrante y confuso, incluso con un título universitario. Las universidades no pueden seguir el ritmo de la vertiginosa evolución del mundo del arte ni ofrecer conocimientos prácticos.

El discurso actual debe repensarse con un nuevo cóctel de ideas audaces e imperativos éticos. Es ahí donde figuras importantes, como el curador, tienen la consigna de promover la reinvención de los museos y la historicización de la creación de exposiciones. Los curadores deben ser menos obvios e incluir temas que replanteen la participación del espectador, donde convivan ensayos críticos, exploraciones teóricas y los desafíos de la curaduría contemporánea en las relaciones interdependientes entre pasado, presente y futuro.

En este contexto nos encontramos con la figura del curador mal entendida, y es cuando cometemos errores: los desfiles de moda se curan, las cenas se curan, las redes se curan, los arreglos florales se curan… prácticamente todos somos “curadores”.

Hay algo que vengo intuyendo desde hace tiempo y es que para mi la aportación como gestor y curador es desde la práctica de ser pintor, la pintura no funciona únicamente una superficie de color y forma; también puede ser un dispositivo capaz de transformar el campo, organizar sentidos, de convocar y de activar procesos colectivos con las líneas generales de desarrollo de la visualidad en lo contemporáneo.

Para mi se ha convertido en una herramienta entre la mente el ojo y la mano, que la he podido usar como un puente y cada vez que la pongo en juego me recuerda, que el arte no se limita a ser contemplado, sino que puede ser motor de pensamiento, de diálogo y de transformación, ayudar a explicar la importancia cultural y social del arte contemporáneo a un amplio público. Incidiendo tanto para el diseño de montajes, de iluminación, de catálogos, señalética, materiales gráficos dentro de salas, identidad visual de proyectos, etc. dentro de espacios participativos como museos, galerías y espacios alternos en colaboración con artistas, desarrollando un sin fín de recursos visuales para públicos diversos. mediando contextos y temporalidades. En ese sentido, un estudioso de la pintura ofrece un punto de partida eficaz: permite articular discursos, generar preguntas y, sobre todo, abrir espacios de relación.

Desde cómo se nos presentan y cómo se enmarcan las exposiciones desde que punto se abordan las formas en lo contemporáneo, refleja las transformaciones históricas de la cultura, la visualidad y la producción y el consumo de imágenes; y si es posible explicar algunos de los cambios y extensiones, al ubicarse en el contexto más amplio de la historia cultural y los estudios de la cultura visual.

El cine lo ha entendido muy bien. No son pocos los directores de fotografía que se inspiran en la pintura para construir atmósferas visuales. En esas citas visuales se percibe lo mismo que en la curaduría: la pintura como -herramienta para pensar la imagen-, como un archivo sensible del que se alimentan otras disciplinas.

Desde mi experiencia en el museo y espacios culturales, he comprobado que, muchas veces pensando en el lienzo, se transforma en la puerta que abre a la conversación. El objeto pictórico se vuelve entonces una palanca: convoca a públicos, da pie a un programa, da estructura una narrativa. A veces incluso permite entrelazar actividades que parecen ajenas al arte: cocina, agricultura, ciencia, memoria oral. Pensar desde el ojo de la pintura, en ese sentido, es menos un fin en sí mismo que un umbral: el punto donde inicia lo colectivo.

Por eso me interesa insistir en la pintura como dispositivo vivo. No se trata de nostalgia ni de defender un medio frente a otros, sino de reconocer su potencia actual para organizar experiencias. Al final, la pintura no habla solamente al ojo: habla a la comunidad. Y en ese hablar con otros es donde recupera su vitalidad.

*Cristo Contel Director del MMAC y Artista.

Imagen que contiene interior, tabla, computadora, escritorio

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